Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Las matemáticas constituyen un ámbito rico y en permanente evolución y desarrollo. Y cuanto más tarde la política en acercarse y aprender de matemáticas, tanto peor serán sus padecimientos.


La historia de la política a lo largo de la historia de la humanidad es la de una profunda asimetría. Asimetría de información, asimetría de grados de libertad, en fin, asimetría de riqueza y bienestar. Ahora bien, desde el punto de vista matemático, la asimetría es sinónimo de fealdad. Así las cosas, el mundo de donde venimos es, en verdad, un mundo feo. Que ha tratado de ser amable y mejor, pero que es esencialmente feo.

Pues bien, la fealdad es la expresión estética y matemática que se traduce en términos precisos: violencia, corrupción, inequidad, pobreza e injusticia.

En apariencia, no existen muchas relaciones entre matemáticas y política. Acaso las ideas matemáticas anclan muy mal en el mundo empírico, o no anclan en absoluto. Así las cosas, estaríamos abocados a un dualismo en el conocimiento. El cual se traduce entonces en un dualismo en formas de vida y demás. Una historia ya conocida y cuyos ejemplos en la historia no son precisamente los mejores. Al fin y al cabo, la superación del dualismo no es sino la expresión abstracta de la idea por pensar y hacer posible un mundo bueno —justo— equitativo.

Platón lo tenía claro, a su manera. En la República (Politeia), sostiene que la base de la justicia es la geometría y las matemáticas. Pero las razones son precisas: es debido a que pensar en términos geométricos y matemáticos es equivalente a aprender a pensar en términos de verdad y de belleza. Así, en realidad, el buen gobernante gobierna bien porque sabe de matemáticas, y entonces no es que el mundo se haga posible a la manera de las matemáticas, sino, más adecuadamente, el mundo es regido por la idea de verdad.

En otras palabras, la historia de los malos y los pésimos gobiernos (acaso el de Alejandro Magno el primero), hasta la historia de los desmanes, despropósitos y dictaduras de todo tipo, se explica, en este marco, debido a la ignorancia de los gobernantes. Gobernantes incultos y brutos producen gobiernos y regímenes asimétricos.

Para decirlo en otros términos, las matemáticas son una condición necesaria para la inteligencia de un gobernante; como dirían los pedagogos, porque le suministran una estructura de pensamiento. O lo que es equivalente y aún más exacto, se trata de aprender el lenguaje de las matemáticas, un modo más acertado y amable de decir las cosas.

Quizás la columna vertebral de todo el pensamiento matemático sea el reconocimiento y el estudio de las simetrías. Simetrías especulares, simetrías rotacionales, simetrías reflexivas, simetrías subyacentes, simetrías verticales, simetrías de orden, simetrías de orden par y de orden impar, por ejemplo. Dicho de forma simple y directa: una idea es verdadera sólo si es bella. Este constituye acaso el Santo Grial de las matemáticas y su significado social, cultural, filosófico y político.

Al fin y al cabo, la simetría es la forma en que la naturaleza se comunica, en sus diversos niveles y escalas. Y es la forma como las cosas crecen y se hacen posibles en la naturaleza. La biología tanto como la química saben de simetrías. Pero la política está lejos aún de saber algo al respecto.

Lo que han hecho los políticos de todo cuño es tapar la belleza con palabras, y hacer de la logopedia un arte y la columna vertebral de la inteligencia. Pero es que la habilidad de las palabras termina siempre confundiéndose y siendo subsumida bajo el peso del cálculo, la estrategia y la táctica. Antípodas del pensamiento matemático.

Es lo que, por ejemplo, bien podría condensarse en el modo del marketing político: horribile dictus —a la luz de la sabiduría de las matemáticas.

Platón no era ingenuo, en modo alguno. Al fin y al cabo, cuando habla del rey filósofo o del filósofo rey, dice que ello es posible que exista: epekeine (en griego). Que es tanto como decir: por casualidad, de milagro, por excepción. Una escuela de gobierno bien puede recordar a algunos de los clásicos, y entre ellos la idea fundacional de las relaciones entre matemáticas y política. Al fin y a cabo, el desconocimiento de las matemáticas es notable en las escuelas y facultades; a no ser que se imponga el modelo de la ciencia política norteamericana, cuyo epítome, a lo sumo, es la incorporación de la estadística (descriptiva o inferencial). Ignorando que, hoy por hoy, son dos cosas distintas: la estadística y las matemáticas.

Parece prevalecer una atmósfera de ignorancia y descrédito hacia las matemáticas entre los políticos y entre los estudiosos de la misma. Pero este no es, en realidad, sino un ejemplo de un caso más grave: el alejamiento y la distancia fuerte que existe entre los científicos sociales y de las ciencias humanas con respecto a las matemáticas.

La verdad es que las matemáticas constituyen un ámbito rico y en permanente evolución y desarrollo. Y cuanto más tarde la política en acercarse y aprender de matemáticas, tanto peor serán sus padecimientos. Padecimientos que se pueden apreciar en distintos trabajos. Por ejemplo, La pequeña ciencia. Una crítica de la ciencia política norteamericana, de J. L. Orozco (1978, 2012); o bien, en otro plano, La muerte de la ciencia política, de C. Cansino (2008). Dos trabajos clásicos, entre otros.

Pensar de modo matemático significa superponer la verdad a la conveniencia, y la belleza al beneficio y al costo–oportunidad. Belleza y verdad parecieran ideales elevados, pero lo cierto es que abundan, y mucho alrededor nuestro, en la naturaleza. Justamente bajo la forma de simetrías.

Mientras que la naturaleza es generosa en simetrías, la sociedad y los gobiernos son prolíficos en asimetrías. Uno de los dos polos está equivocado.

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