Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Alberto Franco

Conservador por convicciones políticas irrenunciables y que se nutrieron con Núñez, Caro y Ospina en el siglo XIX, Manuel defendía las tesis de Bolívar frente al santanderismo liberal con inteligencia y buena oratoria. Pero jamás fue un líder arrebatado por las pasiones ideológicas.


Días atrás, cuando cumplió sus noventa años de edad, compartí algunas anécdotas acerca de Manuel Vivas. Quién iba a pensar que la alegría por ese aniversario sería el preámbulo del fallecimiento, días después, del amigo leal, del hombre íntegro y cabal, del amante entrañable de su familia, siempre dispuesto a la entrega, al sacrificio, al trabajo honrado y al amor por quienes tanto le debimos en vida.

Estas palabras de un discípulo aplicado en los trajines de la existencia y que aprendió de Manuel valores éticos y morales invaluables, además de lecciones sobre cómo se construye una ciudad, no podía silenciarlas o archivarlas así no más.

Sin fin de charlas ocurrieron en mañanas de trabajo, cuando nuestro amigo sin par nos recibía en su casa y oficina de la calle 28 para comentar con agudeza las noticias de mayor impacto en la prensa nacional, de las disputas políticas entre liberales y conservadores en los años cincuenta, de los escándalos del narcotráfico, del paramilitarismo, de la corrupción rampante y de la violencia que desangra nuestra sociedad.

Conservador por convicciones políticas irrenunciables y que se nutrieron con Núñez, Caro y Ospina en el siglo XIX, Manuel defendía las tesis de Bolívar frente al santanderismo liberal con inteligencia y buena oratoria. Pero jamás fue un líder arrebatado por las pasiones ideológicas que se dieron entre el segundo gobierno de Alfonso López Pumarejo y Santos frente a Ospina Pérez y Laureano Gómez en la década del cincuenta, luego del magnicidio de Gaitán en 1948, y que dio posteriormente origen al Frente Nacional en 1958 para sellar la paz bipartidista colombiana.

El conservatismo de Manuel, al lado de sus copartidarios Chepe Molano Terrenos y Federico Botero, Pedro Luis Giraldo y otros más, siempre tuvo la impronta del equilibrio y los buenos modales parlamentarios en el Concejo Municipal, no sólo al lado de los liberales Américo Kuri, Antonio Kuri (el padre y el hijo) y Miguel Motoa Kuri, sino de otros aguerridos laureanistas, tales como Antonio Lizarazo, Álvaro Raffo y Julio Rómulo Vallejo. La ardentía y la profunda convicción de una derecha confesional, centralista y autoritaria en el orden jamás fue utilizada como un instrumento de persecución ideológica, y por ello Manuel se jactaba de tener mejores amigos en el liberalismo que en su propio partido.

Hablaré ahora del infante, aquel niño de cuatro años que llegó proveniente de Popayán, cargado en brazos por sus padres, Manuel Vivas Córdoba y Susana Paredes Bejarano, laboriosa y distinguida familia patoja a quien Palmira le debe gran reconocimiento social. El 13 de febrero de 1927, la hidalga Popayán lo vio nacer y veinte años después, ya radicado en Palmira, recibió el grado de bachiller del colegio de Cárdenas, colegio que tanto amó y al que legó publicaciones sobre literatura, poesía y política. El único testigo vivo de su generación es la ceiba centenaria, que en su mutismo hoy llora por Manuel.

Vivas Paredes, siempre orgulloso de su pasado cardenalicio, quería a sus compañeros de curso con pasión y entrega: Raúl Orejuela Bueno, Fernando Hidalgo, Nelson Montaño, Ramiro Molano, Rafael Giraldo, Adolfo Payan, Carlos Arturo Andrade y Miss Mora, quienes fueron sus adláteres y referentes para siempre, ellos fueron sus hermanos de adolescencia y madurez.

Ser amigo de Manuel siempre fue un privilegio, así lo atestiguan sus tres mejores y más fieles amigos: Álvaro Navia Prado, Guillermo Barney Materón y Álvaro “el Pasudo” Bueno. Muy cerquita a su corazón, siempre dijeron “presente”: José Salom, Marino Ramírez, el Flaco Agudelo y Ropoco, siendo especialmente Agudelo, como cuentachistes, su alter ego de inolvidables tertulias con poesía a bordo, música colombiana a granel y maravillosas viandas de nuestra cocina criolla. En su trayectoria cívica, comercial, administrativa y política, a Manuel nada le fue esquivo o imposible para servirle a su tierra en cargos, ya sea públicos o privados, en juntas y comités. Manuel siempre estaba dispuesto a compartir el pan de su mesa con los más necesitados.

Ejerció, entre otros cargos, la secretaría del colegio de Cárdenas, la subsecretaría de gobierno departamental (Gobierno del general Rojas Pinilla [1953–1957]). Fue además tesorero municipal y remató con el cargo más importante: alcalde de Palmira (1956–1957), con solo treinta años de edad. Como concejal se desempeñó entre 1958 y 1962, pasando luego a dirigir Valorización Municipal. Entre 1965 y 1971, fue asistente de gerencia del Ingenio Providencia, acompañando a su entrañable amigo Álvaro Navia Prado. Posteriormente ejerció como secretario de Obras Públicas y gerente de las Empresas Públicas Municipales entre los años 1980 y 1984. Culminó su vida profesional y política ejerciendo como secretario de servicios administrativos del alcalde de Cali, Álvaro Navia Prado (1984), su excompañero de labores en Providencia.

¡Qué no hizo Manuel Vivas en su vida! Fue constructor, comerciante exitoso y apoyo para toda obra caritativa y en beneficio de la niñez y los adultos mayores. Como integrante de juntas, se distinguió Manuel como un defensor radical de la Unidad de Acción Vallecaucana desde su creación, echándose al hombro, al lado de José Salom y otros palmiranos que creíamos en el medio ambiente, la reforestación y recuperación de la cuenca hidrográfica del río Nima. También perteneció a la junta asesora de tránsito, la junta de ornato y la Cámara de Comercio, no sin apoyar igualmente al Batallón Codazzi, del que tantos recuerdos guardó. Como miembro del Consejo Territorial de Planeación, dio grandes batallas por los servicios públicos, la malla vial, los parques y zonas verdes, la educación, la salud y la cultura.

Amó Manuel con entrega sin límites a toda su familia, esposa, hijos, sobrinos y nietos; aunque el dolor que le produjo la muerte en accidentes fatales de sus dos únicos hijos varones, sólo pudo superarlo cuando se encomendó a Cristo. Oscar Eduardo falleció muy joven, en 1982, y Manuel Francisco fue sepultado por la avalancha de Armero en 1985. Manuel perdió a sus dos hijos en un lapso tres años.

Manuel estará siempre con nosotros al hacer real la máxima del escritor francés Albert Camus: "No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo".

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