Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Alberto Franco

Queda mucho que hacer, por planificar, por construir con el concurso de la justicia, el Congreso y el Gobierno y, sobre todo, con los marginados, los sindicalistas, los campesinos, los estudiantes y los reinsertados, que hoy, por fin, hacen historia.


(A mi hija Juliana)

Luego de un accidentado proceso de paz adelantado en Cuba por la comisión negociadora del Gobierno y con el compromiso a fondo de las FARC en el año que culmina, se abre el 2017 con la implementación —vía fast track en el Congreso— de las leyes que permitirán asumir el postconflicto, la operatividad, la financiación, los órganos de justicia transicional, los mecanismos de control y verificación de lo pactado y el complejo andamiaje jurídico, político social, fiscal y de acompañamiento internacional, que terminará por cerrar el más negro capítulo de la violencia del siglo veinte: la guerra de los Mil Días (1900) y la violencia liberal–conservadora, que luego del magnicidio de Gaitán en 1948, dio paso al Frente Nacional. Si casi sesenta años de violencia con las FARC y un sinnúmero de guerrillas como el ELN, bandas de narcotraficantes y delincuencia de todos los pelambres no nos dejan la enseñanza de que “en una guerra nadie gana y todos perdemos”, jamás aprenderemos la lección de la historia: miles de muertos entre 1958 y 2016, desaparecidos y secuestrados, desplazados y mutilados, que será difícil reparar por los altísimos costos que ello demanda.

El plebiscito convocado por Santos fue útil y sirvió para redireccionar el acuerdo final, a pesar de las pataletas, la iracundia y el rencor mostrado por el expresidente Uribe, que, de espaldas a los buenos oficios del Papa y al Premio Nobel de la Paz de Santos, nada ni nadie lo convence de que la guerra ya terminó. Lo que avizoramos es paz, concordia y progreso, trabajando con un campesinado que sí que padeció la violencia con el despojo de sus tierras, la inequidad y la injusticia.

Con tasas de homicidios —cinco años atrás— de sesenta por cada cien mil habitantes, hoy llegamos a una tasa de treinta homicidios, buena parte de ellos focalizados en zonas urbanas. Al presidente Santos muchos colombianos le agradecemos su tesón, esfuerzo y enjundia en sacar avante este proceso, el cual debe redimir en tres lustros (quince años) al campesinado; planificando su territorio, financiando el crédito a pequeños y medianos colonos, aparceros y minifundistas y cobrando impuesto predial con dientes a improductivos latifundios, escriturando propiedades a cooperativas agrícolas con educación técnica a los productores y salud a sus familias. Debe implantarse un plan de seguridad alimentaria que nos permita no seguir importando doce millones de toneladas anuales.

¿No es el silenciamiento y entrega de armas por las FARC, la paz? ¿No es la abolición del secuestro, la paz? ¿No es la justicia redistributiva de siete millones de hectáreas para quienes regresan a sus terruños a producir comida y bosques protectores de agua, la paz anhelada? ¿Acaso no es la paz salir a pescar de noche, como lo dijera el liberal Darío Echandía —columna vertebral de la revolución en marcha del viejo López Pumarejo, en 1936—, para que la vida se respete como el don más preciado?

Queda mucho que hacer, por planificar, por construir con el concurso de la justicia, el Congreso y el Gobierno y, sobre todo, con los marginados, los sindicalistas, los campesinos, los estudiantes y los reinsertados, que hoy, por fin, hacen historia.

Y, a propósito de historia, hay una frase que perdurará: "La historia la escribimos los ganadores, los 48 millones de colombianos que la merecemos porque la luchamos". Queda por zanjarse la batalla camorrera entre Uribe y Santos, el primero dispuesto a gobernar en 2018 en cuerpo ajeno y Santos a dictar conferencias en el exterior, destacando el proceso de paz de Colombia como el mejor y el único al que sólo se le ajustaron incisos para hacerlo más incluyente y democrático, pero que será dispendioso y difícil de implementar, si la politiquería, sumada a la más abyecta corrupción, termina por arruinarlo en el próximo lustro.

En el futuro, seguramente a muchos les gustaría ver listas para asambleas y concejos municipales lideradas y/o en coalición con sectores de las FARC y actores sociales avanzados, verdes y ecologistas, cooperativistas y corteros de caña sin mermelada y sólo en función de un pueblo laborioso, que ve impávido como se esfuman hoy sus impuestos con pagos por canonjías politiqueras.

Podría sucedernos lo que alguien me dijo: “En tiempos de incredulidad, no es que los problemas de la guerra y la paz parezcan absurdos hoy, sino que no parecen problemas..... y sí que lo son”.

"Ni un paso atrás, siempre adelante, y lo que fuere menester... sea", como dijo José Antonio Galán sin temor.

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