Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

La lógica pentavalente corresponde a un momento de la humanidad que empieza a abandonar los reduccionismos y los determinismos, y ganar, por tanto, numerosos grados de libertad, y entonces de complejidad.


La lógica polivalente constituye uno de los casos más importantes de las lógicas no–clásicas (LNC), que permiten comprender y explicar mejor la complejidad del mundo y la realidad. Algunos de los nombres más importantes en el surgimiento de la lógica polivalente son autores desconocidos para la gran mayoría de la población, incluidos académicos e intelectuales. Se trata de nombres como Bochvar, Lukasiewicz, o Vasiliev, que son conocidos para quienes han profundizado en la historia de la lógica en general.

Ahora bien, la lógica polivalente no se desarrolla o se construye de forma acumulativa, como si sobre la base de la lógica trivalente aritmética o composicionalmente se construyera la lógica de cuatro valores, y acaso sobre ésta, de la misma manera la lógica sobre cinco valores. Cada capítulo en la lógica polivalente posee una dimensión propia y no puede ser explicada de forma simplemente analítica.

Los valores de la lógica pentavalente son:

  • Verdad
  • Falsedad
  • Suspendido
  • Indefinido
  • Sobredefinido

Manifiestamente, se trata del trabajo con un sistema de pensamiento no–lineal, en el que hay que trabajar, simultáneamente, con los cinco valores, sin que quepa, en manera alguna, priorizar, elegir o maximizar algunos de los valores disponibles. En este caso, cinco.

“Verdad”, tanto como “falsedad”, son valores que no plantean dificultad alguna y que se corresponden con la lógica bivalente de origen aristotélico; y más radicalmente, digamos, occidental. (Nunca huelga recordar que Aristóteles corresponde al período helenístico de la Grecia antigua, cuando ya se anunciaba la decadencia y el ocaso del mundo griego y el ascenso de Roma).

Los otros tres valores exigen una consideración más cuidadosa.

El tercero de los valores de la lógica pentavalente puede asimilarse a la indeterminación, o a la suspensión del juicio. Hay cosas que ni son verdaderas ni tampoco falsas y que tampoco cabe sostener que sean ambas cosas, o al revés, o no. La epojé (suspensión del juicio) —planteada originariamente por el escepticismo y más tarde recuperada por la filosofía fenomenológica de E. Husserl— es el reconocimiento de que hay situaciones en las que no cabe manifestarse con respecto a la verdad o falsedad de una circunstancia o de un enunciado o conjunto de enunciados; pero tampoco cabe plantearse ante esa situación en términos de la lógica tetravalente. Lo mejor que cabe es suspender el juicio; abstenerse de juzgar; y ese es ya un valor constitutivo de la lógica pentavalente.

El cuarto valor no se asimila en modo alguno al tercero y afirma que hay indeterminación, si se quiere, opacidad; si cabe, ambigüedad o ambivalencia con respecto a una situación o un modelo teórico, por ejemplo. Esta indefinición no puede ser asimilada a uno de los valores de la lógica trivalente: la incertidumbre. La razón es que aquí no hay incertidumbre, sino la incapacidad de expresarse manifiestamente por una determinación cualquiera del mundo o la naturaleza. En verdad, las indefiniciones forman parte de la vida y el conocimiento, y son incorporadas en la lógica pentavalente.

Como se aprecia sin dificultad, en lógica, como en buena ciencia, análogamente a como acontece en la buena literatura y en la poesía, por ejemplo, los sinónimos no existen y corresponden más bien a pereza o facilidad del pensamiento. Cada palabra designa una realidad propia, y así, la complejidad resulta inescapable.

Por su parte, el quinto valor de la lógica pentavalente corresponde a todo aquello que está sobredeterminado, o mucho mejor, sobredefinido. Un enunciado o una situación sobredefinida son aquellos a los que les cabe numerosas acepciones, usos, interpretaciones o comprensiones sin que quepa precisar cuál de ellos es el más adecuado. De esta suerte, la sobredefinición o sobredeterminación es el valor que no termina de inclinarse más de un lado que de otro, en un plano que otro, en un contexto que en otro, por ejemplo. Y, en consecuencia, debe ser asumido exactamente al mismo nivel que los otro cuatro valores definitorios de la lógica pentavalente.

Ante una tradición, ante unos valores y principios, ante una cultura y estructura de pensamiento que son eminentemente reduccionistas, la lógica pentavalente introduce, manifiestamente, grados de libertad y, por tanto, de indeterminación. En verdad, en toda la tradición de Occidente siempre hubo el llamado o la constricción a reducir el mundo, la vida y la naturaleza a un valor determinado. Expresado en términos originariamente teológicos, se extendió a la política, por ejemplo, y entonces se habló del “mal menor”, como si un mal menor fuera una alternativa plausible o razonable. Como si hubiera que decidirse, ulteriormente, entre dos valores, o incluso uno solo, así fuera con matices.

Esa historia corresponde, sin forzar las cosas, a una historia de violencia y exclusión. Por ejemplo, a la idea de que había “guerras justas”, y entonces se llamaron y se llaman “guerras santas”, por ejemplo.

La lógica pentavalente corresponde a un momento de la humanidad que empieza a abandonar los reduccionismos y los determinismos, y ganar, por tanto, numerosos grados de libertad, y entonces de complejidad. La dificultad es que a nivel del sector privado y del público, conocimientos como la lógica pentavalente permanecen muy al margen de la información, la educación e incluso la ciencia. Existen intereses creados para que ello siga siendo así.

Consiguientemente, la información, educación y la investigación con nuevas herramientas, como la lógica pentavalente, constituye, a todas luces, una revolución científica. Gracias a la cual la complejidad de la vida salta a los ojos, a plena luz del día. Y entonces podemos y debemos empezar a pensar. Pensar: un verbo que no admite imperativo.

 

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