Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

El cálculo político es en verdad la atrofia del pensamiento y, por tanto, de la vida, y se refiere a los demás como a meros instrumentos.


El cálculo político es quizás el hijo favorito del cálculo matemático desarrollado a finales del siglo XVIII por Leibniz y Newton, llamado genéricamente como cálculo infinitesimal y que se articula como cálculo diferencial y cálculo integral. Se trata del tipo de pensamiento de racionalidad propio para estudiar cambios, giros, tendencias y procesos.

El cálculo político nace contemporáneo a la historia en la que se definen y constituyen los estados nacionales y, por tanto, se delimitan fronteras de todo tipo: nacionales y regionales (= centralismo/descentralización), y consiste esencialmente en una cosa: diferenciar para integrar. Es decir, distinguir para preferir, analizar para maximizar. El cálculo trabaja en la identificación de algoritmos, esto es, reglas de solución de problemas, pero se define radicalmente como oposición a, y en contradicción con, la racionalidad, la reflexión, en el sentido primero de la palabra. Como tal, el cálculo subsume a aquellas bajo sí parametrizando los problemas y los componentes o agentes de los mismos.

Mientras que de manera tradicional y fundamental la racionalidad y la reflexión son cálidas e implican un principio de acercamiento, por definición el cálculo político corresponde a un tipo de pensamiento eminentemente frío —eso mismo: calculador— que se traduce inmediata y necesariamente en maximización y optimización, en aprovechamiento y utilidad; utilidad esperada.

En política, se ha dicho mil veces, no existen amigos, sólo aliados. Entre los amigos no cabe el cálculo, sino otras formas de explicación. El cálculo mismo impide los amigos, y se refiere a los otros y las circunstancias en términos de aprovechamiento y beneficio propio. Exactamente en este sentido, un científico como I. Prigogine sostenía que el tipo de ciencia basado en el cálculo —y por derivación en la mecánica— produce un desencantamiento del mundo y de la vida. Contra esa forma de vida y pensamiento llamaba al reencantamiento del mundo, para lo cual propone dirigir la mirada hacia la complejidad de la naturaleza y el mundo —que implican otro tipo, radicalmente distinto de pensamiento que el cálculo, y sus hermanas favoritas, la estadística y la probabilidad.

El cálculo político es el tipo de pensamiento que, sin ambages, se encuentra en la base de la corrupción y las componendas, del delito y el crimen de todo tipo, en esa peligrosa ideología que es el neo–liberalismo y sus variantes, en fin, en la base del pensamiento mafioso y de todo tipo de violencia. Es el pensamiento que subyace y soporte todos los juegos de poder y contrapoder. El cálculo político, por frío, es infame.

Las cosas más fundamentales en política nunca están escritas. Y las que están escritas, que son importantes, son subsidiarias de aquellas. El cálculo político se expresa en las decisiones y las acciones mismas que no admiten ni quieren, que no presentan ni dan cuenta, de justificaciones o razones, porque lo que prima es el interés (propio), el resultado. Y cuando se trata de tendencias y procesos, el aprovechamiento de los giros, circunstancias y oportunidades.

La naturaleza misma del cálculo político se observa todos los días, pero no tanto en los discursos, como en los resultados de todo tipo de la vida política. Dos vías favorecen esta comprensión: en un caso, el conocimiento profundo de la política que hacen posible la filosofía política y la teoría política. Pero, asimismo de otra parte, un buen conocimiento de las matemáticas y los sistemas computacionales. Es ideal —sería ideal que ambas vías logren combinarse y colaboren; porque entonces el resultado es la crítica radical de esa clase perniciosa de racionalidad que es el cálculo político: con toda seguridad, la madre de las acciones, las decisiones, las justificaciones y las explicaciones más perversas.

Contra el cálculo político existen varias soluciones, que van desde una denuncia de su naturaleza y consecuencias, hasta un seguimiento de la actualidad acusando la ausencia de ética y la violación de los más fundamentales principios del Estado de Derecho y, más específicamente, del Estado Social de Derecho. Pero es igualmente posible una solución radical: transformando en todos los planos de la vida social —pública, privada, académica y de comunicaciones— ese tipo de pensamiento mediante otras formas más sosegadas, más amables, más humanas de pensamiento.

Sin duda alguna, el cálculo político es el principio mismo de realidad (= Realpolitik) y ha sido esgrimido y manejado con astucia por gente como Trasímaco, todas las Sumas Contra Gentiles, Maquiavelo, Clausewitz y, en general, por los áulicos de la falsas inteligencias mal llamadas superiores. En un libro clásico, fundamental —Bernard Mandeville: La fábula de las abejas, o los vicios privados hacen la prosperidad pública— (escrito también en el siglo XVIII) se estudia brillantemente esa enfermedad crónica, crítica y compleja (en el sentido de la medicina) que es el cálculo político poniendo de relieve esa ética revulsiva que prefiere el lujo, la envidia, el orgullo, que son los sentimientos morales del cálculo político. Bien vale leerlo, releerlo, discutirlo, hacer de él un tema de discusión pública.

El cálculo político es en verdad la atrofia del pensamiento y, por tanto, de la vida, y se refiere a los demás como a meros instrumentos. Y la mucama del cálculo político es todo el sistema de administración y gestión que se funda en estrategia, se concentra en liderazgo y exalta, en apología directa o indirecta, el egoísmo.

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