Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

La derecha y la izquierda: los defectos de dos enfermedades crónicas. Una llamada realismo político y aprovechamiento. Y la otra, purismo ético e ideológico y división histórica.


Colombia es y ha sido un país de extremos. Colombia jamás ha sabido de términos medios, o intermedios, en cualquier acepción de la palabra. Esto explica, en términos generales, la historia de Colombia tan estrechamente vinculada a la violencia en todas sus facetas.

En política, la historia del país se divide claramente entre la derecha y la izquierda. Una derecha con derechas extremistas o más moderadas, y una izquierda radical o menos extrema. En Colombia, a diferencia de muchos otros países, no ha sido posible, en manera alguna, una política de centro. A pesar de las palabras y las declaraciones. A pesar de las apariencias y las declaraciones ante la prensa. Incluso con la duda razonable acerca de lo que signifique ser de centro. La capacidad de independencia, más allá de las polarizaciones, por ejemplo.

La política en Colombia se ha debatido entre los dos extremos, y eventuales posturas de centro solo son concebibles a nivel de actitudes y decisiones únicamente personales.

Todo lo demás son sólo cuestión de nombres, de palabras.

En la derecha ha primado en la historia el más craso realismo político. Y en política el realismo se concibe de cara a los esfuerzos por conservar el poder, o por alcanzarlo.

Así, lo que permite caracterizar sin duda alguna a la derecha es la integración, la mimetización, o la total disolución una en la otra, de la ética y la política. La política prima y ha primado ampliamente sobre la ética. No han importado ni importan los cambiazos políticos, los cambios de bandera y de militancia, la corrupción y los cuestionamientos morales, por ejemplo. Lo que caracteriza al realismo político de la derecha es su muy clara visión de conservación del poder, o de reparto y participación en las cuotas del poder.

Incluso de esa derecha dentro de la izquierda que fue el gobierno de los hermanos Rojas, en Bucaramanga o en Bogotá. (Frente a lo cual, por lo demás, el Polo Democrático Alternativo (PDA) jamás ha sido radical y explícito en su condena a estos ejemplares de la corrupción).

Esta ha sido la historia del país desde siempre, pero mucho más claramente diferenciada en los últimos setenta años. Basta con echar una mirada desprevenida, pero alerta a la historia de gobierno, a la historia de las elecciones, a la historia del manejo del Estado.

Por su parte, la izquierda se ha caracterizado en toda su historia por una clara delimitación entre la política y la ética. Por lo menos si no en términos puros, sí en marcado contraste con la historia de la derecha.

Las posturas y decisiones, las declaraciones y participaciones evidentes en la vida pública por parte de la izquierda han sido consistentes en establecer, si no una línea demarcatoria, sí un umbral que no cabe atravesar entre la política y la ética. Y en la izquierda, grosso modo, ha sido la ética la que ha primado sobre la política. Y eso, en la historia y en los tiempos habidos y que corren se llama, simpe y llanamente, inocencia o falta de realismo político.

Con lo cual el realismo político implica el aprovechamiento del poder, el enriquecimiento y el favorecimiento, el nepotismo y las roscas. No hay ni ha habido ningún político del realismo político que no haya salido más enriquecido de lo que entró a un cargo o una función. Y de cómo se mantuvo en él mientras estuvo en ese cargo. En eso consiste ser de derechas.

Así, la derecha en Colombia es más que un título ideológico, programático o político, un principio de realismo de los beneficios del poder. Todo lo demás queda para los académicos y los teóricos.

A la izquierda se le ha ido la mano en el purismo ético, mientras que a la derecha se le ha ido la mano en el realismo político. Y ambas posiciones son, de modo general, irreconciliables. Por principio y radicalmente.

No se trata de demonizar ni de simplificar la historia política y de gobierno y oposición en términos maniqueos. Pero es bueno mirar las cosas sin pre–concepciones ni pre–juicios, y llamar a las cosas por su nombre.

Unos y otros han pecado al mismo tiempo, y por paradójico que parezca, por defecto y por exceso. En cualquier caso.

El resultado es que en varias ocasiones el país ha sido calificado como gubernamentalmente inviable. O que Colombia es uno de los países más inequitativos del mundo. O que en el país el abstencionismo es de los más elevados en el mundo entre los países que cuentan con elecciones democráticas. Que en Colombia una cosa es votar, y otra distinta elegir. Que el país se encuentra entre los peores en el mundo en corrupción y ausencia de transparencia. Que la información en Colombia —un tema básico y fundamental de la democracia— ha sido históricamente asimétrica en todos los niveles e instancias. En fin, que el país es uno de los más fragmentados y sectorizados en el mundo. Para mencionar tan sólo los aspectos más evidentes y conocidos.

La historia del realismo político de la derecha muestra que ésta ha estado históricamente unificada y compacta. Y que eventuales fisuras y excepciones han sido idóneamente asimiladas y superados de manera estructural.

Y también muestra la historia que el purismo político y ético de la izquierda ha hecho que ésta haya estado históricamente dividida y fragmentada. Y que jamás se haya logrado en la historia la unidad de las fuerzas, poderes y movimientos de izquierda. Un lamentable balance si se lo mira objetivamente. Y peor aún, si se lo contrasta con otros países, cercanos o más lejanos.

No parece viable, en vísperas de un nuevo momento electoral, que las cosas vayan a cambiar. Y ciertamente no de manera significativa. Todo queda entre los extremos —laxos— de la derecha, realista política. Una derecha más moderada, o más extrema y violenta. Y una izquierda sempiternamente dividida, y por eso mismo torpe.

Peor aún, cabe anticipar que en el futuro previsible la historia de Colombia no cambiará de manera sustancial. Para desgracia del nombre del país, para desgracia de sus ciudadanos. Y ciertamente no cambiará, si se observa el asunto con ojos de política y gobierno nacional.

A título conjetural, esta historia podría cambiar, pero con la activa participación, de dinámicas y procesos de fenómenos internacionales. Como quien dice: esto no cambiará, a menos que lo hagan cambiar, con la ayuda de alguien o algo desde afuera. La importancia de la geopolítica. Un panorama no muy esperanzador, a decir verdad. Pero claro, cuando se diagnostica o identifica una enfermedad tradicionalmente la primera reacción es contra el médico. Tiene que pasar mucho tiempo para que vengan los otros momentos: negación, reconocimiento, superación eventual.

La derecha y la izquierda: los defectos de dos enfermedades crónicas. Una llamada realismo político y aprovechamiento. Y la otra, purismo ético e ideológico y división histórica.

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