Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Crónicas y relatos

Una mujer que puede transcribir en una línea lo que la vida le ha dado, es capaz de transformar el mundo, al menos el suyo.


Mientras subía las gradas que me llevarían a mi destino, lo primero que escuché fue una sonora carcajada de mujer. Sonora y alegre. De esas risas que se producen con ayuda de mucha alegría concentrada en el alma. Cuando llegué al segundo piso, vi a María Victoria Franco, rodeada de algunos de sus amigos más cercanos, siendo el alma de la fiesta. No tendría nada de raro, de no ser porque a estas alturas el cáncer ha avanzado tanto en su cuerpo que ha puesto en peligro inminente su vida.

Sus ojos, todavía fuertes y penetrantes, se fijaron en mí y de inmediato una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Su voz invencible llegó a mis oídos con la vitalidad intacta, a pesar de lo cual una inmensa ternura pobló sus palabras y sus brazos generosos me estrecharon.

No tuve el privilegio de conocer a Vicky de toda la vida. En realidad, la había visto muy pocas veces. Cruzamos un saludo demasiado formal para mi gusto el día que ambas ganamos el Concurso de Poesía Ciudad de Palmira, organizado por la Fundación de Artes Plásticas y Literatura. Y nuestros ojos volvieron a encontrarse en otro evento poético, en el que ella, con esa voz tan dulce y enérgica, leyó sus obras. Una selección perfectamente equilibrada entre lo erótico y lo vivencial. Una muestra de su alma, trazada por la vivencia apasionada de amores difíciles, goce humano, confianza en lo espiritual y seguridad en sí misma. Su imagen, ahora tan diferente de ese primer encuentro, no transmitía a una mujer derrotada. Al contrario. Vi en el escenario a una mujer capaz de romperse el alma por lo que le gusta y muy entusiasmada por la poesía hasta el límite de la conmoción.

Escuché cada palabra, cada verso, cada estrofa con una fruición absoluta, porque una mujer que puede transcribir en una línea lo que la vida le ha dado, es capaz de transformar el mundo, al menos el suyo. Y cada vocablo, cada expresión de sus rostro, me convencieron de que estaba frente a alguien trascendental. Me encontré con ella en sus palabras. En su energía. En su fuerza de voluntad. Aquél día no hablamos más de un minuto, pero descubrí la enormidad de una mujer que no se rinde, que desde su propia verdad, desde su confianza, habla de su peor enemigo, sin desafiarlo, pero sin rendirse ante él. Descubrí además que la voz es el vehículo de algo suyo que es invencible e insustituible: una fuerza vital arrolladora, que muy seguramente se quedará en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de escucharla, al menos un minuto.

Había envidiado a mis amigos que son sus amigos. Ellos cuentan mil cosas de sus aventuras poéticas, su creación, su mirada en sesgos intempestivos, su reconstrucción de la realidad, vana para algunos, pero para ella esencial y significativa. Todos ellos hablan de ella como cualquiera quisiera que hablaran de sí. Por sus palabras había imaginado las eternas noches de letras que compartieron. Yo llegué tarde al mundo poético, aunque haya llegado precozmente a la poesía, por ello, no había sido testigo de su notable manera de aceptar lo inmodificable ni de su capacidad de lucha para vivir por su cuenta, llevando en sus manos las riendas y parándose firme y sin temor, en los estribos.

Le devolví su generoso gesto con palabras simples. Y las horas corrieron llevándonos de la tarde calurosa a la noche fresca. Los poemas empezaron a correr por esa sala. Cada uno leyó algo de su repertorio, pero con tantos poetas juntos, la velada se hizo cósmica, universal, total. Las voces llevaban al aire por igual vivencias y fantasías. Algunos acudiendo a prodigiosas memorias, otros poniendo en su expresión todo su histrionismo y algunos más sacando su viejo cuaderno escrito en signos taquigráficos. Todos hicimos de ese espacio nuestro altar y con Vicky hicimos lo que a ella la ha hecho tan feliz.

No nos despedimos de una persona enferma que va a la cita inevitable. Nos reunimos con las almas desnudas de seres trascendentales, en un aquelarre infinito e inmortal.

Comentarios  

+4 #12 Fires Parra Arias 20-02-2015 09:56
Maravillosa su crónica, señora; y sí, fue una de esas tardes que nos hacen seguir creyendo que la vida es bella a pesar de las dificultades diarias.
Nadie aquí en Palmira, aparte de Vicky, ha logrado jamás que ese grupo de locos a los que les llaman Poetas se reúna con tanta gana y tanta pasión.
Un abrazo, doctora. Qué envidia escribir como lo hace usted, en verso o en prosa.
0 #11 Harold 19-02-2015 13:09
Hay mucha gente haciendo cosas muy buenas en Palmira. Pero las cosas malas son las únicas que merecen presencia de la prensa. Destaco la labor de este medio en mostrarnos lo diferente, lo bueno. Yo me enamore de la poeta de esta historia.
+4 #10 Guillermo Tovar Torres 17-02-2015 09:42
Tuve la fortuna de compartir esa tarde que describe Teresa Consuelo; una mujer que nos hace salir fuertes, renovados; con nuevos brios para enfrentar la vida; la poesía hace el milagro de unirnos en una tarde que no tendrá fin; gracias Teresa Consuelo por recrear en tus palabras este momento tan bello, gracias por tu bella crónica.
+1 #9 José Andrés Crespo Gómez 16-02-2015 22:51
Hay quienes definitivamente viven...
+2 #8 Jairo 16-02-2015 22:17
Teresa Consuelo, siempre le había leido columnas muy académicas y bien elaboradas, con argumentación científica, que lo ponían a uno a pensar. Pero estas crónicas que está escribiendo ahora, lo ponen a uno a sentir. Es muy buena en ambas actividades de la escritura. No es comun que alguien pueda hacer tan perfectamente las dos cosas.Mil felicitaciones. Que pluma tan maravillosa es usted.