Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Ana Milena López de Vélez

En el Fondo Nacional del Café, los caficultores depositaron veinte billones de dólares en cincuenta años. Que todos los caficultores conozcan lo que ha sucedido con su agronegocio, es el primer paso del largo camino de vuelta para obtener justicia, reparación y paz.


“No hay”. La conversación sucedió hace como un mes durante un puente festivo en el Parque del Café, en el Eje Cafetero colombiano. Las dos paisas, el inglés y el francés sufrieron un choque... con la punta del iceberg de la hecatombe del otrora bien abastecido sector cafetero de nuestro país. Ellos me han solicitado apoyo, pues se sienten escandalizados. Cogidos de sorpresa. Veamos pues.

Después de la Guerra de los Mil Días, a comienzos del siglo veinte, trescientos mil abuelos y bisabuelos de 588 municipios cafeteros de Colombia, levantados de madrugada, distribuían las labores del día entre su familia y los jornaleros, que con sus machetes y alpargatas salían a trabajar. Iban bien desayunados: frijoles, arroz, pedazo de carne, plátano maduro, arepas y chocolate. Y sus familias progresaban. Con el ahorro de las cosechas buenas se las arreglaban en las cosechas malas. Con ese ahorro bien guardado en lugares secretos de las casas, atendían enfermedades, accidentes, mulas espiadas, matrimonios y bautizos. Imprevistos. Y Dios vio que las cosas iban bien.

En 1927, esos cultivadores fundaron la Federación Nacional de Cafeteros para estar organizados y participar ordenadamente en el mercado mundial generando riqueza para el sector. El Gobierno intervino, concertando con los fundadores la siguiente condición: que los impuestos a la exportación del café se destinarían a financiar los objetivos de la Federación. En ese tiempo la Federación era de los caficultores y para los caficultores.

A medida que avanzó el proceso, se trazaron metas: participar del negocio de la exportación, tener una marca que identificara el origen del café de Colombia, entrar en el valor agregado de la torrefacción y, finalmente, de la taza de café al consumidor. La marca la registraron primero como Café de Colombia y a medida que evolucionaba el negocio registraron otra como Juan Valdés.

Y el demonio se revolcó en su silla. Y tendió su trampa.

Poco a poco el Gobierno comenzó a soñar con las morrocotas de oro que ahorraban los montañeros. Quería posar sus largos dedos sobre ellas y darles un buen uso, decía. Unos impuestitos para el bienestar del país. Por su lado, los administradores de la Federación despertaban en las madrugadas pensando cómo enriquecerse personalmente a través de la organización de los caficultores. Y... ¡ábrete sésamo!

En 1940, el Gobierno creó legalmente el Fondo Nacional del Café. Nada de guardar los ahorros cada uno en sus casas. Se guardarían en el Fondo. Todos a ahorrar una tarifa en dólares por libra de café producida y vendida a la Federación. Los llamaron aportes parafiscales. El patrimonio marcario sería propiedad del Fondo Nacional del Café y de éste se han invertido cientos de miles de dólares hasta hoy, 2015, en publicidad mundial.

Al mismo tiempo, el Gobierno hizo surgir un Contrato de Administración para que la Federación de Cafeteros administrara ese Fondo y le cobrara a los caficultores por esa administración. ¡Un caramelo en la boca de un niño! El Contrato quedó tan bien redactado por sus abogados que ni se toman el trabajo de revisarlo cada diez años, cuando se renueva su vigencia automáticamente.

Y otra jugada maestra: igualaron para siempre los votos del Gobierno con los de los delegados departamentales al Comité Nacional de Cafeteros para que nunca perdiera el Gobierno el control de los recursos ni de los candidatos a gerente, ni de nada. Le quitaron el poder al voto desde ese día.

En el Fondo Nacional del Café, los caficultores depositaron veinte billones de dólares en cincuenta años. El caficultor antioqueño y exportador de café, Pedro Echavarría, pregunta: “¿Qué se hicieron?”.

Y la respuesta del Gobierno y de la Federación siempre es la misma: “Pregúntele al Comité Nacional de Delegados Departamentales... ellos son los que votan y autorizan cuando se reúnen en su Congreso Cafetero una vez al año...”.

Dios ha tenido que soportar de Lucifer sus aplausos calurosos a las mejores jugadas, unas veces del Gobierno y otras veces de los directivos de la Federación. Y las carcajadas explicando a sus pupilos que ya van setenta años y que los mejores años están por venir a expensas de los nuevos caficultores incautos.

Claro que ya ninguno de esos dos bandos les cree esa teoría futurista, pues saben que se les fue la mano y mataron la gallina de los huevos de oro. Acabaron con la prosperidad de la caficultura colombiana. Desplazaron unas 200 mil familias de caficultores. El Banco de la República abrió el camino para que el sector bancario rematara la misma cantidad de fincas. Y el que sepa lo que es dormir con una deuda bancaria sin tener con qué responder, entenderá cómo el capital humano de la caficultura fue quebrantado hueso por hueso.

Cada que lo necesitaba, el Gobierno retiraba furgones de billetes para solucionar los problemas del país con la autorización del Congreso Cafetero. Decía el expresidente Ernesto Samper, cuando el café estuvo a tres dólares la libra, que la bonanza de los caficultores debía cobijar a todos los colombianos y él iba distribuirla.

Entonces el demonio supo que las cosas iban de lo mejor para él.

Lo más reciente. Para apoderarse de los réditos de la marca Juan Valdés, que a la larga serán independientes de que haya caficultura colombiana, pues las importaciones de café así lo demuestran, los administradores de la Federación Nacional de Cafeteros, con el beneplácito del Gobierno, crearon en noviembre del año 2002 la empresa privada Promotora de Café Colombiano, Procafecol, con inversionistas nacionales el primer día, e internacionales más adelante. Con ésta están creando un emporio de riqueza basado en la explotación comercial de la marca Juan Valdés. Para cubrir el tema legal, le pagan unas regalías al Fondo Nacional del Café por el uso de la marca como logo distintivo en sus diferentes iniciativas de comercialización.

Esa empresa, que se abrió con 20 mil dólares de patrimonio en el 2014, después de doce años de operación, registró ventas por 138 mil millones de pesos y entregó por regalías nueve mil millones al Fondo Nacional del Café. Esta cantidad la celebró alborozado en Caracol Radio, y en “horario tripe a”, el gerente saliente de la Federación, Luis Genaro Muñoz. Y ni más faltaba, ni una palabra sobre los accionistas. Ese es un tema entre ellos.

Según el Informe de Gestión 2014 de Procafecol, la Federación de Cafeteros poseía el 83.74% del paquete accionario. Los caficultores colombianos son una cosa y la Federación Nacional de Cafeteros es otra. El que quiera tener acciones, que las compre.

Ya han comenzado a aparecer nuevas empresas como Coffea Arabica Beverages S. A. y Pod Col Coffe para borrar las huellas históricas de la jugada de crear Procafecol y arrebatarle a los caficultores la explotación comercial exitosa de su mayor activo. Se llegará a una telaraña de empresas transnacionales tejida alrededor del logo de Juan Valdés.

El concepto de Tiendas Juan Valdés ya es un negocio de propiedad privada que no pertenece a los caficultores. ¿Lo será también el Parque del Café, dejando por fuera al Fondo Nacional y a los caficultores? La fundación que lo administra le ha otorgado a la empresa dueña de las Tiendas Juan Valdés la exclusividad para vender el café en taza, por eso ninguno de los otros negocios pueden vender café a los visitantes. Lo que menos importa es que estén remodelando la Tienda Juan Valdés y la cafetera esté desconectada.

Queridos visitantes, ¿será necesario que los caficultores conozcan por qué aquel día ustedes no encontraron en el Parque del Café una tacita de café para tomar? Seguro que sí. Ustedes dieron un paso efectivo denunciando su indignación. Nosotros hacemos aquí lo nuestro. Y cada uno que haga lo suyo hasta alcanzar esta meta: que todos los caficultores conozcan lo que ha sucedido con su agronegocio. Ese es el primer paso del largo camino de vuelta para obtener justicia, reparación y paz.

6 Noviembre 2017 Carlos Eduardo Maldonado
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