Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Crónicas y relatos

"Venga esa mano, país", fue más que un eslogan de campaña. Fue el dibujo de una propuesta política que intentaba romper los odios y juntar las partes. Jaramillo manifestó que no se podía ser consecuente con la patria y permisivo con los abusos de poder.


Apenas había pasado las ocho de la mañana de ese 22 de marzo de 1990. Los gritos de los periodistas, a través de la radio, rompieron las rutinas informativas. "Atención, atención, fue asesinado en el aeropuerto internacional del Bogotá el candidato a la presidencia de la República, Bernardo Jaramillo Ossa. Atención, mucha atención. El atentado se produjo hace apenas unos minutos...".

Tras el caos, las voces, los gritos, el desconcierto, hubo un silencio brutal que duró poco. Una rabia incontenible reventó las voces que salieron a reclamar por la vida ante la muerte. Nadie estaba sorprendido... Hacía poco tiempo había sido asesinado el candidato presidencial Luis Carlos Galán, y con otro actor la historia se había repetido unos meses después cuando balas asesinas segaron la vida de Jaime Pardo Leal. Ellos tenían en común la lucha contra el avance en la política del narcotráfico y la reivindicación de la democracia. Así que era posible que en Colombia un candidato a la presidencia, demócrata, comprometido con la sociedad en su conjunto y que rechazara el narcotráfico y a los paramilitares, mientras hablaba de paz con la insurgencia, fuera asesinado.

Algo enturbió mi vista y rodó por mis mejillas. Corrí a mi máquina de escribir y allí, impotente, triste, abatida, escribí la notica. Cinco líneas para poder comprender cómo se pisotea la esperanza de toda una nación. Cinco líneas que no tuvieron punto final. Levanté la cara buscando las palabras adecuadas, precisas, que limitaran y encerraran mis sentimientos en una cápsula insensible, distante, tal como lo había aprendido de mis maestros. Y encontré ahí, parado junto a mí, el motivo para anestesiarme: "No me diga que usted también estaba enamorada de ese guerrillero". No pude reaccionar. Era la voz grave de mi jefe que contrastaba con su aspecto de viejecito dulce. "Esa no es su fuente, usted no cubre orden público", y sacó la interminable hoja de papel periódico del rodillo de mi Olivetti. No alcancé a poner el punto final.

Salí a la Plaza de Caicedo, que quedaba a unos pasos del periódico, en Cali, y ya hervía. Vendedores ambulantes, lustradores, voceadores de prensa, desempleados, jubilados y transeúntes hacían hasta lo imposible por acercarse a dos aparatos de radio que transmitían la noticia. El nudo de mi garganta era asfixiante y no podía preguntar nada. Escuché un ruido, como un rumor creciente acerándose, y gire para ver. Unas veinte personas venían llorando a gritos, traían sus camisetas amarillas y no se les podía entender lo que decían. Caminé hacia ellos y, por fin, pude escuchar lo que intentaba ser una consigna: "El gobierno lo mató". Se abrazaban unos a otros, hombres y mujeres de todas las edades, y de pronto noté que mucha gente se sumaba a ese abrazo y a ese llanto colectivo.

No era para menos, Bernardo Jaramillo Ossa era un congresista lúcido que tenía claridad absoluta sobre el país en el que había nacido tan sólo 34 años atrás. Sabía de los conflictos, de sus orígenes, de sus soluciones y, sobre todo, sabía que la democracia era el camino para lograr aplicarlas. Pero también sabía que en este país "se paga con la vida la decisión de luchar por la democracia". Lo supo siempre y, a pesar de ello, aceptó ser el candidato presidencial de la UP, un movimiento político de izquierda, conformado con gentes bien formadas desde las bases, que siempre señaló el narcotráfico y su peligrosa mezcla con el Gobierno. Que supo que las multinacionales querían gobernar el país, imponiendo brutales esclavitudes económicas. Que se opuso a la privatización de lo público. Que habló de democracia por fuera del marco electoral. Jaramillo había gritado en plaza pública que no se puede hablar de paz y justificar los grupos paramilitares y contaba con la simpatía de un enorme grupo de colombianos, que veían en él una esperanza posible, porque hablaba de caminos de reconciliación.

"Venga esa mano, país", fue más que un eslogan de campaña. Fue el dibujo de una propuesta política que intentaba romper los odios y juntar las partes. Jaramillo manifestó que no se podía ser consecuente con la patria y permisivo con los abusos de poder. No se podía estar del lado de los poderosos, porque eran justamente ellos los que desde sus privilegios habían condenado a la pobreza perpetua a las mayorías.

Su muerte se suma a las de cuatro mil militantes de su mismo partido, "que pagaron con la vida la decisión de luchar por la democracia". En su historia, la Unión Patriótica perdió a dos candidatos presidenciales, nueve congresistas, setenta concejales, diputados, alcaldes y líderes sociales; todos asesinados bajo el manto de la impunidad y, en ocasiones, la complicidad o participación de miembros del Gobierno.

Hoy, Bernardo Jaramillo tendría 59 años. Y sonreiría con satisfacción plena al ver que, pese a los ingentes esfuerzos destinados a su exterminio, jóvenes de todo el país retoman sus banderas y se preparan para vivir en paz, vestidos de amarillo, defendiendo a los menos privilegiados. Muchachos que no habían nacido, cuando a él los enemigos del diálogo lo condenaron a muerte.

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