Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Alberto Franco

Si la mayor amenaza para el posconflicto es la corrupción, que hoy nos arrolla a todos, veo con cierta esperanza que esta democracia de “mermelada” y mayorías del Gobierno en el Congreso se confronte a fondo en 2017 y 2018, años electorales que definirán un futuro que no estará exento de grandes riesgos y peligros.


Todo gobierno genera acciones y reacciones, y quien gobierna con mayorías en un sistema democrático está expuesto a la controversia, al sano debate de las ideas y a la confrontación permanente con la oposición, que suele crear anhelos, esperanzas y proponer programas que rediman al pueblo votante, hoy incrédulo y proclive al populismo de derecha o izquierda. En ese caldo de cultivo, donde los que parecen no son y los que están gobernando tiemblan ante las redes sociales y el Internet, se manipula la verdad y la mentira en una ola de desinformación, que sólo crea incertidumbre y caos, señalamientos y recriminaciones.

Los enfrentamientos entre Santos y Uribe copan la prensa, la televisión, la radio, las redes sociales, y mientras uno critica la billonaria obra vial, “Ruta del sol”, expresando que la brasileña Odebrecht pagó corrupción para asegurar contratos viciados, el otro lo descalifica expresando que el contrato de navegación del río Magdalena —obra del Gobierno Santos— fue adjudicada a Odebrecht con millonarios pagos a la corrupción. Por contera, el Centro Democrático envió al Brasil a un alto directivo de la campaña presidencial de Óscar Iván Zuluaga a recibir, presuntamente, cuantiosos dólares para la publicidad política de tal candidato, apareciendo de nuevo Odebrecht en el cuento. Escándalos van y vienen, sólo se salva el trabajo serio y planificado de los órganos de control: Procuraduría, Contraloría y Fiscalía, que avanzan sin temor para descabezar al que sea: ministros, gobernadores, alcaldes, licitantes, interventores, bancos de inversión etcétera.

Si la mayor amenaza para el posconflicto es la corrupción, que hoy nos arrolla a todos, veo con cierta esperanza que esta democracia de “mermelada” y mayorías del Gobierno en el Congreso se confronte a fondo en 2017 y 2018, años electorales que definirán un futuro que no estará exento de grandes riesgos y peligros para quienes manejan hoy el destino de Colombia. Seguir destapando tantos escándalos es tarea hercúlea del fiscal Néstor Humberto Martínez, funcionario de gran probidad y capacidad.

Si la vena rota de la corrupción se suturara, representaría un ahorro público de cuarenta billones de pesos anuales, que equivalen a cuatro reformas tributarias, suficientes para invertir en hospitales, escuelas, acueductos y vías, sin requerir de nuevos impuestos decretados por el Congreso.

Reficar es el mayor descalabro de una inversión petrolera en Colombia: cuando Uribe inició la obra, ésta costaba cuatro mil millones de dólares, pero cuando Santos la terminó e inauguró, se conoció que la obra costó el doble. Según el contralor Maya, se va a perder el cincuenta por ciento del total contratado, representado en obras adicionales, sobrecostos, interventorías, subcontratos, pólizas y pleitos por doquier... Y los ministros de ambos gobiernos ahí, el uno como presidente de Ecopetrol y el otro como ministro de Hacienda.

Y ni hablar sobre la Ley de Regalías y la contratación regional direccionada desde la Casa de Nariño y el Congreso. Apuesto por ver los cambios que una ley establecerá pronto para implantar en las modificaciones a la ley de contratación pública la exigencia de los “pliegos tipo”. Santos y este Congreso —que hicieron la paz— no querrán hacer maletas y pasar a la historia como un gobierno tan corrupto como el uribista. Afortunadamente, la implementación para dar cumplimiento a los acuerdos de paz firmado con las FARC va viento en popa y tendremos para el 2018 las propuestas políticas que esa exguerrilla le hará a los colombianos. Confirmaremos si “el hábito hace al monje” y si las armas que silenciarán son el preámbulo de una Colombia en paz, cuando el partido político creado por las fuerzas guerrilleras presenten al electorado sus mejores hombres y programas de gobierno. Esa es la auténtica democracia.

¿Son estas esperanzas que, antepuestas a mil incertidumbres, nos permitirán reconstruir instituciones lideradas por hombres probos, trabajadores y éticos que salven al país, para no seguir hundiéndonos en la codicia y la corrupción, corrupción que nos coloca en el puesto noventa y tres del mundo?

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