Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Se necesita mucho valor y coraje para participar en la historia. Que, en realidad, no es un concepto, una categoría o una idea. Sino, mucho mejor, una fuerza poderosa, una fuerza ciega, como todas las fuerzas.


Hay quienes participan de la historia, y hay quienes se abstienen de hacerlo. Los primeros, sensibles, se ven arrastrados, por el vaivén de los acontecimientos, y crean las dinámicas o contribuyen al ritmo y al momento de las mismas. Los segundos prefieren cultivar su propio jardín y cuidar de sus asuntos como si el mundo dependiera de ellos. Aquellos comprenden el momento de la historia y entienden que pueden ser agentes de los grandes giros posibles en ella. Estos se sienten impotentes ante la historia y el destino, y vestidos de escepticismo se dicen que en el fondo las cosas nunca cambian y todo es lo mismo.

Sentir que existe algo más grande que sí mismos, sabiendo que los nombres pueden cambiar y las formas mismas también varían. O bien, en caso contrario, apegarse a las pequeñas cosas —sí: las pequeñas causas— y creer que ellas marcan el sentido y el significado definitivos. En realidad, dos modos trágicos de la existencia. Uno trágico por la actividad y la hybris de la praxis. Y el otro trágico por la pasividad, el alejamiento y la permisividad ante los acontecimientos.

Todas las épocas y todos los espacios conocen estos dos temperamentos. Mientras que unos cambian el mundo, los otros lo conservan. Parece ser una constante, pero en verdad es tan sólo la apariencia. Pues lo verdaderamente determinante no son sus formas y expresiones, sino el resultado final: que es haber cambiado la historia o haber contribuido a que las cosas siguieran siendo las mismas.

Los casos, los nombres, los ejemplos y las expresiones se pueden ilustrar a granel en la historia y en la geografía universales.

A nivel biográfico, existen sacrificios de lado y lado. Puede ser el sacrificio justamente de haber relegado la cotidianeidad y otras felicidades del día a día bajo el peso y los compromisos con las grandes acciones que, siempre, sobrevienen. O también puede ser el sacrificio de no haber intentado nada y haber nacido y muerto en el anonimato, que es la forma más fría de todas las muertes.

Pero nunca valen las justificaciones que se aportan a posteriori, una vez que las cosas han desembocado de una u otra manera. Esas justificaciones ex–post siempre llevan en los labios el sabor de la derrota. En nuestra época las acciones humanas no se juzgan ex–ante, esto es, por las intenciones, y tampoco necesariamente se juzga en la acción misma. Ante todo, el juicio recae, con todo su peso, sobre las consecuencias. (En el momento tan sólo le interesa al derecho y a las fuerzas de Policía). (Por el contrario, el juicio sobre las consecuencias abre de par en par las puertas a la historia).

Hay quienes quieren ser sujetos de la historia y, en ocasiones, sin saber muy bien, sentir que toman el destino en sus propias manos. De otra parte, hay también quienes conocen la impotencia, la pasividad y el cansancio, y se dicen que, al final del día, lo que importa es la paz de la propia conciencia y de la pequeña existencia.

Ahora bien, no es que el tejido social y el tejido histórico esté conformado por estas dos clases de hebras. Jamás se está demasiado cerca ni tampoco demasiado lejos de las llamas del fuego. Nunca somos lo suficientemente ángeles pero tampoco lo suficientemente demonios para simplificar las cosas. Sencillamente vemos en un caso el caudal de las aguas, y participamos en la riada, sabiendo que un rápido dos nos espera a la vuelta o un rápido tres se nos viene encima. Y en el otro caso, se ven venir las cosas encima, pero se actúa como pretendiendo no darse cuenta de las cosas. Por las razones que sea.

Una cosa es segura. Se necesita mucho valor y coraje para participar en la historia. Que, en realidad, no es un concepto, una categoría o una idea. Sino, mucho mejor, una fuerza poderosa, una fuerza ciega, como todas las fuerzas. Nuestra vida se nos va tratando de hacerla comprensible e inteligible, pero no siempre lo logramos. ¿No era Marx quien hablaba de la historia como de una locomotora o un tren con velocidad creciente? Mucho valor y coraje, un tris de sana insensatez, hace que se le dé colorido y sabor justamente a la existencia.

Mantenerse al margen de la corriente de las cosas es fácil y no requiere esfuerzo alguno. Basta con el balcón de la casa, o la ventana de la habitación, pero como en realidad sucede siempre, basta, en realidad, con entreabrir o entrecorrer la cortina o la persiana. Pues puede no resultar conveniente que nos vean viendo a quienes pasan activando los momentos que componen a la historia. Para estos, siempre existen entresijos.

Pero hay un rasgo singular que sí permite distinguir a los dos modos, a los dos temperamentos. En un caso, unos van siempre cogidos de la mano o abrazados, o sencillamente acompañándose con las miradas, pero siempre van cantando canciones, como quien le canta a la vida. Las consignas, en ocasiones, son pequeños versos de canciones que alguien más está escribiendo. En contraste, quienes se marginan habitualmente bajan la voz y temen ser escuchados o ser vistos en conjunto con otros. Como si estuvieran traicionando esa que es la alegría de vivir, aunque a veces no sepamos muy bien lo que es la vida.

No existen planes, programas o estrategias para la vida. Cada quien la va construyendo, como puede, como una especie de bricolaje. Aunque hay quienes creen que todo tiene que estar sujeto a un plan estrictamente trazado por fuera del cual no puede haber libreto. Estos creen que allá, en el trasfondo o en la tras–escena hay alguien que ha escrito el guión y dirige los hilos del movimiento. Es fácil y confortable creer esto.

La historia no es otra cosa que la vida vivida de manera conjunta y mancomunada. Lo demás son las pequeñas historias de cada quien, los relatos y las pequeñas anécdotas. Las pequeñas alegrías y las pequeñas tragedias.

La vida misma, al fin y al cabo, es también una fuerza. Decían los antiguos: “Alegra a los dioses aquello que alegra a los humanos, y entristece a los dioses aquello que entristece a los humanos”. Esta no es sino otra manera de decir que incluso los dioses participan de una u otra manera, en función de los temperamentos. Y unos se revelan como dioses tristes, pero existen también, y sobre todo, los dioses alegres. Eso: son los hombres quienes los alegran con sus compromisos y sus acciones.

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