Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Los seres humanos, que poseen lenguaje en el sentido propio y fuerte de la palabra, han tendido a creer que la única forma de comunicación en la naturaleza es por vía de signos y símbolos. Este es un error de reduccionismo cuando se estudia a la naturaleza.


Sin la menor duda, los sistemas vivos logran ser lo que son gracias a que procesan constantemente información de forma creativa y no–algorítmica. Esto quiere decir, los sistemas vivos escanean el entorno 24/7, pero al mismo tiempo responden al entorno creando nueva información, que antes no existía. Literalmente, la supervivencia de un ser vivo consiste en su adecuada capacidad de procesar la información del entorno. Esto es, al mismo tiempo leer el entorno y escribir sobre él, por así decirlo.

El estudio de la forma como los sistemas vivos procesan información constituye el punto de encuentro de tradiciones disciplinares tan distintas como las ciencias de la computación y la biología, la filosofía y la teoría de la evolución, la lógica y las matemáticas no–clásicas, por ejemplo.

Ahora bien, existe un problema estrechamente relacionado y acaso de una complejidad mayor. Se trata, dicho genéricamente, de las relaciones entre información y comunicación, y más particularmente, el tema se refiere a comprender la forma como la comunicación, y por tanto el lenguaje, tienen lugar entre los seres vivos.

Por razones de espacio, me concentraré aquí en el caso de los animales, dejando de lado otros sistemas vivos, como las plantas o las bacterias, por ejemplo.

El punto de partida consiste en el reconocimiento explícito de que, en el caso de los seres humanos, buena parte de la comunicación es corporal, y que la mayor parte de ésta es automática. Como señala un investigador (F. de Waals), “si el lenguaje nos separa del reino animal, la comunicación no verbal nos conecta con él”.

Comprender la comunicación entre los animales constituye el punto de encuentro de la neurobiología, la etología y la filosofía, particularmente.

La comunicación entre los animales es la combinación entre simplicidad y complejidad, o lo que es equivalente, entre la escala innata y la aprendida. Sin ambages, se trata del cruce dinámico y móvil entre genética y especiación, y cultura, literalmente.

La primera condición para el estudio de la comunicación entre los animales es el hecho, aparentemente trivial, de que existen numerosas especies y que, por tanto, cada especie tiene o puede tener un medioambiente diferente. De esta suerte, el conjunto difuso resultante es el cruce entre adaptación y aprendizaje, de un lado, y biología y estereotipos de otra parte.

Desde el punto de vista evolutivo, sin embargo, la diversidad y riqueza de formas de comunicación tiene dos ejes referenciales básicos: la reproducción y la defensa del territorio. Esto quiere decir, por ejemplo, encontrar la hembra o el macho adecuado, o también las amenazas que puede encontrarse con depredadores y otras especies peligrosas en el entorno. Y claro, sin olvidar el papel del juego, prácticamente ubicuo a todo lo largo de la naturaleza animal.

Desde la escala más básica hasta la más compleja, los procesos de comunicación entre animales comprenden:

  • La quimiotaxis, esto es, la comunicación a partir de estructuras químicas, y entonces cabe distinguir una quimiotaxis positiva y una negativa. Esto es, aquella que atrae o aleja a un individuo o especie. Un marco adecuado aquí es la química en general y la topología química en particular. No en última instancia, la topología química cuántica.

  • La gesticulación, las posiciones corporales y los apéndices constituyen un lenguaje universal entre muchas especies, y un elemento transversal en los procesos de comunicación entre las especies, y al interior de una misma especie.

  • Las señales olorosas procesadas de diferentes maneras y en diferentes lugares del organismo son una de las formas más extendidas de comunicación y sobre lo cual existe una amplia bibliografía. Los olores, agradables o repulsivos, conforman una de las formas fundamentales de comunicación. La química en general hace aquí aportes singulares.

  • En el caso de las aves y muchos mamíferos inferiores y superiores, los sonidos constituyen una comunicación sin igual. En este espectro cabe distinguir, entre otros, cantos, chirridos, graznidos o chillidos, y según los tonos, los tiempos y las sonoridades. Muchas especies se comunican con infrasonidos. La física aporta contribuciones evidentes al respecto.

  • En numerosas especies, por ejemplo, entre los cefalópodos, las señales eléctricas constituyen medios idóneos de procesamiento de información y de comunicación. Estas señales eléctricas no implican en manera alguna una centralidad del cerebro, sino, por el contrario, de los órganos del cuerpo.

  • Los destellos de luz son cruciales entre muchos peces y también en el caso de algunas especies de aves. De esta forma, las sensibilidades a espectros de luz y, por consiguiente, a las velocidades en los que suceden estos espectros son determinantes para el buen funcionamiento de la vida.

  • La pigmentación de la piel constituye un modo conspicuo de comunicación que no es perceptible para la mayoría de las especies y que, sin embargo, funciona perfectamente en muchos casos.

De forma particular, cada una de estas caracterizaciones admite otras singularidades que no son aquí del caso presentar, pero que tan sólo matizan la idea de base.

Estos sistemas de comunicación permiten, según el caso, entender procesos de competencia y, sobre todo, en la mayoría de los casos, fenómenos de cooperación e integración.

Los seres humanos, que poseen lenguaje en el sentido propio y fuerte de la palabra, han tendido a creer que la única forma de comunicación en la naturaleza es por vía de signos y símbolos. Este es un error de reduccionismo cuando se estudia a la naturaleza.

En contraste con el panorama anterior, cabe subrayar que, en el caso de los seres humanos, los sentidos son esencialmente pasivos. Los humanos percibimos el mundo en su mayor parte de forma pasiva. Lo mismo no puede afirmarse necesariamente en el caso de los animales.

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