Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Alberto Franco

La ciudad es la gente. No basta con habitar la ciudad, producir en ella, disfrutarla; es necesario vivirla como un espacio colectivo, donde el ciudadano actúa sobre ella y ésta sobre el ciudadano.


Concebimos la ciudad como un tejido de actividades, vivencias y encuentros donde todos somos actores que jugamos papeles diversos: comerciantes, industriales, educadores, funcionarios, artistas y artesanos. Todos mantenemos, por el lugar que habitamos, un conjunto de relaciones afectivas y de emociones positivas; podríamos hablar de un “afecto” por nuestra casa, nuestro jardín y un paisaje urbano o rural que traiga a nuestra memoria pasajes de nuestra niñez.

Como lo expresara un palmirano inquieto, Eduardo Alfonso Correa: “La ciudad es fuente de interacción social, es el lugar excelente de la política, debe ser el mundo de la libertad y el arte; también es escenario de la vida cotidiana, del amor, del trabajo, de la educación. La ciudad nos obliga, todos los días y a cada momento, a descubrir ‘el otro’ y, en esa medida, a descubrirnos a nosotros mismos”.

Siempre he creído que la ciudad es el mundo de la eticidad, de la política, del arte y, ante todo, de la solidaridad y la convivencia. De ahí que la administración, construcción, reconstrucción y recuperación de la ciudad no sea un patrimonio exclusivo —ni de un hombre, ni de una institución política—. La ciudad somos todos, más allá de la concepción política y del programa de gobierno que nos formule el alcalde de turno.

Fabio Giraldo, en su texto “La ciudad: la política del ser”, nos expresa que la ciudad es la gente. No basta con habitar la ciudad, producir en ella, disfrutarla; es necesario vivirla como un espacio colectivo, donde el ciudadano actúa sobre ella y ésta sobre el ciudadano, vivenciando el espacio y enriqueciendo así a la sociedad en su conjunto, y al individuo en particular. Para ello se hace necesario la construcción de un “proyecto de ciudad”, que tenga como eje articulador la “construcción de una nueva ciudadanía”, aspirando a que en las profundidades del alma popular se generen actitudes frente a lo público, que conduzcan a una ciudad de auténticos ciudadanos.

Gente de todos los estratos, humildes trabajadores del campo, líderes comunitarios y mujeres cabeza de hogar, entre otros, se deben movilizar en talleres colectivos para reformular su territorio, el entorno que vivenciaron por décadas en barrios que se construyen y modifican día a día. Al final, siempre nos preguntamos qué somos en la ciudad. Karl Jaspers nos dice que el hombre está solo en el mundo, está solitario y sólo asociado a sus compañeros de destino, llega a ser hombre: es el mismo, pero ya no está solo.

Marcel Proust expresó en un ensayo: “Si pensaba en Florencia, veíala como una ciudad de milagrosa fragancia y semejante a una corola, porque se llamaba la ciudad de las azucenas, y su catedral, Santa María de las Flores”. En una de sus novelas, Proust nos dice: “Y si Guermantes no decepciona, como todas las cosas de la imaginación cuando se convierten en algo real, es sin duda porque en ningún momento constituye algo real, pues incluso cuando uno se pasea, se siente que las cosas que hay allí no son más que la envoltura de otras, que la realidad no está allí sino muy lejos, [...] porque todas esas cosas no son todavía más que palabras, palabras llenas de magníficas imágenes y que significan otra cosa”.

Este recorrido por la imaginación del gran novelista francés nos lleva a la reflexión de construir en nuestros pliegues mentales esa otra ciudad coronada de palmeras, que en sus bordes tiene dibujadas las montañas trenzadas al azul profundo de su cielo. Me pregunto si será esta la Palmira de nuestros recuerdos, o si se parecerá a aquella ciudad dibujada por el español Luis Cernuda, que dice: “Más allá, de la otra margen, estaba la ciudad, la aérea silueta de sus edificios claros, que la luz, velándolos en la distancia, fundía en un tono gris de plata. Sobre las casas todas se erguía la catedral, y sobre ella aún la torre, esbelta como una palma morena”.

La Palmira que soñamos debe ser construida entre todos, formulando un POT con ambición y grandeza, protegiendo su silueta urbana de más de ciento cincuenta años, donde sea necesario, entregándole al ciudadano que la disfruta, las plazas, los parques y los escenarios culturales que hoy nos exige la modernidad.

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