Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Crónicas y relatos

Isabel trata de vender lo suficiente para no perder dinero, porque cada día debe cancelar veinte mil pesos al uno y cinco mil al otro. Esa es su prioridad, con lo que le queda hace milagros para pagar arriendo, servicios, alimentación y salud, suya y de su familia.


Isabel pasa, cada día, 180 minutos realmente desesperados. Los demás, son angustiosos. Entre las cuatro de la tarde y las siete de la noche debe recoger el dinero para pagarle al "gota a gota" y también al dueño del andén en donde vende ropa.

Ella trata de vender lo suficiente para no perder dinero, porque cada día debe cancelar veinte mil pesos al uno y cinco mil al otro. Esa es su prioridad, con lo que le queda hace milagros para pagar arriendo, servicios, alimentación y salud, suya y de su familia y un abogado.

"Yo me tengo que defender sola porque mi marido está en la cárcel. No vaya a creer que él es un matón o una rata. Él no hizo nada, estaba en el lugar equivocado. Pero usted sabe cómo es la justicia en este país. A los que tienen plata, aunque los encuentren culpables, los mandan para la casa. Y a los inocentes los dejan presos. Él estaba tomándose unas cervezas con unos amigos de infancia, cuando se armó una pelea. Llamaron a la policía y vinieron por ellos, pero ya había un muerto y se lo cobraron a todos. Él pensó que si se iba, le iban a echar la culpa. Y se quedó".

Los ojos de Isabel están desmesuradamente abiertos y su boca empieza a notarse seca. Tiene el ceño fruncido y también su boca está anudada. Sus ojos no brillan demasiado y una nube triste se queda en su semblante. Repentinamente cambia de aspecto cuando atiende a sus clientes con frases melosas, mientras intenta convencerlos de que esa pieza de ropa les queda bien, está de moda y no es china.

"Nosotros hemos hecho todo lo que nos han dicho los abogados, pero aquí la cosa es complicada. Imagínese que un fiscal le dijo a mi esposo que tenía que hacer un aporte para probar su inocencia, que a 'palo seco' no sale nadie. Y mi esposo le dijo: '¿Y para qué está el juez?'. Y el fiscal le respondió: 'Tranquilo, si usted me colabora, yo le ablando el corazón al juez, pero eso toca con billete'. Y nosotros, ¿de dónde planta? Yo saqué un préstamo para poner este negocio. Me tocó con un gota a gota, porque ningún banco me va a prestar a mí, sola y con mi marido en la cárcel".

Isabel saca de debajo de su mercancía en exhibición una botella de plástico llena de un cocimiento de hierbas. "Para los nervios", me dice, como dándome explicaciones. Es una mujer pequeña, delgada. Usa ropa informal y maquillaje de fiesta. Su cabello tiene huellas de un tinte añejo y de un alisado a medias. Sus hombros están encogidos, casi hasta dejarla sin cuello, pero se mueve con agilidad. Sus ojos van y vienen y parpadea con afán. De sus orejas cuelgan unos aretes brillantes, coloridos, muy grandes para su rostro. Y desde su cuello pende una secuencia de bolas de colores que desaparece entre sus pechos. A ratos se ve un crucifijo.

"Él dijo la verdad. Y por eso está en la cárcel. Los otros ya han ido saliendo. El que le pegó la puñalada al muerto ya anda por ahí, es cobrador. Yo no sé qué diría el tipo, pero sí creo que tuvo que haber pagado mucho billete o alguien pagó por él y quedó vendido. Así se usa. Uno le paga al fiscal y al juez, la plata la pone un man, y luego uno le paga a él. Pero me dijeron que muchos terminan de sicarios y cosas así y mi marido no quiere. Uno a veces lo piensa, porque aquí los malos están bien. No tienen peligro, tienen billete. Pasean. A uno le enseñan una cosa en la escuela y luego sale y se encuentra esta vaina y tiene que aprender a vivirla. Yo les digo a mis niños que se porten bien en la escuela, pero que si hacen alguna vaina no se dejen pillar y que nieguen todo. Así hicieron los amigos de mi esposo que ya están sueltos".

Isabel vende una blusa ancha, transparente, decorada con una aplicación de lentejuelas y mostacillas. La compradora ha recateado mucho e Isabel ha sacado sus mejores argumentos sobre moda, glamour y teoría del color. Así, una vez pone la mercancía en la bolsa y recibe el billete, su rostro se ilumina con la luz del triunfo. O del alivio. Pone los veinte mil en su sitio y dice: "Ya tengo para el 'gota a gota'".

Vuelve al tema que dejó en pausa y toma otro sorbo de su botella.

"Aunque usted cumpla con la ley, siempre hay alguna interpretación de la ley que lo haga quedar mal. La mayoría de la gente que busca un abogado para defender su inocencia, es pobre. Los ricos casi siempre tienen abogados para que nos les cobren sus fechorías. Si usted acusa a alguien que no cumplió la ley, le mandan la moto. O lo demandan, que es peor. Si a usted lo demanda un rico, ya perdió. Yo no sé qué es lo que hacen los jueces, porque uno ve esos fallos y se queda aterrado, como con el tipo del caldo de gallina. Yo quisiera que mis hijos estudiaran para jueces, ahí sí saldrían de pobres rapidito, porque el decir es que si no reciben, los matan. Y tienen que recibir, ¿de quién?, ¡pues de los que tienen!".

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