Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Crónicas y relatos

Como millones de humanos, Holmes Ramírez tomó un enorme compromiso crediticio para que su sueño de ayudar a mucha gente a enfrentar su estrés pudiera ser una realidad. Pero antes de lograrlo, el estrés hizo lo que mejor sabe.


Al entrar por primera vez al consultorio de Holmes Ramírez, el paciente tiene la extraña sensación de haberse equivocado de sitio. Nada en él es típico. Ni están los diplomas, ni los aparatos de medición, ni esa sensación de frío intimidante que suelen tener los consultorios médicos. En cambio, a primera vista aparecen fotos de mamas de la Sierra Nevada de Santa Marta; dibujos de cuerpos humanos que no coinciden con la simple anatomía y que muestran enormes redes y autopistas de interconexión corporal y espiritual; aparatos extraños que parecen traídos de la utilería de ciencia ficción; artefactos hechos artesanalmente y de los cuales puede entenderse, tienen una misión que no es estética; imágenes que se intuyen de otras culturas de lejanas tierras, casi de otros planetas. Y gente, ¡mucha gente!

Holmes Ramírez entendió al terminar su carrera de Medicina en la Universidad Libre de Cali que no se puede calmar una dolencia sin adentrarse en las causas que la producen y, por lo tanto, sin observar al paciente como un individuo que, además de cuerpo, tiene mente y espíritu, y se relaciona con miles de especies vivas del planeta. Le preocupó siempre cómo esas relaciones podrían afectar la calidad de vida de las personas y cómo, con métodos a veces sencillos y a veces muy complejos, la cura se hallaba en maneras que desbordaban los protocolos aceptados por las academias de salud. Por ello se adentró en búsquedas alternativas, como las antiguas ciencias orientales, que se practican con éxito en el mundo, aunque, tal vez, sin reconocimiento en Occidente. Y en esa exploración, y tras viajar por el mundo, encontró que los ancestros, habitantes de las tierras del continente americano, habían desarrollado enormes perfeccionamientos en prevención y tratamiento de enfermedades que afectan a la especie humana.

"Cuesta creerlo, pero el origen de casi todos los males del planeta está en la mente humana. Tanto de las enfermedades como de las malas prácticas que afectan masivamente a las personas y, por lo tanto, ahí es donde está la cura", dijo un día sin parar su consulta. Consultas simultáneas, en las que mientras revisaba el color del agua a los pies de un paciente, o la ubicación de algún aparato eléctrico sobre la columna de otro, o contaba el tiempo en la cámara hiperbárica de otro más, hacía énfasis en los resultados de su medicina. Su cara casi siempre demostraba su convicción irreductible por sus ciencias que, según decía, no tenían nada de fenomenológico y podían explicarse muy fácilmente. "El cáncer, el sida, ¡todo tiene cura! El problema es que estamos gastando todos los esfuerzos económicos y humanos en donde no es. Estamos poniendo todas las apuestas en la industria química farmacéutica y por ahí no es. Deberíamos mirar a la naturaleza con más respeto. Deberíamos cuidar más el planeta, porque aquí está todo lo que necesitamos".

"El cuerpo humano tiene la capacidad de curarse a sí mismo... Lo único que necesita es que los factores que lo han alterado se suspendan. Sin embargo, cuando usted encuentra cuáles son esos factores, el paciente se sorprende porque son simples, pero están mediados por la cultura. El otro problema es que, aunque exista la evidencia irrebatible de la curación de los pacientes mediante las prácticas ancestrales y modernas de la homeopatía, naturopatía, quiropraxia, curación energética, varias formas de acupuntura, medicina tradicional china, medicina ayurvédica, curación divina, estos testimonios, por no ser abarcados por el método científico tradicional, no logran el reconocimiento de las terapias ni de los productos, haciendo que esta medicina no sea masiva y, en consecuencia, resulte algo costosa. ¡Yo he curado a miles! Y esos miles le pueden contar cómo fue su recuperación. No es magia. Es ciencia. Pero en ella se aplica otro tipo de conocimiento que los ortodoxos se niegan a reconocer".

No paraba de moverse, de tocar las manos de sus pacientes, de hablarles mirándolos a los ojos mientras explicaba las bondades de sus descubrimientos y las historias de sus pacientes ya curados. A cada uno lo llama por su nombre. Su voz firme, convencida de lo que dice, ayuda a explicar elementos y procedimientos, realidades paranormales, fugas de energías, confluencia de fuerzas energéticas, bloqueos mentales, carencias alimenticias y emocionales. "Son los tiempos del estrés capaz de matar a cualquiera. Y, ¿dónde vive el estrés? ¡Pues en la mente! Pero daña el corazón, los riñones, los pulmones y el cerebro. Produce accidentes cardiovasculares en personas jóvenes... Y todo porque los humanos tenemos que estar esclavizados del sistema económico, porque así lo permiten los gobiernos... Han convertido a la gente en masas de esclavos que trabajan brutalmente para enriquecer a los dueños del capital y, frente a eso, ¡no se salva nadie! Hay que luchar para que esta medicina pueda, por lo menos, devolverle a la gente las ganas de seguir luchando, de seguir viviendo".

Como millones de humanos, Holmes Ramírez tomó un enorme compromiso crediticio para que su sueño de ayudar a mucha gente a enfrentar su estrés pudiera ser una realidad. Pero antes de lograrlo, el estrés hizo lo que mejor sabe. Hoy, hospitalizado en una clínica por un ACV (accidente cardiovascular), inconsciente, con la mirada perdida y hundido en el mutismo, espera la solidaridad de quienes fuimos sus pacientes o sus amigos, o ambas cosas.

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