Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Carlos Eduardo Maldonado

La economía es y ha sido siempre una ciencia del presente. Su densidad temporal es baja, o nula. Específicamente, la economía normal nada sabe de medioambiente y menos de ecología.


Los análisis a corto plazo parecían alentadores desde un punto de vista. Frente a la crisis estructural de los países más desarrollados, hace menos de un lustro la atención se centró en dinámicas emergentes que arrojaban mejores resultados. Así, frente a la hecatombe de los países del G–7 y G–8 (más 1 o menos 1, da igual), el grupo de países BRIC se revelaba como una sorpresa. Una sorpresa y una esperanza.

Primero vino la crisis de las PuntoCom; luego las crisis de las hedge funds, la crisis hipotecaria, el techo de la deuda en EE. UU., las deudas galopantes de las principales economías de Europa —con la notable excepción de Alemania— y Japón. Sucedió el rescate de Irlanda, Grecia, Portugal. Y en alguna ocasión, un rescate continuado y repetido. El mundo tembló y aún tiembla con el eventual colapso de España, Italia y Francia.

En paralelo, Londres subsidia al resto de Inglaterra, y Alemania permanece como la locomotora de la Unión Europea. Contra los odios velados y las sospechas y acusaciones encubiertas.

La crisis económica y financiera se ha revelado, en realidad, como un componente de crisis sistémicas y sistemáticas. Crisis de confianza, crisis política, crisis social crisis del sistema de salud, crisis del sistema de pensiones, crisis medioambiental, crisis de tasa de natalidad en los países industrializados por debajo de cero...

En paralelo, los historiadores han girado la atención —acompañados por un puñado de buenos economistas— hacia un fenómeno novedoso: el colapso. Colapso de sociedades, colapso de culturas, en fin, colapso de civilizaciones. No hay que ser hipersensibles para entender el panorama entero.

Pues bien, el grupo de países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) surgió en un momento como la nueva esperanza del mundo. (Incluido, en algunas ocasiones, como el grupo de países BRICK (ladrillo), más Corea). Esta es y sería la vanguardia del mundo hacia futuro.

Alguna prestigiosa entidad financiera mundial centró, incluso la mirada, hacia la segunda fila de las mejores y más promisorias de las economías en el mundo: el grupo de países CIVETS (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Suráfrica). Y luego el resto; unos más adelante y otros más atrasados. En un mundo compuesto por 196 países.

La punta de los países en el mundo estaría conformada, con varios entrecruzamientos, por el G–7 (o G–8), el G–20, los países de la OCDE. De acuerdo con numerosos indicadores, ellos serían el pasado y el presente del capitalismo. Pero el futuro del mundo tendría como vector a los países BRIC, y lo dicho, posteriormente, acaso a los CIVETS. Y luego las complejidades del sistema internacional.
Sin embargo, numerosas fuentes han llamado crítica y reflexivamente la atención acerca de profundas dificultades en el grupo de países BRIC. Desde el punto de vista económico, freno en Brasil. Desde el punto de vista medioambiental, alarma en China. Y desde el punto de vista político, amenaza con Rusia.

Pues bien, como quiera que sea, el tema de fondo es el de la ponderación entre una visión de la economía de corto plazo y una de largo plazo. A corto plazo, es manifiesta la crisis, o mejor, el entramado de crisis sin que aparezca ninguna salida o solución real o efectiva —eso, a corto plazo—. A medida que pasa el tiempo, los aires apocalípticos y escatológicos lanzan sus alientos sobre el mundo. Un buen ejemplo de ello es esa literatura —particularmente juvenil en boga y triunfante en los mercados—. Con, en muchas ocasiones, sus paralelos en el cine. Una mentalidad medieval y milenarista flota en el ambiente, sin duda alguna.

Las reuniones anuales de Davos, y los numerosos foros mundiales paralelos —muchos de ellos auspiciados por Naciones Unidas— son claros en el diagnóstico; o los diagnósticos. Pero nadie ve una salida a corto, y ni siquiera a mediano, plazo. Las voces más pesimistas advierten del final de la especie humana. Desde ese punto de vista, lo que quedaría sería aprovechar el momento, disfrutar el día (carpe diem), y esperar lo mejor.

La economía es y ha sido siempre una ciencia del presente. Su densidad temporal es baja, o nula. Específicamente, la economía normal nada sabe de medioambiente y menos de ecología. ¿Ecología y medioambiente? El tiempo de largo plazo de la naturaleza y sus ciclos.

Los modelos económicos clásicos y vigentes —el modelo clásico, el neo–clásico, las economías de escala y el desarrollo (humano) sostenible— son una sola y misma cosa. Con sus derivaciones y orlas: responsabilidad social empresarial, la ética empresarial, y otras arandelas. Lo evidente es que la función de producción es exactamente la misma en esos cuatro modelos, y permanece inalterada, inmodificada. Su nombre adquiere diversas expresiones: capitalismo, sistema de libre mercado, modernidad, modernidad–y–postmodernidad, por ejemplo.

La economía no sabe de ecología, y correspondientemente, tampoco de historia. Mucho menos el modelo económico actual —dicho de manera genérica— que ha desplazado a la macroeonomía —economía y política; o economía y sociedad— a lugares secundarios, situando a la microeonomía —empresa, matemáticas financieras, econometría— al lugar del papel protagónico. Ya no se hace economía política y muchísimo menos una crítica de la economía política.

Como ha sido puesto de relieve una y otra vez, el bienestar y la recuperación de los bancos no se traduce en manera alguna como bienestar para la sociedad. El institucionalismo y el neoinstitucionalismo —económico, sociológico o político— consisten, en blanco y negro, en la preocupación por las instituciones en desmedro de la vida. En verdad, la defensa de las instituciones no se traduce necesariamente como la defensa de la vida y, por el contrario, en numerosas ocasiones alrededor del mundo sucede todo lo contrario.

Si la alternativa es entre institucionalidad y vida, o entre modelo económico y financiero y vida, ya conocemos la respuesta de ellos; y de otro lado, la respuesta nuestra. En fin, si hay que dejar que la economía se hunda y, en ocasiones incluso contribuir de manera piadosa a su muerte, es en nombre de la vida, su dignidad y calidad: la vida humana, tanto como la vida en general en el planeta.

A todas luces, la humanidad, en la época de la globalización, atraviesa por un cuello de botella. Si de apuestas se trata, la más sensible, razonable es por la de futuros de largo alcance y con gran densidad temporal. Numerosas otras ciencias y disciplinas pueden realizar mejor la labor que la economía no fue capaz de llevar a cabo.

Comentarios

Los comentarios aquí registrados pertenecen a los usuarios y no reflejan la opinión de Palmiguía. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellos comentarios que se consideren impertinentes.

Código de seguridad
Refrescar

Comentarios  

0 #1 CLAUDIO G. 16-04-2014 17:07
Añadiría a Milton Friedmann y su shock económico, neoliberalismo como estratégia o etiquetada como globalización.

Lo más visto de Carlos Eduardo Maldonado

Sociedad

Parásitos sociales

Podemos identificar cinco clases principales de parásitos o depredadores en la economía contemporánea: gente que no produce nada, sino que...

Ciencia

¿Qué es la lógica cuántica?

La lógica cuántica: formulada al comienzo en 1936, no son muchos los desarrollos que ha tenido aunque altamente significativos. Un...

Política y gobierno

Complejidad e incertidumbre. La ciencia en diálogo con la realidad

Colombia, un país sempiternamente dividido, polarizado. Hoy la polarización toma los nombres de Santos y de Zuluaga, pero en perspectiva...