Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Crónicas y relatos

Willy es un chico delgado, con grandes dientes que se asoman curiosos ante cualquier gesto del rostro que los enmarca, un adolescente agricultor que sueña con ser soldado profesional.


Los días de Willy están llenos de poesía. Todo el día está entre flores silvestres, aves de corral, vacas, chivas y tierra, mucha tierra, que no es suya. Silva mientras camina feliz con sus botas de caucho, demasiado grandes para su talla. Es un chico delgado, con grandes dientes que se asoman curiosos ante cualquier gesto del rostro que los enmarca. Es atlético, aunque un poco bajo para su edad.

"¿Cómo así, poesía? ¿Qué es eso?", me dice Willy, con un gesto de verdadera interrogación en su rostro. Le explico a este chico de unos 16 años, de ojos inmensos y negros, que la poesía es un género literario que nos permite expresar todo lo que existe de una manera bella. Me mira y se ríe. Entonces le pregunto de qué, y me contesta con una simpleza natural que me deja perpleja: "Se necesitan muchos poetas porque por acá todo es feo". Willy tiene mucha razón. El auge de los poetas se presenta, sobre todo, cuando las situaciones son extremas y la vida les exige a los humanos más de lo normal. El gran Miguel Hernández en España, Neruda en América, Ken Saro Wiwa en Nigeria, lo demuestran.

Miro impactada en torno suyo y le hago ver todo lo bello que le rodea. De nuevo ríe y me dice: "Levántese a las cuatro, trabaje todo el día y no gane mayor cosa y verá como le parece de bonito. Yo me voy a ir de soldado profesional, porque allá es muy bacano, uno tiene la comida y es como estar todo el día en el gimnasio. Además a uno le dan armas y puede salir a disparar y nadie le dice nada. Y todo el mundo le tiene que hacer caso. Mi hermano mayor fue soldado profesional y le traía plata a mi mamá. Y él me contaba que cuando salían en comisión les daban plata de más".

Le digo a este muchacho que hasta ese momento me parecía muy ingenuo, que la guerra no es buena, que es mejor hacer la paz. Que debemos prepararnos para vivir armónicamente. Willy contesta con una vehemencia de general de la república: "La paz se hace a bala. Así todos entienden. Yo soy buena gente, pero no me la va a montar nadie. ¿Uno para qué tiene una ametralladora? ¡Para hacerse respetar! Además, usted por allá puede hacer negocios. Cuidar una finca, acompañar gente al aeropuerto, hacer operativos para dejar pasar gente. Y así, uno va haciendo su casa o lo que quiera. A mi hermano le vendieron un campero barato. Él le hizo los papeles y quedó con buen carro. No alcanzamos a terminar la casa. Pero yo sí la voy a terminar. La gente se puso a molestar y ya no reciben menores de edad en el ejército. Pero apenas cumpla los 18, me voy de soldado. Uno de soldado profesional no tiene que estudiar cosas que no le van a servir en la vida. Cómo será, que con quinto de primaria usted entra. Claro que tiene que prestar servicio militar primero. Allá le enseñan supervivencia, polígono, asalto y defensa, de todo. Le enseñan a usar granadas y cosas así. Y también mucha tecnología para ubicar al enemigo. Ya de profesional usted tiene que dar resultados, eso es lo único que le piden. Porque allá lo único que importa es el honor, o sea, que usted cumpla las órdenes, no importa que tan difícil sea".

Le pregunté por su hermano, el soldado profesional y me contestó bajando los ojos mientras suspiraba: "A él lo mataron por allá en un operativo. El día del entierro yo le juré que iba a ser soldado profesional, como él quería que fuera, y ya me faltan menos de dos años. Mi mamá dice que lo más duro fue que no lo dejaron ver para despedirse. El ataúd estaba sellado. Yo le dije que eso no es nada. Que si uno muere con honor, muere bien".

En mi mente desfilaban todos los temas: la paz, los derechos humanos, el Derecho Internacional Humanitario, el postconflicto, los abusos de los paramilitares apoyados por batallones completos, los niños, hermanos entre sí asesinados por un soldado, la violación de la niña en el mismo hecho, el niño muerto por infarto tras ser impactada su vivienda por balas del ejército, los jóvenes soldados muertos en batallas, defendiendo quién sabe qué; los soldados enjaulados y humillados durante años por la guerrilla... Treinta años de conflicto sangriento saltaban en mi memoria y me exigían hablarle a ese chico. Tomo la responsabilidad en mis manos, e intentando algo nuevo, le pregunto que si le gustaría ser poeta. Me dijo que no, entre risas entrecortadas. Intenté hacerle ver que hay otras cosas que también valen la pena. "Yo no sé hacer eso. No tengo ni idea. Pero, cuénteme, más o menos, ¿cuánto se gana uno haciendo poesía?". Entendí todo con esa bofetada.

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