Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

Colombia es una isla en América Latina, un caso raro y negativo en el hemisferio occidental, en fin, una patología altamente funcional en el mundo y en el panorama internacional. Napoleón tenía un término para el caso: un "idiota útil".


Después de ocho años de espionaje, chuzadas y persecuciones a diestra y a siniestra por parte del gobierno de Uribe, el gobierno del presidente Santos prometió, de un lado, no mirar por el espejo retrovisor y de otra parte, distanciarse radicalmente del pasado y mirar hacia adelante; incluso, si fuera necesario, traicionar a su propia clase social. Pues bien, no acaban de terminar estos cuatro años y las diferencias, todas, son simplemente de forma; nunca de fondo. Algo que tirios y troyanos reconocen, en la prensa oficial o en los medios independientes. El común denominador entre Uribe y Santos es la improvisación y el cambio de reglas en medio del juego en un caso, y el "cañaje" de consumado jugador de cartas, en el otro. Punto.

El más reciente escándalo se denomina "cámara gris" o "Andrómeda": el espionaje, por parte de miembros del ejército a los comisionados de paz: los del gobierno y los de la guerrilla. Y una fachada bastante poco inteligente, como era de esperarse de la (mal) llamada "inteligencia militar".

Varias cosas llaman la atención a una observación detallada: i) las expresiones del gobierno, desde las del jefe del Ejecutivo hasta las de su ministro de defensa fueron oscilantes de un día a otro: jamás hubo consistencia; ii) a la defensa de Uribe acerca del espionaje y al reconocimiento de ser la presunta válvula de escape, nadie contestó hasta la fecha de forma contundente; iii) el procurador, tan solícito de los medios en todos los asuntos del país y declarado enemigo de la paz y de las conversaciones en La Habana, no ha hecho hasta el momento absolutamente ninguna declaración en ningún sentido; iv) tan sólo desplazaron de la oficina de inteligencia del ejército (CITEC, CIME y DINTE) a dos generales que por lo demás estaban relativamente cerca del retiro y la jubilación; v) excepto por los miembros de una comisión del Congreso, el legislativo jamás se pronunció con vehemencia en contra del espionaje y las chuzadas; vi) luego de casi una semana ninguna decisión de fondo ha tenido lugar en el país o en el gobierno, en ninguna dirección.

El contexto más relevante de este espionaje es la combinación de dos elementos de importancia desigual, así: el período preelectoral y las negociaciones estratégicas desde todo punto de vista de las conversaciones y acuerdos conducentes a la forma de la paz en La Habana.

Una situación semejante en una democracia seria habría tenido las más rigurosas declaraciones y decisiones. Pero no en Colombia.

La pregunta inmediata que surge entonces es, ¿por qué?

Tres respuestas caben pensarse de manera razonable. En primer término, las chuzadas y el espionaje no alteran para nada, esencialmente, el balance estratégico del poder. Ni el político, ni el económico; ni el militar ni el social. En consecuencia ni al Estado ni al Gobierno le preocupan en el fondo esta clase de escándalos.

En segundo lugar, el poder de las fuerzas militares en Colombia es real en toda la línea de la palabra. La subordinación que le deben al jefe del ejecutivo por mandato constitucional es, como muchas en Colombia, un simple formalismo, un canto a la bandera. Muy atrás han quedado en la historia y en la memoria nacional algunos gobiernos liberales a los que no les tembló la mano frente al estamento militar.

Pero la respuesta más evidente es que estructuralmente no pasará nada con las chuzadas; nada más allá de lo que ya se ha dicho y hecho. Así como en Colombia no sucede estructuralmente nada. Un país institucionalmente autista, éticamente indolente, jurídicamente en convivio con la impunidad. En Colombia la historia no acontece en el orden institucional. Por el contrario, en el país si la historia tiene lugar es a pesar de dicho orden y de los intelectuales oficiales.

Todo el asunto del escándalo del espionaje y las chuzadas es un asunto sensible para la sociedad civil —esta vez en la forma del periodismo investigativo—, y un asunto de dignidad; de dignidad ética y política. Pero en el país, desde hace mucho, muchísimo tiempo, la dignidad —ética y política— es un tema que no preocupa a los estamentos y a la institucionalidad. Exactamente en este sentido Colombia es institucionalmente un país de (extrema) derecha. Y moralmente un país muy conservador.

En efecto, como la historia lo muestra, un sistema de extrema derecha es aquel en el que la ética se subsume a la Realpolitik, el fin justifica a los medios, y los núcleos del poder real se escudan en los cuarteles, en el palacio de gobierno y en los púlpitos de varias iglesias.

Literalmente, Colombia es una isla en América Latina, un caso raro y negativo en el hemisferio occidental, en fin, una patología altamente funcional en el mundo y en el panorama internacional. Napoleón tenía un término para el caso: un "idiota útil".

Cuando la ética es un asunto que no le duele al Gobierno ni al Estado, la política se vuelve un asunto turbio. Y entonces la última esperanza queda en la sociedad civil. (Sin dejar de omitir, claro, la actuación oportuna y discreta de la Fiscalía de Luis Eduardo Montealegre, que puede acaso ser llamada como una reserva de democracia).

Todo, con una salvedad: la falta de dignidad del Gobierno y del Estado es un asunto suyo, y para nada implica a la dignidad propia los ciudadanos, sus organizaciones y sus acciones.

Comentarios

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Comentarios  

0 #1 Carlos 09-02-2014 20:48
Excelente reflexión.

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