Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Si es verdad que el principal problema de salud pública en los estados y las sociedades contemporáneas es la salud mental, las neurociencias sociales contribuyen como pocos campos a la explicación del fenómeno.


Una auténtica revolución científica tiene lugar al interior de las ciencias sociales. El estado de lo que normal o clásicamente se conocía como las ciencias sociales ha venido cambiando de forma radical. La interdisciplinariedad ya no es un discurso, sino una práctica cotidiana. Uno de los campos de punta que han emergido son justamente las neurociencias sociales.

El concepto nace en 1992, pero ya ha logrado posicionarse gracias a la existencia de una prestigiosa revista con el mismo título (Social Neurosciences), y se llevan a cabo reuniones periódicas de congresos internacionales, sociedades nacionales y redes activas de científicos que trabajan en este campo.

La idea de base es que no es posible comprender los comportamientos sociales al margen de la explicación acerca del funcionamiento del cerebro y de la biología. En realidad, los seres humanos poseen tres cerebros en uno, así: el cerebro reptiliano (emociones básicas, primarias), el sistema límbico (sentimientos) y el neocórtex (ideas y conceptos). El mundo humano no es sin la interacción entre los tres tipos de cerebros. Y a su vez, el cerebro incide sobre el cuerpo mismo (soma) y en la forma como nos relacionamos, actuamos o dejamos de hacerlo en un momento determinado.

La verdad es que las relaciones y las estructuras sociales inciden profundamente en el funcionamiento y en la propia estructura del cerebro y del propio organismo, algo que ha dado lugar, por otra parte, a uno de los descubrimientos más apasionantes: la cultura y el medioambiente inciden en la estructura: (a) de los genes; (b) de las neuronas y del propio cuerpo. La epigenética estudia exactamente estos aspectos. Ya no existe la cultura de un lado y la naturaleza de otro: ambos conforman un continuo dinámico que hace posible la vida, o la impide.

Pues bien, las neurociencias sociales estudia, de una parte, los mecanismos biológicos que subyacen a los procesos y comportamientos sociales. Comprar, sentir afecto o aversión, las relaciones con nuestras mascotas, los aspectos judiciales o los económicos, por ejemplo, son considerados comportamientos o procesos provenientes del funcionamiento del cerebro, del sistema endocrino y del sistema inmune —los tres conforman una sola unidad, en realidad, configuran un mundo social con tales o cuales características—. De otra parte, se trata de estudiar cómo la biología misma —y entonces hablamos a la vez de dos cosas: del enfoque Eco–Evo–Devo (ecología, evolución y desarrollo) y de biología de sistemas— aporta métodos, conceptos y explicaciones para el mundo social.

Digámoslo de manera puntual: ni biologismo ni sociologismo, por ejemplo. Antes bien, un nuevo campo cruzado que arroja nuevas y mejores luces acerca de lo que clásicamente explicaban la antropología, la economía, la política o la sociología.

Existen dos grupos de métodos en las neurociencias sociales. De un lado, técnicas propias de la psicología cognitiva y las neurociencias, como son las imágenes de resonancia magnético funcional, la electromiografía facial, los electromiogramas, las respuestas galvanizadas de piel, la simulación magnética transcraneal y varias otras. Sencillamente, se trata de leer las áreas de activación del cerebro en determinadas circunstancias, así como del estudio facial de emociones, circunstancias y eventos, los cuales traducen ideas, conceptos, temores y hasta principios.

De otro lado, al mismo tiempo, existe ya una tradición de métodos narrativos en el ámbito de las neurociencias sociales. En este caso, no de espaldas a los trabajos experimentales y teóricos, se trata de construir relatos en torno al problema de base. De esta suerte, los métodos cuantitativos y los cualitativos confluyen en este novedoso ámbito de trabajo cruzado.

Si es verdad que el principal problema de salud pública en los estados y las sociedades contemporáneas es la salud mental, las neurociencias sociales contribuyen como pocos campos a la explicación del fenómeno. Las enfermedades crónicas, por mencionar un ámbito, emergen como un reto inescapable para la convivencia de un mundo común para todos. Las enfermedades no transmisibles requieren aportes diferentes a los provenientes de la medicina. Pero es igualmente cierto que la cultura, en sentido amplio pero fuerte, constituye un caldo de cultivo para la “transmisión” de patologías y comportamientos erráticos. La no medicalización de la salud abre las puertas, de par en par, a las interacciones entre cultura, medioambiente y biología.

Las neurociencias sociales pueden intervenir de forma positiva en enfermedades biológicamente no transmisibles, pero que culturalmente pueden convertirse en epidemias. Pero con ello, ulteriormente, al final del día, en todos los temas y aspectos que competen a un saber vivir bien, a un saber vivir.

Al fin y al cabo, el cerebro es una instancia social, no ya simplemente personal o biográfica. Pero este es un tema al que apenas la ciencia y la cultura se están aproximando, en perspectiva histórica. El cerebro: la confluencia de tres sistemas distintos que forman una sólida unidad: el sistema endocrino (hormonas), el sistema inmune y el sistema nervioso central. Nuestro mundo, según parece, está cruzado por los tres. Debemos poder comprender esos cruces, entrelazamientos y refuerzos positivos y negativos a la vez. En ellos nos va la vida.

Una observación final: tradicionalmente se cree que existe interdisciplinariedad, en medicina, porque un internista trabaja con enfermeras, con inmunólogos, con oncólogos y terapistas, por ejemplo. O que hay interdisciplinariedad cuando trabajan físicos y biólogos, matemáticos y expertos en computación, por ejemplo. O en otro plano, que hay interdisciplinariedad porque trabajan historiadores y economistas, o antropólogos y sociólogos, o politólogos e internacionalistas, por ejemplo. En todos los casos, hay autoengaño por parte de las comunidades académicas y de investigación. Pues la verdadera interdisciplinariedad no sucede al interior de grupos o familias de ciencias o disciplinas. Por el contrario, sucede cuando trabajan familias y grupos distintos y cruzados. Las neurociencias constituyen un ejemplo conspicuo de verdadera interdisciplinariedad. Algo que en nuestros países está aún lejos de suceder.

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