Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Las clases medias están en su cuarto de hora: el populismo está a la orden del día, y si tiene que apelar a la violencia, en cualquiera de sus formas, no le tiembla la mano. Al fin y al cabo, las dictaduras constituyen la mejor expresión institucional de la violencia.


La idea no es nueva ni tampoco difícil de entender. Sin embargo, quisiera intentar una mayor profundidad en la misma.

Sociológicamente, existen tres dictaduras: i) para la aristocracia, se trata de la monarquía; ii) para el pueblo, es la dictadura del proletariado; y para la clase media, se trata del populismo.

Con la desaparición de las aristocracias, la monarquía cayó en desuso, aunque ha sabido mutarse, cumpliendo los mismo roles, en otros espacios. Hoy por hoy, con la excepción de un puñado de países, las monarquías son arcaísmos desuetos, pero no por ello las aristocracias han dejado de intentar su dictadura, con otros lenguajes, pero con las mismas actitudes.

(Entre paréntesis: vale recordar ese adagio de López Michelsen, cuando aún no era presidente, cuando sostenía, no sin razón, que en Colombia la clase alta se asimila al modelo y al ideal europeo, la clase media al norteamericano, y el pueblo se quiere mexicano. Palabras más, palabras menos).

Por su parte, el pueblo tiene su modelo e ideal de dictadura, a saber: la dictadura del proletariado. No cabe la menor duda de su eficacia, fuerza y sentido. Ahí está la historia para mostrarnos la capacidad de adaptación, desde Corea hasta Vietnam, desde la ex–Unión Soviética hasta las expresiones de Europa central y oriental, y otras. No sin razón decía Marx que las revoluciones son las fiestas de los más pobres.

Ahora bien, el sistema de libre mercado tiene un sincero afán por eliminar la pobreza, reducir la marginalidad y ampliar, tanto como sea posible, a la clase media. Las clases medias constituyen el verdadero colchón y resorte del capitalismo, de lejos. La eliminación de la pobreza y la ampliación de la clase media tiene un sentido al mismo tiempo cultural, social y político. Pues bien, la dictadura de la clase media es el populismo. Y sus expresiones tienen nombre propio: los Rajoy en España, los Macri en Argentina, los Uribe en Colombia, y más que Peña Nieto, el PRI en México, o también los Trump en EE. UU., por ejemplo.

Existe el populismo de derecha, el de centro–derecha, y también el de izquierda. No sin ambages, detrás del populismo reviven las 11 tesis propagandísticas de Goebbels. El populismo, como el fascismo, siempre ha sido un movimiento de masas, y logra calar muy fácilmente en el imaginario social. Sus argumentos son planos, están llenos de extremismos, adjetivos y adverbios, y se fundan en el maniqueísmo. Con un muy eficiente control de los medios. Marketing político y comunicación estratégica.

Ya sea de izquierda o de derecha, el populismo no exige grandes elaboraciones teóricas, y por eso mismo llega a las clases medias. Eso, las clases de los hombres estándar, promedio, mediocre. Como les encanta decir a los políticos norteamericanos: “gente como usted y yo” (people just like you and me).

Evidentemente que existen numerosos estudios sobre el populismo. Y desde el punto de vista del cruce entre sociología e historia, América Latina ha sido un crisol del populismo. Con los recurrentes llamados de Tirios y Troyanos a reducir la pobreza y aumentar la formalización de la ciudadanía, la institucionalización de los diferentes sectores sociales y económicos. Aquí la banca cumple un papel absolutamente determinante.

Los símbolos y signos del populismo son fáciles de identificar, aunque son amplios: desde el fútbol hasta determinados cantantes, desde la bandera hasta el himno nacional, desde la escuela hasta el clero, en fin, desde los mitos fundacionales hasta la estandarización y simplificación de la información.

Y es que las dictaduras se caracterizan exactamente por eso: por el rechazo a pensar, ya sea por pereza, por inutilidad, o por dificultad. Pensar, en el mejor de los casos, queda para unos pocos: y el eufemismo para ello es la distinción entre “políticos” y “técnicos”. Horribile dictum.

Los aristócratas deberán reinventarse alguna vez si es que quieren que su dictadura sea posible, de nuevo, en otra ocasión. De las tres formas de dictadura, la de la aristocracia la tiene más difícil. La dictadura del proletariado aún puede reinventarse a sí misma. Pero tiene la dificultad de los Pol Pot, los Gulags, y las purgas Estalinistas, por ejemplo. (La historia siempre ha sido y será políticamente incorrecta).

Pero las clases medias están en su cuarto de hora: el populismo está a la orden del día, y si tiene que apelar a la violencia, en cualquiera de sus formas, no le tiembla la mano. Al fin y al cabo, las dictaduras constituyen la mejor expresión institucional de la violencia.

Con un par de salvedades. La dictadura de las clases medias trabaja particularmente a partir de la violencia simbólica y pasiva. No es gratuito, por tanto, que, sociológicamente, en diversos espacios, se hable de bullying (matoneo), acoso sexual, acoso laboral, y otras. Colombia constituye un ejemplo magnífico al respecto, aunque no el único. En Colombia, el principal problema de salud pública es la salud mental. Depresiones, insatisfacciones con el propio cuerpo, bulimia y anorexia, sobrepeso y sedentarismo, obesidad y empresas de spa y ejercicios, depresión, ansiedad, altas tasas de suicidio sobre las cuales nadie habla, psicosis, esquizofrenia y otras patologías severas, muchas veces irreversibles.

El costo de la civilización se ha dicho. En realidad, desde el punto de vista sociológico, el costo de ser clase media y tratar de sostenerse en ella o acaso, incluso, intentar saltar hacia niveles superiores. La salud mental es en la sociedad actual, el precio de la clase media, pues lo pobres no pueden darse el lujo de deprimirse o aburrirse, por decir lo menos, y los más ricos pueden desviar sus crisis o encubrirlas de varias maneras.

El populismo es la dictadura de la clase media, y su expresión cotidiana es la sociedad de plástico, y el mundo líquido de que habla Bauman. Un mundo, la verdad sea dicha, feo. Pero que es ampliamente compartido y vivido por todos; o mejor, por muchos. Cuando el experimento funciona.

Comentarios

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Comentarios  

0 #2 Carlos Eduardo Maldonado 25-10-2016 14:09
Apreciado Roy, muchas gracias! Recibe un saludo sincero
+1 #1 Roy Umaña 25-10-2016 10:28
Excelente . Tal vez sería un buen ejercicio hacer una comparación con el hombre masa de Ortega y Gasset
Saludos

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