Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

La ficción es una de esas pocas áreas de libertad que existen en nuestros días, y desde donde cabe oxigenar espacios nuevos y frescos de pensamiento y vida.


Hubo una época en la que las distinciones entre géneros no existía. Bueno, en realidad, ha habido dos momentos así. La Grecia antigua, en particular durante el período arcaico, no establecía distinciones entre los géneros literarios y, por derivación, estéticos y de pensamiento. El otro momento fue durante el Quattrocento. Entre ambas épocas y después del Renacimiento, hasta nuestro días, han imperado las distinciones de géneros literarios y, por tanto, de la realidad misma.

La más reciente novela de U. Eco, Número cero, 2015, es un divertimento que pone de relieve la libertad de la ficción. Eco juega con un personaje secundario, a decir verdad, alrededor de un proyecto truncado desde el inicio y que jamás verá la luz pública, con un equipo gris de editorialistas y periodistas, alrededor de un momento cualquiera de la Italia contemporánea. Y Eco juega con las teorías de la conspiración —la CIA, el Vaticano, la organización Gladio, la OTAN, la masonería, el terrorismo de estado y la mafia, las Brigadas Rojas y los comunistas, y en cada caso nombres propios en un campo y en otro.

El más importante autor de la semiótica contemporánea —de lejos más prolífico y agudo que R. Barthes o J. Kristeva, para mencionar de pasada dos nombres—, acude, una vez más, a la literatura para permitirse a sí mismo un jugueteo —con la verdad y la realidad. Así: “la”, en singular y definida.

Los científicos son gente seria —en ocasiones demasiado serios, acaso rayando ese espíritu de pesantez de que hablaba Pessoa—, y en la tradición de la corriente principal de pensamiento (mainstream science) —esto es, la ciencia normal; esa que produce gente normal—, se abocan a una idea, hoy por hoy ya caduca. La idea de que existe y es posible una sola verdad. “La” verdad, como dicen ellos, y repiten los demás. Y concomitantemente, claro, “la” realidad.

La ficción es una de esas pocas áreas de libertad que existen en nuestros días, y desde donde cabe oxigenar espacios nuevos y frescos de pensamiento y vida. Eco sabe que lo que dice sobre los acontecimientos que marcan desde la muerte de Mussolini hasta bien entrados los años 1980 es cierto. Y que puede decirlo sin necesidad de aportar evidencias ni pruebas, certezas ni demostraciones.

“La” verdad no sabe —y sus áulicos, albaceas y fideicomisarios tampoco— de matices, gradientes, opacidades, claroscuros, trompe–oeuil, dobles sentidos, ambigüedades, ambivalencias, silencios dicientes, mentiras blancas y tantas otras formas que constituyen y abundan en la vida diaria. Y así, la ciencia que hace de “la” verdad su patrimonio, se pierde una gama, profunda y rica de realidades y posibilidades.

Hubo un momento —¡dos!— cuando no se establecía distinciones entre la lírica y el drama, la tragedia y la comedia, la prosa y el verso; en fin, entre la filosofía y la ciencia, o entre las artes y la filosofía, por ejemplo. Fueron dos momentos cuando la ciencia y la filosofía —o lo que se les aproxima— no eran contenidos teóricos, sino formas de vivir el mundo y la vida. Épocas prolíficas como pocas. Antes y después de que imperara el análisis —que es, por definición, compartimentación, división, fragmentación—, y por derivación, jerarquización y exclusión. Debemos poder dejar de analizar.

Combinado con humor plano tanto como intelectual, elementos bien adobados de cultura y erudición, Eco suelta sus verdades y las cobija bien con los mil pliegos que tiene la ficción. Al escritor no le importa que sus enunciados sean verdaderos, con tal de que sea plausibles y verosímiles, razonables, convincentes y divertidos. Siempre resuena desde las artes y la buena literatura aquello, según lo cual: si non è vero è ben trovato. Al fin y al cabo la vida no se funda en la verdad ni depende tampoco de ella. La vida se hace posible ante todo como libertad y sus modos: autonomía, independencia, y no en última instancia, autarquía. (Siendo aquí generosos).

Hay que decir las cosas, y ya decirlas tiene su valor, un claro principio de coraje. Pero hay que saber decirlas, esto es, narrarlas. Esta es la diferencia entre el sentido común y el arte. Aquel es chabacano y burdo, y siempre habrá que transformarlo radicalmente. Éste otro, en contraste, es libre como ninguno, sutil, fino.

Ya las figuras de los trovadores, los aedos —esos mismos que Platón y Aristóteles que de muchas cosas sabían pero jamás de libertad, odiaban y proscribían de sus Liceo, Academia y República—, los juglares e incluso los bufones eran portadores de verdades como las de la vida misma: y no era jamás lo suyo demostrarlas o aportar evidencias. A todos ellos les bastaba con poder decir las cosas sin ataduras, aunque siempre con algo de riesgo.

Y riesgo es el que tiene uno de los personajes de la novela de Eco: Braggadocio —un nombre por sí mismo hilarante—; el personaje en quien Eco pone en su boca todas las verdades acerca de las cochinadas de los poderes, sus intereses y las manos untadas de sangre, siempre, por definición. No en vano, coherentemente, Braggadocio terminará apuñalado por la espalda en un callejón de esos que existen en las ciudades o que se inventan los autores.

El establecimiento, según parece, exige sentido de pertenencia, lealtad, fidelidad y otras formas eufemísticas de autoenajenación. Y el establecimiento —y todo lo que “eso” pueda significar—, nada castigo más fuerte que el criterio propio, la libertad y la independencia. Pide filiaciones y estudia con minucia redes y codependencias.

La vida auténtica se quiere libre, sin ataduras. Existen, allá afuera, varias puertas de libertad. Sin la menor duda, la literatura es una de ellas.


COLETILLA: Justamente, en un momento en el que el primer ministro japonés acaba de escribir una carta a todas las universidades japonesas prohibiendo las humanidades y las ciencias sociales, en nombre de producir profesionales y científicos con habilidades “pertinentes” para sus crisis. Afortunadamente los dos rectores de las más importantes universidades ya le contestaron con su negativa. Y el mundo sensato alrededor del mundo se unió a la necesidad de esos espacios de libertad e independencia: las humanidades, y con ellas, las ciencias humanas y las sociales.

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