Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Colombia, un país sempiternamente dividido, polarizado. Hoy la polarización toma los nombres de Santos y de Zuluaga, pero en perspectiva histórica eso será sólo un asunto de semántica.


Ante el panorama, los ejércitos se alistan de lado y lado. Los nombres en cada caso giran en torno al candidato–presidente Santos, y al candidato uribista Zuluaga. Las huestes reúnen a los mejores hombres y mujeres que pueden de cada lado, y las trompetas de guerra suenan con vehemencia, a lo que los grandes medios de comunicación les hacen eco a la vez que las avivan.

A comienzos del siglo XX surgió un debate de gran calado y de consecuencias imprevistas. Hasta la fecha ese debate no ha sido dirimido, pero las bases han quedado suficientemente establecidas. El resultado más significativo del mismo fue el descubrimiento del llamado "principio de incertidumbre", y su padre, el físico alemán W. Heisenberg. El debate y el contexto tiene que ver con la física cuántica y la naturaleza de la realidad. El tema de partida es el comportamiento de la materia y de la energía.

Seguidamente, la física cuántica dio lugar en el campo de las matemáticas y de los sistemas computacionales al descubrimiento y estudio de la aleatoriedad. Como consecuencia, se produjo un cisma magnífico en la ciencia y la cultura.

Las ciencias de la complejidad —un conjunto de diferentes ciencias, teorías, aproximaciones, métodos y lenguajes—, encuentra como uno de sus pilares la teoría cuántica y definitivamente hacen de la aleatoriedad un tema propio. Como consecuencia, la complejidad consiste en el estudio de fenómenos, sistemas y comportamientos caracterizados por no linealidad, emergencia, caos, autoorganización, impredecibilidad, turbulencias y fluctuaciones, entre otros atributos. Y claro, por aleatoriedad e incertidumbre.

Ambos conceptos tienen la dificultad de que, gracias a los desarrollos científicos que desde comienzos del siglo XX conducen hasta el presente, la incertidumbre deja de ser un problema meramente cognitivo, epistemológico, o emocional. Más exactamente, la incertidumbre no tiene absolutamente nada de psicológico en cualquier sentido de la palabra. La realidad misma está marcada por incertidumbre. Y como resultado, la naturaleza y el universo, como de hecho la sociedad misma, son específicamente probabilísticos.

Pues bien, la realidad colombiana se caracteriza, en toda su historia, y muy particularmente en el presente y en este momento, por una altísima complejidad y por incertidumbre. Sin lugar a dudas, el rasgo más sobresaliente de la realidad colombiana gira en torno a la posibilidades del proceso de paz que se adelanta en La Habana.

La paz es un fenómeno esencialmente aleatorio e incierto. Desde luego que hay los militaristas y los guerreristas; están también los pacifistas y diplomáticos. Están las víctimas y los victimarios. Están quienes dudan y sospechan de los diálogos y quienes le han apostado literalmente todo a los mismos.

Pero los resultados electorales en Colombia ponen de manifiesto que la paz y la guerra en el país no son simplemente cuestión de apuestas, de voluntades de un lado o de otro, de acuerdos, pactos y entramados; la cosa no se agota en las guerras sucias y en los problemas de marketing político, comunicación estratégica. Todo ello conduce a interpretar:

  1. Los procesos de construcción de la paz a raíz de los diálogos entre las FARC y el Estado colombiano, y
  2. Los resultados de las elecciones presidenciales del 26 de mayo pasado,
    como fenómenos esencialmente marcados por incertidumbre.

Nada es tan incierto, hoy por hoy, como los resultados de la paz y los diálogos que tienen lugar con la mediación activa de la comunidad internacional. Más allá de las alianzas y los acuerdos, de las maquinarias y las voluntades, los odios y enfermedades de un lado, y las buenas voluntades del otro.

Ha dicho públicamente el candidato Zuluaga que el primer acto que hará si llega a triunfar es romper la mesa de diálogos de La Habana. Y hay que creerle, desde luego.

Ante el panorama, los ejércitos se alistan de lado y lado. Los nombres en cada caso giran en torno al candidato–presidente Santos, y al candidato uribista Zuluaga. Las huestes reúnen a los mejores hombres y mujeres que pueden de cada lado, y las trompetas de guerra suenan con vehemencia, a lo que los grandes medios de comunicación les hacen eco a la vez que las avivan.

Colombia, un país sempiternamente dividido, polarizado. Hoy la polarización toma los nombres de Santos y de Zuluaga, pero en perspectiva histórica eso será sólo un asunto de semántica. La verdad es que lo que observamos en la actualidad es una constante histórica.

Nada garantiza que la paz está lograda. Nada garantiza tampoco que los diálogos tendrán buen fin. Desde luego que caben las apuestas y las estrategias de toda índole. Son comprensibles, y hasta necesarias y deseables, según cada caso.

Pero la verdad es que la suerte de la paz en Colombia, como la de la guerra misma es esencialmente aleatoria, cargada de incertidumbre. Es un asunto de la realidad misma, más allá de las interpretaciones.

En el debate de Copenhaguen, Einstein se rebelaba contra Bohr y Heisenberg y sostenía que la realidad sí era auto–consistente y todo se podía y debía explicar racionalmente y según leyes. Son numerosos los analistas políticos, comentaristas y académicos que son, a la sazón, reencarnaciones de Einstein. Que es cuando se termina pensando en términos de deseos. Wishful thinking, se dice en inglés.

La dificultad teórica y cultural —en toda la acepción de la palabra— de la teoría cuántica estriba en el hecho de que la gente no puede aceptar la aleatoriedad, y reducen la incertidumbre a ausencia de información (confiable). Como sostenía Nietzsche: "La gente prefiere tener una mala explicación a no tener ninguna". Y ese es justamente el reto de la aleatoriedad y la incertidumbre.

La complejidad de la paz consiste exactamente en la incertidumbre. Y eso no depende de nadie en particular. Si no, no podremos entender a cabalidad lo que significaron los resultados de las elecciones que le dieron medio millón de votos por delante al enemigo de la paz, y más del 65% entre abstencionismo y voto en blanco.

La incertidumbre de la paz exige ideas mejores, y consiguientemente, acciones determinadas. Pues lo que sigue a la incertidumbre de la paz es la seguridad de la guerra y la muerte, las persecuciones, las chuzadas y los asesinatos de todo tipo, y la destrucción de la biodiversidad del país.

La complejidad de la política consiste, para Colombia, en lo incierto de la paz. Pues bien, una condición para la vida es buena ciencia. Y la ciencia de punta pasa por el reconocimiento de las turbulencias y las fluctuaciones. Debemos aprender mejor lo que significa, para el caso, el estudio de los fenómenos de complejidad creciente.

Comentarios

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Comentarios  

+1 #1 rafael franco piedrahita 30-05-2014 17:11
es tan aleatorio como incierto,y esta palabrita LA PAZ no depende de nadie en particular,pret ender que la eleccion de uno u otro candidato como presidente sera sinonimo de paz es una solemne mentira,asi que las campañas montadas en esta ,sera como un juego de con cara gano yo y con sello pierde el pueblo que con esta banderita creera que este elegido sacara a colombia del fondo de la olla llena de toda clase de problemas,igual de importantes,que con propuestas y soluciones tangibles y no tan aleatorias ayuden a la tan anhelada PAZ que pretendemos tener

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