Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Alberto Franco

Palmira, como la gran mayoría de ciudades intermedias, vive en el marasmo, la indolencia y el statu quo propio de conglomerados frustrados que se duelen de la politiquería, el despilfarro, la corrupción y la carencia de un proyecto de ciudad innovadora, igualitaria y progresista.


A pocos días de las elecciones para elegir alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y demás, se vive esa calma chibcha que antecede a un evento telúrico, que causa pánico pasajero... para que luego todo siga igual.

¿Qué propuestas tienen Giovanny Moncayo, Ortega Samboní, Arbey Alzate, Fernando Leal y la Cotuda Blanco, que reflejen serias soluciones para este pueblo? Palmira, como la gran mayoría de ciudades intermedias, vive en el marasmo, la indolencia y el statu quo propio de conglomerados frustrados —solo de dientes para afuera—, que se duelen de la politiquería, el despilfarro de recursos, la corrupción y la carencia de un proyecto de ciudad innovadora y creativa, igualitaria y progresista. Nos acostumbramos a la mediocridad y la impasividad del día a día, a los anuncios publicitarios, a periodistas enmermelados y al escandaloso perifoneo callejero que en cuatro años sólo nos han anunciado que tenemos “el alcalde más pilo de Colombia”, que recuperamos once mil metros cuadrados de espacio público para los peatones por diez mil millones de pesos, que ya casi se terminan las obras paisajísticas del bosque municipal, que se resellaron millares de calles sin asfalto, que el presupuesto participativo fue innovador y está de un cacho, que unos cuantos parques urbanos son ejemplo del buen diseño y que fueron construidos con economía y ahorro dignos de un San Francisco de Asís... bla, bla, bla, todo un mar de babas.

¿Qué se mueve hoy entre telones?, ¿a quiénes beneficia?, ¿cuánto nos cuesta y qué candidato a alcalde asegura, con la maquinaria del gobierno, que se terminen detalles, pequeñeces e imprevistos (!) que Ritter López no concluyó en sus 48 meses de mandato, pues la tronera fiscal que cavó no se lo permitió a dos meses del año que agoniza? Para el Partido de la U, para el notario Caicedo, para Dilian y para el alcalde —ya de salida—, sólo Ortega Samboní, como el Chapulín, podría salvarnos de la hecatombe que representaría la pérdida de la alcaldía 2016–2019. ¿Samboní representa acaso al alcalde del postconflicto?, ¿al gerente público que no despilfarra impuestos y que sería más transparente que el río Palmira si lograra construir la aplazada planta de sus aguas residuales?, ¿a ese demiurgo capaz de poner en cintura a todos los concejales gobiernistas saturados hoy de mermelada? ¿Acaso representa al arrepentido excongresista que “enterró” la construcción de la terminal multimodal de pasajeros o al funcionario garante de que no habrá barrida burocrática y ayuno en contrataciones a dedo por $800 mil millones en el cuatrienio?

Si Samboní garantiza que Cambio Radical, el liberalismo y el conservatismo sigan con su cuota de gobernabilidad para que “Palmira avance” en desempeño fiscal y haya continuidad en el poder de unas camarillas, que en buena parte ya disfrutaron las vacas gordas de los recursos públicos por más de $1.2 billones, claro que obtendría una alta votación. Y de paso, el Partido de la U continuará tragándose las tres cuartas partes —él solito— de esa jugosa suma.

Samboní, como aspirante hoy irregularmente avalado por la U, no llegaría a la alcaldía si falla en su contra el Consejo Nacional Electoral la demanda por violación a la ley 617 del 2000. Simplemente por las anteriores razones, el pueblo raso, el elector desengañado y sin empleo, los usuarios del hospital liquidado, el pensionado y el sindicalista perseguido, el peatón víctima de la violencia y el sicariato de la tercera ciudad más violenta de Colombia, deberían reflexionar antes de votar por la continuidad en el poder de quienes traicionaron el cambio solo para perpetuarse in sécula seculórum en los mullidos y confortables despachos burocráticos para satisfacer intereses privados por cuatro años más, adicionales a los ya cumplidos por Raúl Arboleda. Como si no fueran suficientes ocho años en tiempo y costos de oportunidad. Codicia de poder, arrogancia y sed insaciable para servirse del pueblo, como en las peores épocas feudales de nuestra patria boba.

Si en Palmira nadie está libre de tirar la primera piedra, yo me concedo la oportunidad, como el David bíblico, de lanzar con certera puntería la honda con ese guijarro que derribe a un Goliat indestronable.

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