Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Crónicas y relatos

Crónicas y relatos

"Fue pues en 1611, cuando se habla de una vasta región conocida como Llanogrande, admirada, no sólo por su extensión, sino por la bondad de sus tierras propias para agricultura y ganadería, y que estaba encerrada entre los ríos de Amaime, Bolo y el Cauca, agregándosele después tierras situadas entre Amaime y Aguaclara y las tierras de Potrerillo, la Hacienda el Palmar, donándose ésta última a la Parroquia de Nuestra Señora del Palmar que se funda en 1722, y la cual la componían 167 ranchos pajizos, que fueron ciertamente el origen del nacimiento de nuestra ciudad. Aquí, sin fundador, pero con el espíritu emprendedor de sus moradores, nace Palmira a la luz de la vida civilizada. Aquí se inicia el origen de los palmiranos; nacen nuestros antecesores y forman sus hogares, alrededor de una parroquia iluminada por la fe de Cristo y proyectada con el sabor hipánico que imprime su preciosa lengua. Bajo el límpido cielo del Valle del Cauca, Palmira, todavía conocida como Llanogrande, se va nutriendo con el tezón, el trabajo y la fe de sus hijos; y quienes nos sentimos orgullosos de nuestra tierra, sabemos que nuestros mayores nos legaron sus hábitos de trabajo, su fortaleza, su valor y la honestidad de sus acciones. Somos pues un pueblo que no tiene fundador, pero sí tiene historia".

(Álvaro Raffo Rivera: De Llanogrande a Palmira).


Como millones de humanos, Holmes Ramírez tomó un enorme compromiso crediticio para que su sueño de ayudar a mucha gente a enfrentar su estrés pudiera ser una realidad. Pero antes de lograrlo, el estrés hizo lo que mejor sabe.

A Mónica ni por la cabeza se le pasa que ella es víctima del presidente que ayudó a elegir, para que unos cuantos pudieran volver a sus fincas. No sabe que ella y cuatro millones de colombianos jamás podrán volver a sus fincas.

Javier Antonio Ocampo es, de muchas maneras, un ejemplo que no debe ser olvidado jamás. Un símbolo de la capacidad humana para readaptarse, para superar las dificultades. Y como él hay muchos otros deportistas en Palmira.

Si uno vive mucho como lo hizo Guillermo Barney, o comparativamente poco, como Víctor Rodríguez, debe procurar hacerlo como ellos, para lograr lo que lograron.

La mejor gente de Palmira no son ni sus dirigentes ni sus políticos, ni sus obispos. Han sido y seguirán siendo personas comunes.

Cinco lustros de ausencia obligada no han podido hacer de arena las pisadas de este bardo palmirano. Su estrella es más brillante que el olvido y su memoria está impregnada de la gloria que le otorgan los olores del laurel y el mirto.