Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Frente a los desafíos de la naturaleza por culpa de la acción humana, quizás la mejor opción sea la de pensar ya no más como humanos —en toda la extensión de la palabra—, sino pensar como la naturaleza misma.


Para los griegos antiguos, el destino era un hecho incontenible. Ni siquiera los dioses se libraban de la fatalidad, y el tejido de las Parcas era algo a lo que estaban sujetos dioses, semidioses, héroes y humanos. Posteriormente, la Edad Media situó el destino en las manos de Dios, y si bien el plan divino estaba trazado, nos quedaba un margen de acción eufemísticamente llamado como libre albedrío. Al cabo, la Modernidad —hasta la fecha— situó la agencia en la estancia humana, nació el liberalismo (en sentido filosófico) y los seres humanos aprendieron nuevos conceptos, tales como libertad, responsabilidad, deliberación.

¿Existen hechos o fenómenos inevitables? Si es así, estamos abocados a la fatalidad, y nada que hagamos o dejemos de hacer podrá evitar el sino final.

Pues bien, el calentamiento global tiene, de acuerdo con numerosas lecturas, el carácter de un destino inevitable. El diagnóstico no puede ser más contundente. Así, de acuerdo con el consenso científico alcanzado por instancias tales como la NASA, la Met Office, la Agencia de Meteorología Japonesa y la NOAA, notablemente, los dos grados científicos propuestos como límite máximo para los cien años del siglo XXI (2000–2100) no solamente serán superados, con lo cual la vida será sencillamente imposible, sino que todas las proyecciones y simulaciones indican que estamos abocados a la desaparición de la vida sobre el planeta en el curso de no más de doscientos años a partir de la fecha. De forma inevitable.

El calentamiento global es una realidad, el derretimiento de los glaciales, el aumento de los niveles y el volumen del mar, en fin, amenazas y riesgos contundentes. En una palabra, la expansión térmica, y una ingente producción de CO2 en la atmósfera. El hielo polar flotante dejará de existir. La subsidencia es un fenómeno comprobado una y otra vez alrededor del mundo.

De manera positiva, se sabe que el nivel del mar aumentó 24 centímetros durante el siglo XX, y continúa haciéndolo de forma no lineal hasta la fecha. A todas luces, según parece, las posturas negacionistas del calentamiento global no encuentran ningún fundamento. Manifiestamente, tenemos ante nosotros una visión apocalíptica, un panorama de Armagedón.

Pues bien, el concepto que salta a la vista en esta clase de presentaciones es el de irreversibilidad. Como si hubieran en la naturaleza, en la sociedad y en la vida fenómenos irreversibles. Un error teórico y epistemológico craso. Hay que decir que, de un lado, I. Prigogine, que es quien introduce el concepto en el marco de la termodinámica del no–equilibrio, y de otro lado, las ciencias de la complejidad, por ejemplo, jamás afirman que todos los fenómenos sean absoluta y irremisiblemente irreversibles.

Desde el nivel molecular hasta el celular, desde el nivel organísmico hasta el ecológico, existen también fenómenos reversibles. La salud es el más apasionante de los fenómenos reversibles, relativamente a la enfermedad.

Las lecturas apocalípticas, sustentadas acaso en una interpretación particular del texto de Paris COP21, afirman, sin más, que el futuro no ofrece, a partir de numerosos datos públicamente compartidos, ninguna salida o alternativa.

La verdad es que el Santo Grial de la ciencia no son los datos, sino las interpretaciones de los acontecimientos. Manifiestamente que el calentamiento global es un hecho global, de largo alcance. Pero es igualmente cierto que si se le da tiempo a la naturaleza, esta siempre termina por recuperar los niveles y modos propios para que la vida se haga posible. El conflicto no es otro que la incongruencia entre los tiempos humanos y los tiempos de la naturaleza.

Frente a la (aparente) inevitabilidad de los acontecimientos siempre quedan dos opciones, por lo menos. La acción creativa, y el aprovechamiento del azar y las contingencias. Dos formas distintas para designar un solo y mismo fenómeno.

Desde los niveles más fundamentales hasta sus expresiones últimas y más elaboradas, la naturaleza no está escrita en términos de fatalidad e inevitabilidad. Por el contrario, la naturaleza consiste en una gama amplia de grados de libertad a través de adyacentes posibles (esto es, no linealmente). El antropoceno no es otra cosa que el resultado del alejamiento del ser humano de la naturaleza. El antropoceno, un concepto geológicamente frágil, por lo demás (puesto que la geología tiene como unidad básica de tiempo el millón de años, y la especie humana tiene tan sólo 40.000 años sobre el planeta).

Frente a los desafíos de la naturaleza por culpa de la acción humana (sic), quizás la mejor opción sea la de pensar ya no más como humanos —en toda la extensión de la palabra—, sino pensar como la naturaleza misma. Pensar como río, pensar como selva, pensar como nube, y demás. Una idea que puede parecer exótica ante el edificio de la civilización occidental, pero que encuentra vínculos múltiples con las artes y la antropología, con la historia y la biología, por ejemplo.

Es evidente que nos encontramos en una bisagra de la historia. Ella indica, en una dirección, hacia el colapso de una forma bien determinada de pensar y de vida. Y de otra parte, hacia una paleta de creatividad, imaginación y fantasía; en una palabra de grados de libertad, por definición, abiertos e indeterminados. Pues en eso consiste pensar como la naturaleza, a saber: en indeterminar los fenómenos. Una idea poco cómoda frente a la cultura dominante.

Frente a la fatalidad, la inevitabilidad y la ceguera del destino siempre cabe la creatividad, la imaginación y la acción misma. Todas éstas, nutridas por la esperanza el optimismo. Frente a un panorama apocalíptico queda, en fin, crear nuevos y mejores conocimientos. Pero estos son siempre acontecimientos emergentes que suceden en el filo del caos. Que es el espacio natural de la vida en general, de los sistemas vivo; allí donde sucede la creatividad, la innovación, la sorpresa: tres rasgos distintivos de los sistemas vivos, en el sentido más fuerte y excelso de la palabra. Si alguien sabe de creatividad es la naturaleza. Pero podemos aprender de ella.

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