Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Lo que queda establecido gracias a la recoherencia cuántica es que el mundo convencional no se agota en sí mismo y que encuentra en los comportamientos y dimensiones cuánticas un sentido.


La física cuántica en general, pero más ampliamente la teoría cuántica, es de lejos la más testeada, la más verificada, las más falseada y contrastada de todas las teorías. Hasta el punto de que ha sido testeada hasta el onceavo decimal, es decir, 0.00000000001. Existen numerosas teorías en el mercado de la ciencia y la filosofía. Pues bien, absolutamente ninguna otra teoría ha sido verificada tanto y tan bien. Algo que cualquier otra teoría envidiaría, con mucho.

Decimos “teoría cuántica” debido a que existe no solamente la física cuántica, sino también una biología cuántica, una química cuántica, amplias y robustas tecnologías basadas en comportamientos cuánticos, e incluso, aunque este es un capítulo que queda para otra ocasión, ciencias sociales cuánticas. Por lo demás, sin ambages, una tercera parte de toda la economía mundial depende por completo de principios y comportamientos cuánticos.

Ahora bien, para estudiosos y para legos, existe un tema abstruso y ampliamente desconocido. No solamente porque se trata de un asunto técnico, sino, además, altamente contraintuitivo. Se trata de la recoherencia cuántica.

Sin embargo, a fin de entender qué es la recoherencia cuántica, se impone una mira a una idea que sí es más ampliamente conocida; por lo menos entre los estudiosos de la física cuántica. Se trata de la coherencia y, por tanto, también de la decoherencia cuántica.

El mundo en general, y las partículas y ondas de luz, en particular, se asumen desde el punto de vista cuántico como coherentes. La coherencia cuántica puede ser mejor entendida como el principio de superposición. La idea se remonta al experimento de la doble ranura, pero puede ser mejor entendida con el experimento mental de Schrödinger: el gato se encuentra al mismo tiempo vivo y muerto, antes de la observación o de la medición. La superposición del estado vivo–y–muerto del gato de Schrödinger es anterior a la interacción del gato (y los elementos del experimento: la pistola, el frasco de cianuro y las rendijas de la caja; a través de los cuales cabría hacer una observación). La coherencia se rompe y entonces el gato está o vivo o muerto, debido a la interacción de la caja del experimento con el medioambiente. En ese momento, como diría Aristóteles, se impone el principio del tercero excluido, que es el determinante de la realidad convencional.

En verdad, la realidad convencional, también llamada como el mundo clásico (en contraste con el mundo cuántico), es el mundo en el que las cosas son una cosa y no otra. Un zapato es zapato porque no es vaca, por ejemplo. Una mesa es tal, porque no es árbol y así sucesivamente. Las cosas son algo bien determinado o no son nada.

En el lenguaje técnico se habla con frecuencia del colapso de la función de onda. Y ese colapso es el proceso mediante el cual la coherencia cuántica se rompe, aparece la decoherencia cuántica, y entonces tenemos el mundo analógico que nos rodea y nos constituye a la vez.

Pues bien, formulada inicialmente por D. Deutsch en 1993, la recoherencia cuántica significa por lo menos dos cosas: de un lado, que el mundo clásico o la realidad convencional se pueden volver nuevamente cuánticos, como es efectivamente el caso. En este sentido, la bibliografía especializada habla tanto de recoherencia experimentalmente inducida como de recoherencia espontánea. Y de otra parte, que, por consiguiente, el mundo convencional no es la última palabra, sino que, en el mejor de los casos, es un caso límite del mundo cuántico.

Hay algunos aspectos técnicos que es inevitable mencionar. Así, por ejemplo, tanto la coherencia como la recoherencia cuántica suceden en tiempos vertiginosos, de pico a femtosegundos. Para ello, vale recordar que los tiempos microscópicos se componen de las siguientes escalas: mili, micro, nano, pico, femto, atto, yocto. Se trata de tiempos vertiginosos en los que suceden fenómenos moleculares, atómicos o genéticos. Un tiempo nanoescalar, por ejemplo, es 0.0000000001, o 10-9 segundos. Pues bien, los tiempos picométricos y femtométricos son respectivamente de 10-12 y de 10-15 segundos.

Otro aspecto técnico que no puede dejar de mencionarse es el de la temperatura en la que la coherencia se quiebra y da lugar a la decoherencia, y en donde, a su vez, tiene lugar la recoherencia cuántica. Se trata de tiempos que oscilan entre 0 K (cero grados kelvin) y hasta 77 K, siendo un promedio adecuado el de 277 K. Vale recordar que 0 K es igual a aproximadamente –273,16 oC (Celsius). La temperatura promedio de un humano saludable es de 37 oC.

Se habla en los estudios técnicos también de recoherencia parcial o total.

Digámoslo en términos ontológicos. Lo que la gente habitualmente denomina “la realidad”, esa que visualmente se define alrededor de 400 nanómetros y el espectro de luz visible para el ojo humano; esto es, la realidad que se percibe todos los días, esa realidad es el resultado de fenómenos de decoherencia cuántica. El mundo cuántico se quiebra y aparecen cosas como la flecha del tiempo, y “las cosas” en el sentido normal de la palabra: estrellas, automóviles, personas, animales, plantas, soles.

Pues bien, esa realidad convencional puede volverse a hacer cuántica, se hace efectivamente cuántica —nuevamente—. Y eso exactamente es la recoherencia cuántica.

La bibliografía hasta la fecha sobre este tema es escasa y altamente técnica. Pero la idea de base resulta apasionante y desafiante al mismo tiempo. Ni la ciencia ni la filosofía, por ejemplo, pueden ya sustraerse a la pregunta inevitable: ¿qué es el mundo, la realidad?

Lo que queda establecido gracias a la recoherencia cuántica es que el mundo convencional no se agota en sí mismo y que encuentra en los comportamientos y dimensiones cuánticas un sentido. La ciencia avanza por estos caminos a pasos gigantes. Un motivo profundo de reflexión.

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