Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Lo que acontece en el plano de los medios de comunicación masivos ocurre análogamente en el plano de la ciencia y la filosofía. El medio termina siendo más determinante que lo pensado o dicho.


Marshall McLuhan (1911–1980) es un autor desconocido para la mayoría, excepto para los estudiosos de la teoría de la comunicación y un par de intelectuales y académicos adicionales.

Padre del concepto de la “aldea global”, el vórtice de todo su pensamiento es justamente ese: la idea de que, hoy por hoy (lo dice en 1967), lo importante ya no es el mensaje por sí mismo, sino el canal a través del cual se difunde el mensaje. La credibilidad, la atención y el impacto de una noticia o un texto cualquiera se mide no tanto por lo dicho, cuanto que por el medio a través del cual se difunde. Eso: el medio es el mensaje.

Esto vale desde el mundo de las noticias (CNN en Estados Unidos o Globo en Brasil, El Universal en México, El Mercurio en Chile y así sucesivamente) hasta el mundo de la academia y la ciencia. Más vale decir algo en un medio prestigioso, popular y de alto impacto que en uno secundario, marginal y alternativo, por ejemplo.

Es lo que a su manera Thomas Kuhn designa justamente como la ciencia normal. La ciencia normal —que lo que hace es normalizar a los seres humanos— se caracteriza porque tiene sus propios canales de expresión y difusión, hasta el punto de que lo que el Gran Medio dice que es, eso es la Realidad. O la Verdad.

Así, al decir de McLuhan en otro de sus trabajos, los medios constituyen la extensión misma de los seres humanos (Understanding Media: The extensions of Man, de 1964). En general, la obra de McLuhan bien merece una segunda mirada. Pero no es ese nuestro interés principal aquí.

Lo cierto es que, mucho antes de la era de las “posverdades”, los “hechos alternativos” y las guerras de quinta generación (igual a las guerras en curso alrededor del mundo: Venezuela, Irán, Yemen, etc.), McLuhan anticipa con lucidez y clarividencia el núcleo del mundo que se proyecta hasta nuestro días: algo merece mejor credibilidad en función del canal o el medio que publica lo que se dice y se quiere decir. Vivimos la era que el autor canadiense designa como “del cliché al arquetipo” (1970).

Los académicos son los primeros prisioneros de este proceso de normalización de la inteligencia. Para los gestores del conocimiento (knowledge management) lo importante es que los académicos publiquen en medios de “alto impacto” y no lo que los académicos mismo dicen, piensan o publican. Como si “verdad” prefiriera un canal de expresión mejor que otro.

Contra esta política generalizada y condicionada por la cienciometría, existe un movimiento creciente entre investigadores, científicos y pensadores que sostiene exactamente lo contrario. Lo importante no es el medio de la publicación, sino lo publicado mismo.

Esto le abre las puertas de par en par a la vitalidad del conocimiento antes que a su anquilosamiento y formalización. Juan es interesante por lo que dice e incluso por la forma cómo lo dice, no por el medio o el canal que emplea para decirlo. Radicalizando su idea originaria, McLuhan lo sostiene: el medio es el mensaje (1967), un estudio concienzudo acerca de la importancia de los efectos. Y tratándose de efectos, lo normal es el medio, no el contenido mismo.

De manera significativa, cabe recordar que la inmensa mayoría de artículos científicos (papers) que han implicado inflexiones importantes en la historia de la ciencia nunca se publicaron en revistas 1A. Por el contrario, en revistas, dicho hoy, tipo B o C. Un dato importante de historia de la ciencia con claras consecuencias de tipo, al mismo tiempo sociológico y político.

Lo que se encuentra en entredicho es toda la historia de la cultura en sentido amplio y, con ella, todo el capitalismo académico y el capitalismo intelectual. Paradójicamente, a raíz de un pensador —M. McLuhan— que no fue precisamente un liberal y mucho menos un izquierdista en cualquier acepción de la vida. Todo lo contrario.

¡Vale recordar que las más importantes casas de revistas científicas y académicas son empresas privadas que ganan  ingentes sumas con esas revistas! Elsevier, Science Direct, Hindawi. Medios que terminan siendo el mensaje mismo. Como se observa, hay un problema serio.

Los gestores del conocimiento nunca han sido científicos o académicos, por definición. Justamente por eso hacen gestión. Ministros, rectores, decanos, por ejemplo. Que son quienes promueven altamente la idea de publicar en medios de “alto impacto”. Como si, para decirlo en términos de Perú o de Colombia, El Comercio o El Tiempo no estuvieran interesados, no construyeran noticias y no sirvieran a intereses claramente preestablecidos, por ejemplo.

Sistémicamente cabe decir que lo que acontece en el plano de los medios de comunicación masivos ocurre análogamente en el plano de la ciencia y la filosofía. El medio termina siendo más determinante que lo pensado o dicho. Sin olvidar que en las guerras de quinta generación, la guerra psicológica y la guerra informacional constituyen ejes centrales además de la guerra económica, la política y la propiamente militar.

De aquí la importancia: (a) en un plano, de los medios de comunicación alternativos, y (b) en otro plano, de revistas y medios no convencionales para la publicación de reportes, informes, discusiones y artículos; pongamos por caso.

Para una sana inteligencia, lo que dice Pedro es bastante más significativo que el canal que elige Pedro, siempre que Pedro diga cosas inteligentes y críticas, novedosas y sensibles. ¿El medio es el mensaje? Sí, para todos aquellos que son normales. Sin olvidar la obra cumbre de ese filósofo argentino, José Ingenieros: El hombre mediocre. Pero para ello necesitamos de otro espacio más amplio.

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