Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Las predicciones profesionales aumentan el riesgo cuando se toman decisiones, y exponen a mucha gente a quedar en bancarrota. Quienes especulan con el dinero de otros, construyen sus carreras sobre la paradoja de profecías autocumplidas.


Finaliza el año 2012 y han comenzado las profecías para el 2013. El horóscopo adquiere un papel predictivo semejante a las variables usadas en estadística. Resulta aconsejable no depender de pronósticos. En su lugar se necesita una explicación sobre qué hacer para no repetir errores. Algo demasiado fácil de entender apelando al espíritu de la época. Por desgracia, quienes arriesgan su dinero, como los socios e inversionistas de la intervenida InterBolsa, depositan su confianza con pragmatismo inmediato; mientras sus consejeros, motivados por sus altos rangos y estatus: banqueros profesionales, consultores en gestión financiera o analistas, se muestran dispuestos a pescar en río revuelto.

Esta inclinación a las predicciones parece haber llegado para quedarse. No desaparecerá pese el trabajo esforzado de investigadores, matemáticos entrenados con mayor información, o con poderosa tecnología informática. Mientras tengamos incertidumbre todo sistema es vulnerable a la formación de eventos catastróficos. De modo que lo mejor es no esperar soluciones desde complejos modelos matemáticos, teoría del caos o los modelos de agentes racionales que ofrecen las escuelas de negocios o las facultades de enseñanza financiera.

Aunque, lo cierto, venderle una predicción a un inversionista ansioso es como ofrecerle agua a un explorador sediento en el desierto. Las predicciones sobre el futuro hacen parte de una terapia que surge de nuestra necesidad de certeza. Predecir eventos o condiciones futuras de la humanidad llegó a ser razonable en la antigüedad, pero resulta inadecuado actualmente.

La razón es que las predicciones profesionales aumentan el riesgo cuando se toman decisiones, y exponen a mucha gente a quedar en bancarrota. Quienes especulan con el dinero de otros, construyen sus carreras sobre la paradoja de profecías autocumplidas; ninguna certeza es posible, ex ante; los mercados se comparan con juegos para quienes están dispuestos a correr riesgos. Estos profesionales financieros, como nuevos expertos en horóscopos, cuentan siempre con estrategias ganadoras, cuando han sucedido los hechos. En lenguaje simple, se comportan como profetas ex post factum. Predicen poco después de sucedidas las catástrofes.

Los pronósticos que requiere gente razonable, sin embargo, no deben basarse en conjeturas especulativas, sino en lo que debería suceder y en lo que deberíamos hacer para que lo sucedido no vuelva a suceder. Hay al menos cuatro sugerencias prácticas que dependen de una larga experiencia por disminuir las fragilidades del conocimiento. Premisas, denominadas también como reglas heurísticas; condiciones que no poseen un mayor grado de complejidad; o, simplemente, sugerencias para obtener una mayor eficiencia.

La primera sugerencia consiste en cuestionar la creencia de que las empresas, compañías o mercados deben ser "demasiado grandes". Y que "ser grandes" asegura un "mejor futuro". Los especuladores financieros y quienes apuestan en los mercados, se benefician por su poder de influencia en la política y en los medios de opinión. Una compañía de inversión en riesgo como InterBolsa, tenía que estar en condiciones de sufragarles a los afectados más que el pago corriente dado por un depositante, cuando un sistema bancario entra en crisis. O contrario, la gente que arriesga debería quedar en libertad de retirar sus inversiones cuando le parezca, mientras sus decisiones no afecten directamente a los contribuyentes. Esta norma impondría restricciones a las empresas y compañías grandes que trabajan con el dinero de los demás, de modo que puedan mantenerse lo suficientemente pequeñas para no forzar un rescate por parte de los contribuyentes, en caso de incumplimiento.

La segunda regla es recomendar un compromiso entre quienes asumen cargos públicos para no abusar de sus ventajas. Los funcionarios adquieren destrezas e información privilegiada que les coloca por encima de una mayoría, frente a las oportunidades de particulares. Obligarles a que firmen un compromiso de limitar ingresos superiores a los que devengaban una vez que renunciaron a sus cargos públicos. Esto significa asegurar la sinceridad en el servicio que prestan los funcionarios del gobierno. Demuestra también que estar en el sector público no debe tomarse como una estrategia de inversión personal.

Actualmente los funcionarios de gobierno buscan maquinar con políticos y empresarios, determinadas reglas con ventajas para sectores privilegiados; ante todo en negociación de contratos millonarios y luego, cuando se retiran del cargo caen en paracaídas con los acuerdos previamente pactados. En casos semejantes, contribuyen a que la complejidad en la contratación pública beneficie a un grupo económico de sus intereses. Esta puerta giratoria de cargos públicos tiene que ceder adoptando medidas más drásticas contra quienes se lucran con la información pública.

En tercer lugar, se debería obligar a las empresas que gestionan riesgos a tragarse algunas pérdidas. Contrario a la percepción del público, los gerentes corporativos y empresarios de inversión, han llegado a ser los nuevos colosos del capitalismo. Durante los últimos doce años en EE. UU., los inversionistas en mercados de valores causaron la pérdida de aproximadamente dos billones de dólares en EE. UU. Se podría deducir que los gerentes que recibieron tales incentivos se vieron finalmente perjudicados. Pues no, no fue así: porque entre las opciones que tenían en sus cargos, se contaba el recibir bonificaciones superiores a $400 mil millones. El gestor que perdía dinero no estaba de este modo obligado a rembolsar los bonos.

Los gobiernos deberían prohibir los métodos de gestión del riesgo en el sector financiero. Se trata de un fraude que permite a los bancos tomar riesgos en tiempos difíciles. Estos métodos se usaron antes y después de la crisis del 2008. JP Morgan perdió miles de millones de operaciones en 2012, mientras predecía un valor de riesgo menor. La gestión del riesgo no sólo es un fraude: hay una cantidad de falacias integradas a las finanzas que se enseñan en las universidades. Trabajar contra ese tipo de formación es un auténtico desafío.

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