Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

A la base de la sociedad la dominan con incertidumbres y miedos. Miedos e incertidumbres, acaso, estratégicamente producidos y gestionados. Sin teorías de la conspiración. Al fin y al cabo la incertidumbre y el miedo generan en numerosas ocasiones pasividad e inmovilismo.


Si en el plano de las noticias sobre el mundo el pesimismo ronda en los temas económicos y financieros, en los asuntos militares, en cuestiones de medioambiente, en aspectos políticos (como la corrupción galopante), en el terreno jurídico con la impunidad hacia los grandes ladrones de cuello blanco, o en informaciones policivas acerca de la connivencia de ésta con el mundo del delito, por ejemplo, la verdad en materia de ciencia es completamente diferente.

Existe mucha y muy buena investigación alrededor del mundo y los avances son, o bien puntuales y minimalista, o bien impresionantes y de grandes saltos en numerosos campos. En medicina y ciencias de la salud se hacen progresos vertiginosos en cuestiones de una sola generación. Hay numerosas enfermedades que vienen siendo acorraladas y otras derrotadas, permitiendo a los pacientes ganar enormemente en esperanzas y expectativas de vida.

En temas relacionados con bioquímica y nanotecnología, los avances son consistentes y nos han permitido tener una mejor comprensión de todo el universo bacterial y viral, arrojando nuevas luces sobre sus estructuras y procesos.

En matemáticas, un área acaso espesa, existen avances teóricos y también experimentales que tienen y tendrán enormes repercusiones positivas en el dominio práctico en un futuro previsible a mediano y largo plazo, y hemos ampliado las fronteras de comprensión y conocimiento acerca de las dimensiones de la realidad.

En el campo de la física, uno de los más consentidos de las ciencias, ha habido avances que nos acercan, como nunca antes había sucedido, al conocimiento del cerebro, a la estructura de la materia, en fin, al origen de este universo.

Con el reconocimiento explícito de que cada avance se enlaza a muchos otros campos en otras ciencias y disciplinas con implicaciones que en ocasiones aún no comprendemos muy bien, pero que se antojan prometedoras y manifiestamente no de tono desalentador.

Existen equipos de investigadores y científicos, y presupuestos de investigación como nunca antes los había en la historia de la humanidad, y todo, ciertamente, en medio de penurias o de dificultades financieras.

Las redes de cooperación y de aprendizaje se fortalecen, y equipos de naciones distintas y ajenas aprenden los progresos que suceden en otras geografías gracias a la celebración de conferencias, congresos y seminarios, o bien a las redes virtuales —en Internet—, todas muy activas.

Aunque no sea un fenómeno necesariamente de masas, nuevas generaciones de niños y jóvenes se van adentrando en la apropiación de nuevos lenguajes, de nuevas interpretaciones, de nuevas herramientas y técnicas de trabajo. Internet ha permitido que numerosos textos estén al alcance de quienes buscan, leen y trabajan. Textos que son en muchas ocasiones imposibles de conseguir en sus versiones análogas.

En materia de tecnología se producen avances sólidos y vertiginosos que hacen la vida cada vez más cómoda, que apuntan hacia revoluciones conceptuales, en fin, que contienen aristas de nuevas realidades anteriormente inimaginables.

Las revistas se multiplican en todas las direcciones, y cada vez más libros están disponibles en versiones digitales, ampliando de forma magnífica numerosas bibliotecas, muchas de las cuales caben en USB o en discos duros, y no son pocos quienes se van haciendo así a bibliotecas que en términos físicos costarían una fortuna.

La verdad es que la humanidad en general ha venido ganando en la adquisición de más y mejor información, de más y mejor educación, de más y mejor ciencia. Las épocas de poca luz en el conocimiento van quedando atrás, y vamos ganando en luces, en matices, en gradientes, en luminosidades plurales. La vida se va haciendo mejor y más rica.

La dificultad es que estos y otros avances en ciencia, en el sentido más amplio y generoso de la palabra, no ocupan los primeros planos y titulares en la gran prensa de todos los días. Los avances en ciencia y conocimiento suceden, si se quiere, de forma subterránea o velada. En la superficie prima el pesimismo y el desasosiego, pero en las aguas más profundas hay mucha vitalidad.

Toda la tarea, por así decirlo, es de divulgación de los avances en ciencia y tecnología, y de apropiación social del conocimiento. Un asunto que ciertamente no es lineal ni mecánico.

A la base de la sociedad la dominan con incertidumbres y miedos. Miedos e incertidumbres, acaso, estratégicamente producidos y gestionados. Sin teorías de la conspiración. Al fin y al cabo la incertidumbre y el miedo generan en numerosas ocasiones pasividad e inmovilismo.

Una mirada cuidadosa a las ciencias y disciplinas pone de evidencia mucha vitalidad, lo cual es señal indudable de optimismo. Es como si la consigna de David Hilbert —un prestigioso matemático del siglo XIX – XX— renaciera de las cenizas: “Debemos conocer, vamos a conocer”, una consigna enunciada en 1930 y que, al cabo, describe su epitafio.

La verdad es que la comunidad científica es cada vez más interdisciplinaria, lo cual significa, dispuesta a ver y aprender lo que sucede en otras casas del vecindario. Ello sin que la interdisciplinariedad pueda decirse que es una actitud ampliamente triunfante y dominante en la educación y las disciplinas.

Frente a los valles de pesimismo y descontrol, las colinas y montañas del conocimiento contienen mucho optimismo, mucho aprendizaje, mucho diálogo, y mucha buena investigación. Basta con un paseo por las numerosas revistas, por los foros, presenciales y virtuales, por las bases de datos cada vez más amplias y accesibles.

Contra todas las apariencias, vivimos tiempos de mucha vitalidad en el conocimiento. Y encontramos entonces un motivo adicional de esperanza. Sólo que hay que escalar, por así decirlo, esas montañas. Y traer a los valles y a las orillas lo que allí sucede y se produce, a fin de llevar de mayores contenidos la calidad y la dignidad de la existencia de cientos, miles, millones de seres humanos.

El optimismo existe, pero hay que trabajarlo.

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