Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

La lógica tetravalente no consiste en identificar cuatro valores y entonces elegir entre alguno de los cuatro. Mucho mejor, por el contrario, pone sobre la mesa, a plena luz del día, cuatro valores, todos igualmente razonables y plausibles.


Quienes están medianamente informados tienen información acerca de la lógica polivalente. Impropiamente hay quienes hablan de lógicas infinivalentes: en rigor, dicha cosa no existe y es mejor hablar de sistemas de múltiples valores: polivalentes.

Toda la tradición de la civilización occidental, en cualquier plano y contexto que se considere, se funda en dos valores: un pensamiento binario o dualista. Con base en dicho sistema de pensamiento se gestionó y controló el mundo en todos los aspectos: en la religión como en economía, en política y en arte, en ética y en ciencia, y así sucesivamente.

Ahora bien, de los dos valores, en realidad, era uno sólo el que siempre interesó; aquel que designaba “verdad”, pues “falsedad” no constituía, en modo alguno, una opción. La consecuencia es que el tipo de ser humano de Occidente fue siempre binario, dualista, bivalente. Lo cual, traducido al lenguaje de la psicología y la psiquiatría, tiene un nombre propio: psicótico. La más radical de las oposiciones fue la de ser humano–naturaleza. “Verdad” se situó del lado humano; naturaleza, en el mejor de los casos, fue tan solo un instrumento.

Una de las lógicas polivalentes es la lógica de cuatro valores: la lógica tetravalente. Los valores de esta lógica son:

  • Verdad
  • Falsedad
  • Verdad y Falsedad (al mismo tiempo)
  • (Ni) verdad (ni) falsedad

El mundo, como se aprecia, se torna magníficamente más complejo.

Los dos primeros valores no presentan en principio ninguna dificultad. El aspecto verdaderamente interesante se encuentran en los dos últimos valores. Una manera apropiada de entrar en ellos consiste en recordar que en la lógica trivalente el tercer valor es la incertidumbre. Es decir, aquellas cosas que no se puede establecer claramente que sean verdaderas, pero que tampoco cabe precisar que sean falsas.

Pues bien, en ciencia como en la vida encontramos numerosas veces situaciones en las que al mismo tiempo sucede que la verdad y la falsedad coexistan y tengan exactamente el mismo peso o realidad. Por ejemplo, en una versión sobre un acontecimiento se tienen dos partes y bien puede suceder que las dos tienen igual razón, aunque se encuentren en orillas contrarias. Ni la verdad posee mayor preponderancia, ni tampoco la falsedad. Existe una simetría entre ambas.

Como se aprecia, es imposible en esta clase de situaciones ser reduccionistas y pretender, a la fuerza, por ejemplo, o bajo presión, que alguien se pronuncie por alguna verdad, “como sea”. Pues acontece que la contraparte posee argumentos igualmente razonables, aunque opuestos.

El tercer caso de la lógica tetravalente no implica, en absoluto, un relativismo y ni siquiera un eclecticismo.

El cuarto valor sostiene que hay enunciados, proposiciones, teorías o fenómenos que no son ni verdaderos ni falsos. (Algún humor trasnochado diría: “sino todo lo contrario”). Este cuarto valor no se asimila a la lógica trivalente, pues claramente se afirma que no cabe ningún espacio para la verdad como tampoco para la falsedad.

Más radicalmente, la realidad y la apariencia no pueden discutir alguna prelación de la una sobre la otra.

Ahora bien, la lógica tetravalente no consiste en identificar cuatro valores y entonces elegir entre alguno de los cuatro. Mucho mejor, por el contrario, pone sobre la mesa, a plena luz del día, cuatro valores, todos igualmente razonables y plausibles. Es un error lógico y una equivocación, en ciencia o en la vida, identificar los cuatro valores mencionados y entonces elegir u optar por cualquiera de ellos. Exactamente en este sentido, las lógicas polivalente en general, y aquí la lógica tetravalente en particular, es una lógica no–clásica. Perfectamente distinta a cualquier otro sistema lógico en la historia de la humanidad occidental.

El reduccionismo, con cualesquiera justificaciones, se ve bastante más coartado con la lógica tetravalente y, consiguientemente, también se reducen significativamente las opciones del determinismo, en cualquier acepción de la palabra.

Hay situaciones, lugares, momentos, que admiten cuatro valores: exactamente los mencionados arriba y que componen a la lógica tetravalente. Gracias a esta lógica nos encontramos, si cabe decirlo, ad portas de sistemas no–lineales. En este caso, en sistemas con una x4. Análogamente a como sucede en matemáticas, una ecuación con x4 significa que existen cuatro soluciones y que debemos trabajar con las cuatro simultáneamente; no cabe, en absoluto, la posibilidad de elegir una de las soluciones ni tampoco la posibilidad de priorizar o jerarquizar las soluciones a la mano.

No todas las situaciones se componen de una situación semejante. Pero, cuando sucede, la lógica tetravalente nos ayuda a entender la situación.

La literatura, por ejemplo, constituye un magnífico ejemplo de situaciones de cuatro valores. Con seguridad el mejor ejemplo es esa obra monumental de L. Durrell, El Cuarteto de Alejandría, Alejandría tejida en torno a Justine, Balthazar, Mountolive y Clea —una de las obras cumbres de la literatura universal.

Pero es evidente que la realidad siempre termina por sorprender al arte. Cuando ello sucede, una de las herramientas, por así decirlo, para entender y vivir esas situaciones, es la lógica tetravalente.

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