Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

El concepto de “realidad” constituye, de hecho, el gran supuesto de todo el trabajo en estas ciencias y disciplinas; supuesto dado por hecho que va de suyo y jamás es cuestionado.


Digámoslo de forma rápida y directa: las ciencias sociales y humanas son pre–cuánticas, en el sentido de que o bien no saben nada de la teoría cuántica o bien permanecen alejadas e indiferentes a las ideas (y experimentos) de la teoría cuántica.

Cabe hablar de teoría cuántica puesto que existe una física cuántica, una química cuántica, una biología cuántica, todo un espectro de tecnologías basadas en comportamientos cuánticos, y se habla recientemente incluso del estudio y comprensión del cerebro humano en términos de fenómenos cuánticos.

En el marco de la física cuántica un referente necesario es el llamado debate de Copenhaguen entre Einstein y Bohr. Einstein sostenía que la realidad existe independientemente de la observación: “Me gusta pensar que la Luna está ahí aunque no la esté mirando”. Por su parte Bohr sostenía que es la observación la que crea el objeto.

Pues bien, las ciencias sociales y humanas —el padre de las ciencias humanas es A. Comte— nacen a la luz (o a la sombra) de la mecánica clásica. Newton establece sin ambigüedades que dos objetos son reales y separados y que lo que sucede en alguno de ellos o entre ambos es el resultado de fuerzas. En su caso, la más importante es la ley (o fuerza) de la gravedad. De consuno, Newton explica la totalidad del universo conocido con base en tres leyes. La más importante con referencia a las ciencias sociales y humanas, es la ley de acción–reacción.

Manifiestamente, toda la lógica, la metodología y la filosofía de las ciencias sociales y humanas se sitúan del lado de Einstein (o lo que es equivalente, de Newton, puesto que lo que hace la teoría de la relatividad es generalizar o ampliar los marcos y principios de la mecánica clásica). Ningún científico social normal diría que fenómenos como el Estado, el territorio, la guerra, la economía, las finanzas o la cocina y las instituciones existen porque se las observa. Es más, los fenómenos de las ciencias sociales y humanas son reales y por eso mismo separados.

Tratemos de entender esto.

Los sujetos humanos son entidades separadas. En un entorno local, aparecen vinculados en términos de la familia, el clan, la tribu, la colectividad y la sociedad, por ejemplo. En una escala macro, un individuo en un lugar geográfico no tiene nada que ver con lo que hace otro individuo en un lugar alejado (un continente, por ejemplo). Ambo sujetos sólo pueden ser afectados, dicho en el lenguaje de la física, por fuerzas físicas. Y traducido al lenguaje habitual de las ciencias sociales, por dinámicas religiosas, estilos de vida, hábitos alimentarios, costumbres familiares y sociales, y demás. Y entonces el énfasis se desplaza al estudio y explicación de estos factores vinculantes entre dos fenómenos distintos y ajenos.

En el mismo sentido, puede decirse razonablemente en este marco que dos individuos o grupos sociales son reales dado que tienen una historia, unos comportamientos y determinadas expresiones físicas que no son creadas por el acto mismo de la observación.

Hasta aquí nada novedoso, aunque mi esfuerzo aquí es sintético por razones de espacio.

Sin ambages, la tesis de las ciencias sociales y humanas —como por lo demás de toda la ciencia normal en general y en el sentido más amplio de la palabra— es el realismo. En el lenguaje técnico se dice: realismo ingenuo. Este realismo bien podría volverse elegante y se hablaría entonces, por ejemplo, de realismo ontológico o acaso incluso de realismo semántico.

El concepto de “realidad” constituye, de hecho, el gran supuesto de todo el trabajo en estas ciencias y disciplinas; supuesto dado por hecho que va de suyo y jamás es cuestionado.

Como sostienen algunos autores, un científico de a pie trabaja sencillamente con sus objetos, fenómenos, áreas y campos sin cuestionarse para nada de problemas filosóficos. A diferencia del debate entre Bohr y Einstein, quienes estaban absolutamente de acuerdo con los datos y las observaciones de la física cuántica, pero tenían entre sí serias discrepancias teóricas acerca de las interpretaciones de los datos y observaciones. El Santo Grial en ciencia en general no son los datos, sino las interpretaciones de los mismos.

De consuno, a la separabilidad de los fenómenos y a la realidad de los mismos, la ciencia normal razona por vía de la inducción. Esto es, el método que permite pasar de lo particular a lo general. La lógica de las ciencias sociales y humanas es ampliamente inductiva.

Una manera de comprender los vínculos sociales es mediante “fuerzas”, tales como el derecho y la religión, la economía y el consumo, las ideas, valores y principios, o más recientemente, la importancia de las organizaciones y de las instituciones hasta ese pináculo último que son las grandes corporaciones, antecedidas acaso por los estados nacionales. Cada ciencia y disciplina social y humana aporta lo suyo para establecer vínculos entre realidades reales y separadas (así como se lee).

El problema fundamental en la teoría cuántica consiste en el problema de la medición: los fenómenos existen por sí mismos, o bien son creados por el acto de la observación. Este problema no es otro que el de establecer si son “fuerzas físicas” las que unen a los fenómenos, o bien, si un acto de observación consciente los crea en el momento mismo en que son observados. Las ciencias sociales y humanas permanecen muy al margen de esta cuestión.

Pues bien, en un buen conocimiento de la física y de la teoría cuántica, el tema se estudia —y se resuelve— en términos del entrelazamiento cuántico. Fue un físico irlandés quien abrió esta puerta: John Bell.

Según el entrelazamiento cuántico, todos los fenómenos están conectados, sin importar el tamaño o la distancia. Pero el tema del entrelazamiento cuántico es el objeto de otro texto aparte.

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