Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

En la era de la globalización la política es geopolítica, y la geopolítica muestra su cara adusta como ostracismo y aislamiento. Es, por ejemplo, la amenaza que tantas veces se ha ceñido sobre Venezuela.


Es políticamente interesante lo que está sucediendo a raíz de la decisión rusa de apoyar la independencia de Crimea y su anexión a la Federación Rusa. Vale considerar los más recientes acontecimientos.

Moscú apoya a las comunidades que por una amplia mayoría votan su anexión a Rusia. La consecuencia es que Estados Unidos y la Unión Europea se unen en contra de Rusia, apoyan al gobierno de Kiev, y elevan el tono.

Las amenazas hacia Rusia son específicas y se condensan en un concepto: aislamiento de la comunidad internacional. Primero congelan los fondos económicos de amigos de Vladimir Putin depositados en EE. UU. y Europa. Luego amenazan con sanciones económicas, las cuales significan una cosa: guerra económica, no compra de productos rusos, diversificación de fuentes de importación de esos productos. No en última instancia, el cierre de algunas fronteras para algunos nacionales rusos.

Una vez acabado un mundo bipolar, en la era de la globalización, la guerra es simbólica y económica. Exactamente como contra Irán, contra Cuba, o Corea. Todos llamados en la era Bush: miembros del "eje del mal".

Los motivos ya no son la lucha contra el comunismo; tampoco la condena del totalitarismo, como en otras épocas. La cara del conflicto y las amenazas de escalamiento hasta el movimiento de tropas se denomina aislamiento.

Por ejemplo, ya se anunció que la reunión del G–8 que se debía realizar en Junio en la ciudad rusa de Sochi no tendrá lugar, y a cambio se realizará sin Rusia —por tanto G–7— en Bruselas. Este mensaje significa claramente una cosa: también diplomáticamente se pueden emprender sanciones de aislamiento contra el gobierno ruso que dirige V. Putin.

¿Existe vida por fuera de la globalización? La respuesta de la comunidad internacional centrada en, y liderada por, EE. UU. y Europa es negativa. No es posible la vida por fuera de un mundo globalizado. Si no, basta con mirar al gobierno de Pionyang, a lo que acontece con Damasco, o la suerte de La Habana durante años de bloqueo económico. Lo cual se traduce en el estrangulamiento de todo un pueblo.

En la Grecia antigua, específicamente en el marco de la Polis griega, el máximo castigo era la expulsión de la Polis, la cual se denominaba como ostracismo. No había vida, era el mensaje, por fuera de la Polis. Expulsado de la Polis alguien se convertía en un paria; literalmente, esto es, quien no goza de los mismos beneficios y derechos que los habitantes de la Polis.

Que el mensaje no se preste a equívocos: el capitalismo en un sistema, y maneja absolutamente todos los aspectos de forma sistémica. Más exactamente, su control es sistémico. En otro contexto se diría panóptico.

Los gobiernos, dirigentes, pueblos o naciones que se salgan del guión escrito por EE. UU. y Europa corren ese riesgo: el ostracismo o el aislamiento. Aislamiento del sistema de libre mercado; aislamiento del sistema de relaciones internacionales; aislamiento del sistema financiero. Por ejemplo. Con todas sus consecuencias: problemas de visas, libre circulación, compra y venta de productos, y demás.

El carácter del capitalismo consiste exactamente en eso: en su naturaleza sistémica, en la que un individuo —Cuba, Corea del Norte, Irán, o pretendidamente Rusia— es visto por la comunidad internacional como un auténtico paria. Es decir, alguien que no merece compartir los derechos de los que gozan todos los demás. Los países medianos y pequeños deben sencillamente seguir el guión.

Pensamiento y gestión sistémicos se compaginan perfectamente con el carácter cibernético del capitalismo; es decir, como un sistema de control y autocontrol orientado a la reproducción del sistema por y para sí mismo.

Literalmente, en la era de la globalización la política es geopolítica, y la geopolítica muestra su cara adusta como ostracismo y aislamiento. Es, por ejemplo, la amenaza que tantas veces se ha ceñido sobre Venezuela.

Pues bien, lo que acontece con Rusia es una clara señal para todos aquellos pueblos, naciones, movimientos, partidos que quieren ser alternativa de poder o contra–hegemónicos. Si, no sin razones, una buena parte de América Latina está estudiando seriamente un "pensamiento del sur", una "epistemología para el sur", éstos pueden mirar a las acciones y decisiones de los últimos días a propósito de Rusia–Crimea.

Desde luego que es posible hacer muchas consideraciones sobre la geopolítica actual, la configuración de bloques alternativos, la fortaleza o no de Rusia, y demás. El punto aquí consiste sencillamente en acusar la naturaleza del sistema de libre mercado representado por EE. UU. y Europa y sostenido por la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Todos los cuales mandan un mensaje breve y directo: no existe la vida por fuera de ellos. ¿O sí?

El capitalismo tiene en el pensamiento sistémico, los enfoques y metodologías sistémicas la más sutil de las herramientas. Eso, aparentemente, le permite evitar una guerra abierta. Pero lo que olvida es que el carácter estructural (o estructuralista) de su forma de vida sistémica tiene una debilidad seria: olvida los quiebres súbitos, la impredecibilidad, las emergencias, entre otras. Todas las cuales convierten a la geopolítica y a las relaciones internacionales en un fenómeno altamente complejo. Y éste ya es otro tema aparte que merece otro espacio.

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