Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

La impresión que invade la atmósfera de la gran base de la sociedad es la de una crisis al mismo tiempo sistemática y sistémica, tanto como mucha incertidumbre y desconocimiento sobre los procesos o tendencias de fondo.


En la superficie, el mundo y la realidad aparecen como desasosiego y desesperanza. Crisis en todas partes y problemas ubicuos, universales y cambiantes a la vez. Como la Hidra de Lorna. Es lo que se deja ver, prácticamente, en cualquier país y para el gran público en los grandes medios de comunicación de masas.

Corrupción y crisis social, contaminación y polución, epidemias y pandemias, violencia e impunidad jurídica, desconfianza en las clases políticas e inutilidad del Estado, robo del erario público y complicidad del sector privado. Incluso el miedo a meteoritos o a movimientos geológicos con efectos devastadores, por ejemplo. La impresión que invade la atmósfera de la gran base de la sociedad es la de una crisis al mismo tiempo sistemática y sistémica, tanto como mucha incertidumbre y desconocimiento sobre los procesos o tendencias de fondo.

Ya un sociólogo como Z. Bauman ha mostrado suficientemente que la política y el poder consisten en el mundo de hoy en una producción de incertidumbre, y de temores estratégicamente manejados para hacer que los individuos y las sociedades siempre vayan a la zaga de los acontecimientos, con una sensación de que la vida se escapa, que el destino del mundo no avizora horizontes de optimismo y que, en fin, a escala personal, cada quien haga lo mejor que pueda para vivir el momento.

Mientras que este es el mundo y la realidad en la superficie, la verdad es que en las profundidades —esas que en el sentir de los periodistas y editores “no son noticia” y “no producen noticias”—, existe, por el contrario, una enorme vitalidad.

Vivimos, literalmente, una época de luz. Nunca había habido tantos científicos, académicos, artistas e ingenieros como en nuestros días. Y jamás habíamos sabido tanto del universo, del mundo y de nosotros mismos como en el mundo actual. El mundo de la literatura, por ejemplo, es boyante, ancho, amplio y profundo. En la música se hace mucha experimentación y hay nuevos lenguajes que se esculpen en muchos lugares alrededor del mundo.

En ciencia, en el sentido amplio y generoso de la palabra, existen progresos y avances —no siempre lineales— que se plasman en revistas especializadas de todos los géneros, a la vez que se realizan seminarios, simposios y congresos donde se presentan avances o resultados que asombrarían a los legos, puesto que ya sorprenden a los expertos y conocedores (insiders).

La investigación y el conocimiento son expresiones de optimismo y de esperanzas en las posibilidades de la vida. Nadie que no crea que los problemas y las dificultades se pueden resolver no investiga. Por más que existan presiones administrativas y de poder sobre pensadores, descubridores e inventores.

Ha quedado ya en evidencia hace años que la vida y el conocimiento son una sola y misma cosa. Vivir y conocer son un solo proceso, sostenían Maturana y Varela hacia finales del siglo XX. Esto es, lo más grandioso que puede hacer un sistema vivo es al mismo tiempo lo más peligroso que puede llevar a cabo: explorar, cuestionar, conocer.

En las profundidades existen numerosos vasos comunicantes entre grupos, individuos, comunidades dedicadas al conocimiento y al pensamiento. Hay aprendizajes recíprocos e intercambios físicos y virtuales, y son numerosos los documentos de toda clase que se intercambian: artículos, libros, power points, videos cortos o más largos, direcciones físicas y virtuales y mucho trabajo a través de Internet y de las diferentes redes sociales. Pues también hay notables redes sociales eminentemente académicas y científicas.

Pero nada de esto es noticia para la gran prensa. Por el contrario, lo que domina al imaginario social es la banalidad, la trivialidad, la noticia inmediata de impacto, en fin, la grosería y la ordinariez. Por regla general.

Opinión, mucha opinión, y demasiado poco concepto. Por más que se vinculen, aquí y allá a algunos académicos a algunos medios de comunicación. De forma permanente o episódicamente. Y siempre el primado del sentido común.

Como lo ha dejado hace ya tiempo tanto la filosofía como la política, los tenedores del poder y los tomadores de decisiones exaltan y cultivan permanentemente el sentido común; y la opinión. Pues el sentido común es esencialmente acrítico, y redunda en los lugares comunes. Al fin y al cabo los gobiernos más verticales en el mundo siempre han hecho del sentido común una de sus banderas más preciadas.

H. Arendt lo dejó suficientemente en claro: la banalidad del mal se funda exactamente en todos aquellos que siguen órdenes y son acríticos. Quienes no cuestionan y trabajan en términos de eficiencia y eficacia. O como también se dice: la lealtad y la fidelidad ante todo, dos rasgos manifiestamente mafiosos. El mal se banaliza gracias a todos aquellos que viven en la superficie como en la falta de criterio propio, sentido de independencia, autonomía y libertad. Pues lo que salió a la luz en el juicio a A. Eichmann era, ante todo, el sentido de pertenencia y el cumplimiento de las normas, las estructuras, las organizaciones y las instituciones. La esencia misma del fascismo/nazismo.

La ciencia, en el sentido amplio y generoso de la palabra, no es noticia, y el espacio para la misma es extremadamente limitado de cara al gran público, porque la ciencia permite y exige a la vez argumentos, pruebas, demostraciones. Y todo lo contrario del mundo de los negocios, la administración y la política: consensos y acuerdos. La ciencia se funda, por el contrario, en mucha reflexión, mucha crítica y amplio debate. Y esto no es conveniente que salga a la superficie.

Los personajes más mediáticos cumplen, literalmente, una función religiosa: religan a grandes masas, en grandes espectáculos, y uniformizan gustos y comportamientos. Y entonces se vive el mundo como espectáculo. Con grandes y pequeñas alegrías: con grandes y pequeñas tragedias. Pues así resulta fácil controlar a la gente.

En las profundidades, en la antípoda al mundo laboral con su ingeniería social aceitada, existe una vitalidad insospechada, que es el producto de mucha creatividad, mucha innovación, mucha experimentación y juego. En las artes y las letras, en ciencia y en investigación, en las humanidades y en las disciplinas existe un mundo boyante, con efervescencia, altamente dinámico y lleno de ganas de no dejarse vencer por el pesimismo. En la superficie se conserva el mundo. Es desde las profundidades desde donde se lo transforma.

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