Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El Capital en el siglo XXI ha logrado reunir series históricas al comparar las desigualdades y la riqueza; pero su autor también ha llevado los datos a una teoría de notable alcance en el debate entre la economía, las ciencias sociales y la sociedad.


La obra

El Capital en el siglo XXI de Thomas Piketty, cuya edición en español acaba de publicarse por el Fondo de Cultura Económica es un acontecimiento editorial en México e Hispanoamérica. Marca el retorno a obras fundamentales del debate contemporáneo. Comparada con su versión inglesa (Harvard University Press, 2014), esta traducción conserva el estilo de su edición original en francés (Édition du Seuil, 2013). Debemos reconocer el inmenso trabajo realizado por el equipo de traductores y revisores y afirmar que se trata de una obra que al igual que La teoría general de Keynes representa una suerte de giro copernicano en el debate público contemporáneo [1].

El libro de Piketty contiene cuatro partes diferenciadas. La primera: Ingreso y Capital, ofrece una entrada relacionada con los problemas clásicos del ingreso, la producción y comparaciones del crecimiento; allí se muestran ilusiones y realidades entre las teorías convencionales y los datos. La segunda aborda la dinámica en la relación entre capital e ingreso dentro de un extenso recorrido histórico que describe las metamorfosis del capital [2]. Compara la evolución de la riqueza desde la vieja Europa hasta el Nuevo Mundo. La relación capital/ingreso es analizada en conjunto por Piketty mediante un tratamiento de series continuas de largo plazo e introduce un marco explicativo para observar el reparto capital–trabajo en el siglo XXI.

La tercera parte analiza la estructura de las desigualdades. En un primer momento los complejos vínculos entre desigualdad y concentración. Seguido por una amplia reflexión sobre la disociación entre el mundo de la riqueza y la pobreza. Los dilemas corresponden grosso modo a la desigualdad entre ingresos del trabajo y las propiedades derivadas del capital [3]. Aborda luego la dicotomía entre mérito y herencia a largo plazo, incorporando la narrativa como recurso que sustenta el análisis de las magnitudes. Regresaremos sobre este punto. El apartado final de la tercera parte se dedica al repaso crítico de la desigualdad mundial de la riqueza en el siglo XXI.

La cuarta parte es propositiva y sugiere regular el capital en el siglo XXI, reformulando dos problemas de economía que desde Ricardo y Marx se han relacionado con la esfera pública: un Estado social y el impuesto progresivo sobre el ingreso. Asimismo el autor ofrece su posición sobre dos ideas que han estimulado la crítica entre quienes han reseñado su obra: un impuesto mundial sobre el capital y la deuda.

Como lo refiere el mismo Piketty, su libro es el resultado de quince años de investigaciones (1998–2013) consagradas esencialmente a la dinámica histórica de los ingresos y la riqueza [4]. Quienes hemos leído sus trabajos anteriores en artículos y revistas académicas vemos con esta publicación la culminación parcial de una obra que comenzó con Les Hauts Revenus en France au XX siègle (Los ingresos altos en Francia en el siglo XX) junto a sus colegas Anthony Atkinson de Oxford y Emmanuel Saenz de California. La originalidad del proyecto consiste en haber establecido una plataforma que abarca cerca de 27 países y haber conseguido constituir la más amplia base de datos disponible sobre la evolución histórica de las desigualdades en los ingresos. El debate en los Estados Unidos sin duda ha contribuido a darle mayor visibilidad a Piketty, al exhibir —entre otros aspectos— el vertiginoso incremento de los ingresos del uno por ciento más rico desde los años setenta. De sus capítulos sobre el impuesto progresivo conocíamos versiones previas en investigaciones sobre la tributación óptima del ingreso y el capital [5].

El libro refleja además un compromiso con las ciencias sociales y, en particular, con la historiografía. Desde los escritos de F. Braudel a principios de los años sesenta y luego M. Foucault durante las décadas de los años setenta y ochenta, la tradición europea contaba con pocos autores dedicados a los archivos sucesorios. Lo que encontramos aquí es un ejercicio historiográfico comparado semejante a los esfuerzos realizados por Tocqueville a mediados del siglo XIX para comprender los efectos de la Revolución francesa. Piketty descubre que en períodos de tiempo largos el análisis de las riquezas derivadas del capital presenta dimensiones inéditas. Desde su investigación historiográfica en archivos notariales, Piketty pudo ver mejor los múltiples paralelismos —y también las diferencias— entre la estructura de la propiedad vigente, o lo que llama La Belle Époque, y este fenómeno compartido por las sociedades a principios del siglo XXI. El acervo de materiales y los resultados del proyecto global se encuentran en la base de datos World Top Incomes Database, disponible con series históricas e información técnica para una lectura rigurosa de sus resultados.

El problema

Piketty se enfrenta a un tema del debate público originado durante la década de los años setenta, cuando autores como Rawls, Buchanan y Cohen —entre otros— subrayaron el regreso académico a la esfera pública al confrontar la inequidad en la distribución [6]. La particularidad que tiene El capital en el siglo XXI si le comparamos con La teoría de la justicia de Rawls (1971), no consiste sólo en su alcance, sino el marco que le sirve de apoyo. Digamos para resumir que en su versión simple, Rawls concibe los principios de distribución atendiendo a una moral kantiana y la curiosa idea de una sociedad bien ordenada, entre tanto que Piketty ex post usando el recurso de archivos fiscales, compara una masa sistemática de datos en varios países con desigualdades en la distribución [7]. ¿Qué diferencia entonces ambas propuestas? El banco de pruebas sustentadas para advertir que el capitalismo reproduce mecánicamente desigualdades heredadas, al mismo tiempo que deja sin cuestionar los valores que cimentaban las diferencias en los ingresos. Es decir, el modelo de riqueza de una sociedad bien ordenada a la Rawls, no se las tenía que arreglar con las magnitudes que distancian los ingresos entre el uno por ciento de los más ricos y el resto de la sociedad.

Debe destacarse además que Piketty, procediendo de una tradición narrativa, usa como fuentes literarias a Balzac y Auden, y la novela le sirve como medio intuitivo para mostrar la estructura profunda de las desigualdades en la distribución de la riqueza a nivel global. Este recurso a la intuición no parece casual; sustenta el autor que el capital y sus formas distributivas no son asunto de economistas expertos, sino que compete a todo el mundo [8]. En otras palabras, los mecanismos usados para revelar las enormes inequidades creadas por las riquezas no deberían limitarse al depósito convencional de modelos aritméticos y series numéricas [9]. No obstante, Piketty aporta al tema de la distribución instrumentos suficientes de rigor metódico. Y lo hace tratando de establecer regularidades con una muestra amplia de datos históricos, cifras, años, décadas y siglos decisivos para la historia económica.

Pero regresemos al problema central. Hemos anotado que la desigualdad de ingresos no es una novedad del libro, sin embargo, desde 1970 la evolución de las desigualdades mostraba diferencias críticas [10]. La brecha entre ricos y el resto de la sociedad reprodujo una tendencia hacia lo que Ch. Tilly llama desdemocracia. Teóricos como Rawls, Nozick o Cohen habían trazado un camino, pero su mensaje no alcanzaba todavía a generar un debate ampliado hacia el auditorio universal. Desde la economía, las causas alegadas sobre la desigualdad fueron divergentes: pérdidas del salario mínimo, decadencia sindical y falta de negociación, tercerización, globalización, reemplazo de mano de obra, desplazamientos tecnológicos con tremendos cambios en vida laboral: arriba profesionales altamente calificados y competentes; y abajo, una mayoría no calificada, sin escolaridad. En ambos frentes el conjunto de respuestas a la desigualdad por parte de los analistas seguía siendo limitado. Ni la Teoría de la Justicia de Rawls y sus desarrollos posteriores, ni las reveladoras contradicciones de Nozick en Anarquía, Estado y Sociedad, o los polémicos ensayos del marxista Gerald Cohen consiguieron explicar el umbral extremo de la desigualdad. ¿Qué sucedía con esa tendencia alcista de los ingresos del uno por ciento con respecto al resto de la sociedad? ¿Cómo explicar coherentemente los niveles de desigualdad justo en sociedades que experimentaron el auge del capitalismo industrial moderno? [11].

La respuesta

El Capital en el siglo XXI contiene la respuesta a este tipo de preguntas. La clave usada por Piketty fue establecer un marco donde los datos se pudieran interpretar desde una temporalidad histórica diferente. En efecto, siendo el capital (riqueza) su principal objetivo, el trabajo era observar su trayectoria temporal comparada entre Francia, Estados Unidos y Reino Unido. La acumulación de datos y series le permitió a Piketty seguir la pista al tema de la desigualdad hasta mediados del siglo XVIII. La base de datos que construyó con su equipo ofrece ahora información de países diferenciados: India, Suecia, Holanda, Francia, Alemania y Estados Unidos. La paciente labor de contabilidad aritmética del capital por países resultó necesaria dado que lo que importaba era comparar largos períodos en espacios geográficos diferentes. Era necesario saber contra qué tipo de unidades se podía contrastar la riqueza, digamos entre Reino Unido y Francia durante un año determinado. El recurso metodológico de Piketty consistió en dividir la riqueza medida en moneda local de ese tiempo entre el ingreso nacional, también medido en la moneda local de la época. La relación entre capital e ingresos se tradujo de esta manera en "años". De modo que mediante esta técnica comparada podemos saber que la riqueza total en Francia en 1850 ascendía al equivalente de siete años de ingreso, pero en el caso de los Estados Unidos, en 1950 tan sólo equivale a cuatro años de ingreso. Este recurso comparado por "años" entre riqueza e ingreso resultó fundamental para componer los demás capítulos. No se trata de una nueva metodología, sino de un recurso historiográfico que ayudaba a simplificar grandes números y adaptarlos a unidades menos complejas.

Se ha subrayado una ambigüedad respecto a dos categorías básicas. Afirma Solow que Piketty utiliza "riqueza" y "capital" como términos conmensurables. Sabemos cómo calcular la riqueza de una persona o de una institución: se suma el valor de todos sus activos y se resta el total de las deudas. (Los valores son los precios de mercado o, en su defecto, alguna aproximación). El resultado, dice Solow, es el patrimonio o la riqueza neta. Al menos en inglés, esto a menudo recibe el nombre de capital de una institución o persona. Sin embargo, capital tiene otro significado no del todo equivalente: un "factor de producción", un elemento esencial en el proceso de producción en forma de fábricas, maquinaria, equipos, edificios de oficinas o viviendas (que producen "servicios de alojamiento"). Este significado puede divergir de "riqueza". En resumen, afirma Solow: existen activos que tienen valor si y solamente, si vienen derivados de la riqueza, pero no producen nada: obras artísticas, acumulaciones de metales preciosos, etcétera. (Podría decirse que los cuadros colgados en la sala de una casa producen "servicios estéticos", pero por lo general no se les considera en el ingreso nacional).

¿Qué es lo significativo en esta crítica? El valor de mercado de las acciones —la otra cara del capital productivo de una empresa— puede cambiar de manera inesperada y con mayor rapidez que el ingreso nacional. En efecto, durante una recesión la relación entre riqueza e ingreso es proclive a caer de manera considerable, aunque puede suceder que el capital productivo haya cambiado poco o nada en absoluto. Al trabajar con períodos largos, Piketty recomienda no ofrecer atención a las pequeñas inconsistencias entre las medidas; de modo que con un poco de paciencia los datos resultantes van mostrando un patrón claro. En Francia y Reino Unido el capital nacional se mantuvo relativamente estable, alrededor del equivalente a siete veces el ingreso nacional entre 1700 y 1910, luego cae drásticamente entre 1910 y 1950, probablemente como consecuencia de las guerras y la Depresión, alcanzando un mínimo de 2.5 en Reino Unido y poco menos de 3 en Francia. Después la relación entre capital e ingreso comienza a subir de nuevo en ambos países hasta alcanzar en 2010 un poco más de 5 en Reino Unido y poco menos que 6 en Francia. Este arco temporal fue diferente en Estados Unidos: empezaba justo por encima de 3 en 1770, sube a 5 en 1910, se reduce ligeramente en 1920, se recupera hasta alcanzar su máximo entre 5 y 5.5 en 1930, cae por debajo de 4 en 1950 y de nuevo asciende a 4.5 en 2010.

El libro enseña que la relación riqueza/ingreso en Estados Unidos siempre fue menor que en Europa. Y la razón principal en los primeros años fue que el valor de la tierra se incrementó menos en espacios abiertos de América del Norte. Por supuesto, había más tierra, pero era demasiado barata. Sin embargo, a partir del siglo XX la relación baja entre capital e ingreso en Estados Unidos probablemente comenzó a reflejar el mayor nivel de productividad: una determinada cantidad de capital podía generar una mayor producción que en Europa.

Desde otra perspectiva, la debilidad de la relación capital/ingreso en Estados Unidos refleja una diferencia fundamental en la estructura de las desigualdades con respecto a Europa. El hecho de que la totalidad de los patrimonios representara apenas tres años de ingreso nacional en los Estados Unidos frente a más de siete de Europa, significaba concretamente que el peso de los propietarios y de las posiciones adquiridas en el pasado tenía menos importancia que en el Nuevo Mundo. Era posible, con algunos años de trabajo y producción, limitar las diferencias iniciales en los patrimonios entre grupos sociales, o al menos alcanzarlas más rápido que en Europa. Este es el balance de la relación entre capital/ingreso con el que Piketty cierra la primera parte de su libro. Entre los países comparados con datos y registros tributarios la relación de riqueza e ingreso ha ido aumentando desde 1950, regresando a los niveles del siglo XIX. El autor considera que este aumento continuará en el presente siglo, como se observa en los capítulos siguientes.

¿Qué tipo de vínculo determina la relación de largo plazo entre capital e ingreso? Piketty adopta la fórmula b = s/g. Y la ilustra del siguiente modo: concretamente si un país ahorra cada año el 12% de sus ingresos —si su ingreso en 2% por año— y si el acervo de capital inicial es igual a seis años de ingreso, entonces el acervo de capital aumentará en un 2% anual, es decir, exactamente al mismo ritmo que crece el ingreso nacional; de ahí una relación capital/ingreso estable. En cambio, si el acervo de capital es inferior a seis años de ingreso, un ahorro igual al 12% del ingreso conducirá a que el acervo de capital aumente más de 2% anual (es decir, más rápido que el ingreso) de tal manera que la relación capital/ingreso se incrementará hasta alcanzar su nivel de equilibrio. En todos los casos, según Piketty, la relación capital/ingreso en el largo plazo tiende hacia el equilibrio b = s/g (eventualmente aumentado por los recursos naturales) a condición, sin embargo, de que a largo plazo los precios de los activos evolucionen en promedio de la misma forma que los precios al consumidor.

Ahora pasemos al tema del consumo y los ingresos. Pensemos en alguien que gana "r" por ciento al año (exceptuando temporalmente impuestos). Si hace parte del uno por ciento ricos, es probable que consuma sólo una fracción de sus ingresos. El resto se ahorra y acumula de modo que su riqueza como sus ingresos se incrementará casi un "r" por ciento cada año. Los depósitos de ahorro con intereses anuales hacen parte de sus ganancias. Es el tema central y la poderosa contribución de Piketty. Mientras la tasa de rendimientos supere a la tasa de crecimiento los ingresos de los ricos crecerán por encima del ingreso resultante de los trabajadores. O mejor, las riquezas no muestran un efecto compensatorio que reduzca la participación total del capital. Esta tendencia observada con cifras durante tres siglos consecutivos, con el uno por ciento manteniendo su dominio por encima del resto de la sociedad, no describen fallos institucionales, sino que se basan principalmente en la capacidad de la economía para absorber cantidades crecientes de capital sin una caída sustancial de las tasas de rendimiento. Es el pasado devorando el presente.

Un fenómeno del tipo efecto Mateo corona la explicación en esta parte. A los ricos en un sistema semejante se les da más riqueza y a los pobres, lo que tienen, se les quita. Las tasas de ahorro derivadas del trabajo tienden a ser bajas, así como la acumulación de capital en manos de obreros y asalariados. En cambio, los intereses de la riqueza van en aumento. Si comparamos la rentabilidad de las riquezas con relación al grupo más acomodado, los ahorros del trabajador son exiguos, y este mecanismo no compensa el aumento de la desigualdad prevista. Pero existe otra línea oscura entre estas tendencias subyacentes relacionadas con el tiempo. Si las acumulaciones de riqueza existentes tienden a crecer más rápido que los ingresos provenientes del trabajo, lo más probable es que la participación en la riqueza heredada aumente con respecto a las fortunas ganadas mediante el mérito. En medio de estas condiciones no dejarán de existir empresarios e innovadores, inversores y gestores, artistas y deportistas que se beneficiarán estando a la sombra de los rentistas. Sin embargo, una inflación desbordada o menores crecimientos de la economía pueden echar a perder tales historias. El corolario al fenómeno del efecto Mateo es que la concentración de la riqueza y su capacidad de crecer favorecerán más a la herencia que la riqueza relacionada con el mérito.

La descripción sobre las relaciones entre la distribución del ingreso y la riqueza la realiza Piketty desde una aritmética intuitiva; no encontramos estadísticas sumarias ni series probabilísticas complejas. Por ejemplo, los porcentajes del uno por ciento (o la décima parte por encima de ese uno por ciento) equivalen aquí al 10 por ciento; el siguiente 40 por ciento, la mitad (la clase media) corresponde al 40 por ciento entre el decil más alto y la mitad inferior. Piketty llama "clase media" al 40 por ciento de la población ubicada entre el decil más alto y la media que se encuentra por encima de la población. Como vemos se trata de una unidad conceptual relativamente ambigua; la denominada "clase media", que sin alcanzar elevados ingresos de rentas patrimoniales tampoco padece las condiciones extremas de necesidad de los más pobres en la sociedad. Con todo, es un logro del autor mostrar que existen tales diferencias. Es parte del método usado por Piketty, quien resume los complejos datos que no siempre pueden compararse y los describe en capítulos que van sintetizando su trabajo.

La distribución del capital es desigual, en muchos casos desde el nacimiento [12]. En Estados Unidos el 10 por ciento del decil superior posee alrededor del 70 por ciento de toda la riqueza, y la mitad de la misma pertenece al uno por ciento; el 40 por ciento siguiente (la clase media) posee alrededor de un cuarto del capital total (principalmente en vivienda inmobiliaria); el 50 por ciento de la población no posee casi en absoluto, escasamente un 5 por ciento del total. El asunto es que las inversiones de la clase media en vivienda hacen parte de un fenómeno relativamente nuevo en la economía. A diferencia de los Estados Unidos, las políticas económicas en Europa muestran una tendencia más igualitaria: el uno por ciento posee el 25 por ciento del capital; la clase media el 35 por ciento. La evolución histórica ha sido positiva. En su obra El Antiguo régimen y la revolución, Tocqueville describe a una clase media muy pobre en los mismos países durante los siglos XIV al XIX. Desde aquella época, los cambios sucesivos en la demografía y las migraciones urbanas dieron sólidas bases para una sociedad menos excluyente.

Si en el siglo XXI aceptamos una concentración tan extraordinaria de la propiedad y la riqueza, estaríamos regresando a una mentalidad parecida a la que tenía el mundo en el siglo XIV. Es posible advertir, sin embargo, que los ingresos derivados del capital se hallan más concentrados que la riqueza en sí misma dado que, como afirma Piketty, las magnitudes de las riquezas tienden a incrementarse de acuerdo con su mayor tamaño. Parte de esta ventaja depende de los desarrollos de una economía de escala donde los inversionistas tienen, además, acceso privilegiado a información y posiciones de poder en instituciones en las que se toman las decisiones. Las rentas derivadas del trabajo tienden a estar más dispersas que la concentración de la riqueza. Estas diferencias las observa Piketty principalmente en los Estados Unidos: el uno por ciento gana alrededor de 12 por ciento de la totalidad de rentas laborales, el 9 por ciento siguiente gana el 23 por ciento; la clase media obtiene alrededor del 40 por ciento y la mitad inferior recibe un cuarto de tales ingresos. De nuevo, en Europa las condiciones son parecidas: el 10 por ciento cobra un poco menos y los dos grupos restantes un poco más. Las revelaciones documentadas por Piketty no descubren algo original, pero exponen críticamente los extremos silenciosos de la desigualdad a lo largo de tres siglos consecutivos.

Uno de los aspectos críticos de la desigualdad se relaciona con los ingresos entre quienes obtienen los salarios más altos [13]. Alrededor del 60 por ciento de los ingresos del "uno por ciento" en Estados Unidos provienen de ingresos laborales, y es sólo cuando llegamos a la décima parte superior del uno por ciento que los ingresos del capital comienzan a predominar: 70 por ciento de los ingresos de la centésima parte superior del uno por ciento se originan en el capital. Esta historia se repite en otros países. Francia, por ejemplo, tiene una tasa de ingreso salarial semejante en todos los niveles, pero hay también salarios muy altos. Este aspecto es relativamente nuevo en la economía. En la década de 1960, el uno por ciento de los asalariados cobró el 5 por ciento de todos los ingresos salariales. El incremento de este porcentaje ha sido constante hasta hoy cuando la parte superior del uno por ciento de los asalariados recibe entre el 10 y 12 por ciento de todos los salarios. Sin embargo, la participación de los salarios más altos en el caso de Francia se mantuvo estable en 6 por ciento hasta hace poco. En pocas palabras, al parecer, el desarrollo de la desigualdad extrema en la parte superior de la distribución salarial es estadounidense. Piketty y su grupo de trabajo han realizado un trabajo cuidadoso en las declaraciones de impuestos entre quienes reciben altos ingresos en Estados Unidos. Los trabajos de N. Taleb han sido también reveladores sobre este fenómeno de escandalosa concentración de capitales entre aquellos que Piketty llama los "superejecutivos". Estos personajes representan a las grandes corporaciones (en particular, en la industria del sector financiero) [14].

Contando o no con la opción de compra de acciones, los grandes ingresos salariales se convierten en riqueza o en ingresos futuros de la misma. El auge de los superejecutivos, especialmente en Estados Unidos, fue el promotor asimismo de las enormes inequidades que tiene esa nación en los ingresos. Un fenómeno hasta ahora poco estudiado, aunque Piketty considera que se trata de un problema corporativo alimentado por relaciones de clientelismo y poder entre las grandes compañías. La "rosca" en las compañías permite pagos y bonificaciones relacionadas con méritos de sus propios ejecutivos. La particularidad en la evolución de tales incrementos salariales es que pueden superar los topes en los deciles más altos de ingresos. Además se muestran como un premio al mérito entre superejecutivos jóvenes que encuentran justificadas razones para formalizar sus fortunas. Estas bonificaciones no cuentan como ingresos salariales, lo que significa un estímulo elevado que deberían estimar los gobiernos y los órganos fiscales. Se trata, sin embargo, de un problema relacionado con la propensión a fomentar el gran tamaño de las compañías como una meta. Lo destacable del estudio de Piketty es que muestra los efectos que tienen tales desviaciones en la distribución del capital y las desigualdades relacionadas [15].

Piketty vincula el tema de ingresos de los superejecutivos con el capital patrimonial y el rentismo. Las ganancias de esta nueva generación de clase rica no provienen del trabajo o de ahorros pensionales; no son asalariados ni dividendos derivados de negocios independientes. El proceso es demoledor. Un avanzado sistema de desaceleración de la economía productiva y bajo nivel demográfico en países desarrollados, contrasta con tasas superiores de rendimiento de capitales y bajas tasas de crecimiento; el libro describe semejanzas entre capitales e ingresos del siglo XXI con respecto a las condiciones que se tenían durante el siglo XIX. En algunos casos, la participación del capital en la economía de los países supera de lejos los ingresos netos de la renta nacional. La riqueza heredada ha evolucionado adquiriendo nuevos atuendos en los mercados financieros, sin embargo, estamos ante tipos de riqueza que no dependen del trabajo y que fomentan elevados picos de desigualdad en la sociedad. Las dos tendencias contempladas por Piketty para frenar esta situación: (a) elevados niveles de inflación y tensiones en el equilibrio entre los rendimientos decrecientes y (b) el progreso tecnológico. Ambas tendencias quedan descritas por el autor como expectativas del siglo XXI.

¿Qué hacer ante este panorama de desigualdad? ¿Qué formulaciones de política se siguen del diagnóstico que ofrece Piketty? ¿Se trata de condiciones irreversibles creadas por el capital y sus ganadores? La propuesta de Piketty se orienta hacia un impuesto progresivo sobre la riqueza; que se expanda a todos los países y que imponga barreras a la evasión en los paraísos fiscales. La segunda idea es menos realista. Aunque reconoce que un impuesto global resulta difícil, considera que es posible implementar un impuesto sobre el patrimonio regional en países desarrollados de Europa y en los Estados Unidos. El impuesto a las riquezas que tiene en mente es el de cero por ciento sobre ingresos por debajo del millón de euros, uno por ciento para riquezas entre uno y cinco millones y dos por ciento para riquezas que superen el dos por ciento de millones de euros. Se trata de un impuesto anual y no de un gravamen ocasional, o por sólo una vez. Piketty considera que implementar este impuesto podría generar ingresos equivalentes al dos por ciento del PIB; y los fondos recaudados serían usados o distribuidos mediante una fórmula acordada.

No obstante, la recomendación que tiene más proyección es el impuesto progresivo. En países como Colombia (y en general países con niveles medios de desarrollo), un impuesto de este tipo reclama medidas con niveles elevados de transparencia y mecanismos de control independientes con respecto a las instituciones financieras y corporaciones semejantes. La cuarta parte del libro se extiende con detalle sobre las funciones que los gobiernos en Europa deberían tomar en cuenta. El impuesto progresivo puede ofrecer menores dificultades desde el punto de vista legal, su implementación es asunto de mejorar tanto los sistemas de información como el control de la evasión.

Sin embargo, la propuesta del impuesto sobre el capital como el impuesto progresivo no son el objetivo central de su libro. El tema son las diferencias entre la tasa de crecimiento y el rendimiento neto del capital. Los capítulos desarrollan con numerosos datos los elementos que integran la creciente dinámica de la desigualdad por la cual los ricos se hacen más ricos. Un impuesto sobre el capital complementado con un sistema de tasas de gravámenes progresivas, disminuyen la diferencia existente entre los rendimientos del capital y el crecimiento de los países.

Piketty ha desnudado con evidencia los efectos de las desigualdades heredadas. No se trata de un proceso de competencias e incentivos individuales en sociedades capitalistas; no es la riqueza conseguida mediante ahorros o inversiones particulares. Tampoco es la riqueza derivada de la innovación tecnológica. El capital se relaciona con un fenómeno estructural de desventajas entre una mayoría con bajos ingresos y el uno por ciento con riquezas patrimoniales.

Corolario sobre el impuesto progresivo [16]

La política tributaria crea obligaciones a individuos y organizaciones. Tradicionalmente, los gobiernos han buscado dos propósitos con los impuestos. Primero, obtener recursos para financiar el gasto en bienes públicos y servicios. Y segundo, modificar la relación entre los factores de producción. En este sentido han sido muy influyentes, por ejemplo, las afirmaciones de George (1881) sobre el impacto favorable que tendría sobre la producción un impuesto del 100% a la renta diferencial. Para Hotelling (1931), los impuestos son el instrumento más adecuado para regular el ritmo de la explotación minera. Recientemente, el BID ha insistido en el mismo aspecto (Corbacho, Fretes y Lora 2013): los impuestos no son sólo para recaudar, sino que deben ser entendidos como instrumentos para el desarrollo.

El sistema fiscal progresivo se relaciona con una situación en la que la tasa aumenta con la renta o el poder adquisitivo. En la renta y patrimonio la mayoría de los sistemas tributarios en el mundo contemporáneo son de naturaleza progresiva: en el margen, la tarifa crece a medida que se incrementa la renta [17]. También es posible tener un impuesto sobre el gasto que sea progresivo, aplicando un criterio similar al de los ingresos: la progresividad se presenta cuando la tasa del impuesto aumenta a medida que los gastos en consumo son mayores [18].

Si la política tributaria es compleja también lo es la política de redistribución (Estrada, 2010). La búsqueda de la igualdad puede resultar de una política fiscal deliberada en la que se conjugan medidas que tocan los ingresos y los gastos, o puede ser un efecto "accidental" de la dinámica económica. En el primer caso, es necesario tener presente al balance neto que cada familia realiza con el Estado. Los ciudadanos pagan impuestos pero, al mismo tiempo, reciben subsidios. En las cuentas fiscales de los países no se incluye esta relación. En sentido estricto, la progresividad se debería examinar considerando la situación del individuo antes y después de impuestos (locales y nacionales) y subsidios (locales y nacionales). Esta es la intencionalidad de la llamada Comisión Sarkozy (Stiglitz, Sen y Fitoussi 2010), cuando propone que la calidad de vida de las personas se analice teniendo presente su capacidad adquisitiva real, y ésta depende en gran medida del balance neto entre los impuestos y los subsidios [19]. Para Stiglitz, Sen y Fitoussi, una intervención del Estado que contribuya a la equidad es conveniente porque mejora la situación de las personas más pobres.

A estos autores se suma la posición de Thomas Piketty, pero lo hace desde una condición privilegiada. El Capital en el siglo XXI ha logrado reunir series históricas al comparar las desigualdades y la riqueza; pero su autor también ha llevado los datos a una teoría de notable alcance en el debate entre la economía, las ciencias sociales y la sociedad.

Bibliografía

[1] Para referencias sobre las reacciones causadas por el libro de Piketty, ofrecemos una muestra reducida. En español, véase Paul Krugman, "El pánico Piketty", El País, Madrid, 4 de mayo de 2014. Bradfor Delong, "El problema de la derecha con Piketty", El País, Madrid, 11 de mayo de 2014. Kennet Rogoff, "El problema de la desigualdad... ¿dónde?", El País, Madrid, 18 de mayo de 2014. Jesús Mota, "Cuando el pasado devora el porvenir", El País, Madrid, 4 de diciembre de 2014. Luis Fernando Medina, "Se viene el gobierno mundial", Periódico El Espectador, Bogotá, 8 de diciembre de 2014. Arlene B. Tickner, "Pensamiento creativo para un orden volátil", Periódico El Espectador, 9 diciembre de 2014. Andrés Hoyos, "Piketty", Periódico El Espectador, 25 de abril de 2014. Joseph E. Stiglitz, "Democracia en el siglo XXI", Periódico El Espectador, 6 de septiembre de 2014. Rafael Rivas, "Otra vez los impuestos", Periódico El Espectador, 28 de agosto de 2014. José Fernando Isaza, "Concentración", Periódico El Espectador, 28 de mayo de 2014.

En inglés existen abundantes reacciones, pero se destacan: Paul Krugman, "That Old–Time Inequality Denial", N/T, may. 2014. Raul V. Fabella, "The Picketty Inequality in the Nash–Bargained Social Contract", UP School of Economics, 2014. Odran Bonnet, Pierre–Henri Bono, Guillaume Chapelle et Étienne Wasmer, "Does housing capital contribute to inequality? A comment on Thomas Piketty's Capital in the 21st Century", Sciences Po Economics Discussion Papers, 2014. Francois Bonnet, Clement Theory. "Sociology and political science in the patrimonial society: implications of Piketty's Capital", 2014. Javier López Bernardo, Félix López Martínez and Engelbert Stockhammer, "A Post–Keynesian Response to Piketty's Fundamental Contradiction of Capitalism".

Para posiciones complementarias, ver Cowen y Stiglitz. Tyler Cowen, "Capital Punishment," Foreign Affairs, 2014. J. Stiglitz, "Phony Capitalism," Harper's Magazine, 2014.

Solow y Milanovic proveen artículos y explicaciones que apoyan el modelo de Piketty, vér R. M. Solow, "Thomas Piketty Is Right", New Republic, April 22, 2014. Branko Milanovic, "The Return of 'Patrimonial Capitalism': Review of Thomas Piketty's Capital in the 21st Century", World Bank Policy Research Working Paper 6974, July 2014.

Críticos de aspectos técnicos del modelo: Lawrence Summers, "The Inequality Puzzle", Democracy Journal, No. 31 (2014). Chris Giles, Financial Times; John Cassidy, "Forces of Divergence", New Yorker, March 31, 2014. Stefan Homburg, "Critical Remarks on Piketty's. Capital in the Twenty–first Century", Institute of Public Economics, Leibniz University of Hannover, Germany, 2014.

[2] Para una ampliación sobre la base de datos documentada por Piketty, véase Van Schaik, A. B. T. M. "Piketty's laws with investment replacement and depreciation", VoxEU, 2014.

[3] Véase Rajkamal Iyer and Manju Puri, "Understanding Bank Runs: The Importance of Depositor–Bank Relationships and Networks", American Economic Review 2012, 102(4): 1414–1445.

[4] Thomas Piketty & Emmanuel Saez, "Inequality in the long run", Science, Vol 344 Issue 6186, 2014. Facundo Alvaredo, Anthony B. Atkinson, Thomas Piketty, and Emmanuel Saez, "The Top 1 Percent in International and Historical Perspective", Journal of Economic Perspectives, Volume 27, Number 3, Summer 2013, Pages 3–20.

[5] Para una versión diferente al modelo de Piketty, véase Evan Hillebrand, "The Global Distribution of Income in 2050, World Development", Vol. 36, No. 5, pp. 727–740, 2008. William J. Baumol, "On income distribution and growth", Journal of Policy Modeling 29 (2007) 545–548, 2007.

[6] John Rawls, "The Theory of justice", 1971. Buchanan, James M., Tullock, Gordon, "The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy", 1962.

[7] Fred Campano, Dominick Salvatore, "Economic development and income distribution", Journal of Policy Modeling 29 (2007) 553–566.

[8] Helen Scarborougha, Jeff Bennettb, "Estimating intergenerational distribution preferences", Ecological economics, 2008.

[9] Michael Grimm, "Does inequality in health impede economic growth?", Oxford Economic Papers, 1–27, 2011.

[10] Andreas Bergh, Therese Nilsson, "Do liberalization and globalization increase income inequality?", European Journal of Political Economy, 26 (2010), 488–505, 2010.

[11] Patrick Moyes, "An extended Gini approach to inequality measurement", J Econ Inequal (2007) 5:279–303. Brice Magdalou, Patrick Moyes, "Deprivation, welfare and inequality", Journal Soc Choice Welfare, 2008.

Un compendio recomendado de artículos evaluando el capitalismo: Ali M. Kutan, "Future of capitalism: Is it failing?", Economic Systems 34 (2010) 1–2.

[12] Anet Currie, "Inequality at Birth: Some Causes and Consequences", American Economic Review: Papers & Proceedings 2011, 101:3, 1–22.

[13] Donghoon Leea, Kenneth I. Wolpin, "Accounting for wage and employment changes in the US from, 1968–2000: A dynamic model of labor market equilibrium", Journal of Econometrics 156 (2010) 68–85.

[14] Nicholas Nassim Taleb, El Cisne Negro, Madrid, Paidós, 2010.

[15] Alberto Chong and Mark Gradstein, "Inequality and institutions", The Review of Economics and Statistics, August 2007, 89(3): 454–465.

[16] Estas notas finales hacen parte de un trabajo compartido con Jorge González sobre el impuesto progresivo en Hayek y la recepción de Brennan/Buchanan.

[17] El incremento marginal puede ser débil (la segunda derivada de la tasa con respecto al ingreso es negativa) o fuerte (la segunda derivada es positiva). La diversidad de las formas tributarias es múltiple. Ver, por ejemplo, "Macmillan Dictionary of Modern Economics", publicado bajo la dirección de David W. Pearce, Macmillan Press Ltda. 1992.

[18] Una de las obras más celebradas en defensa del impuesto fiscal progresivo ha sido el trabajo de Edwin R. A. Seligman: "Progressive Taxation in Theory and Practice", 1894. Seligman desarrolla la historia del impuesto progresivo y una evaluación de la teoría desde los socialistas Wagner, Paine, Guicciardini, Marshall, Licht; la teoría del beneficio (el pago fiscal se realiza en función del beneficio recibido), que contrasta proporcionalidad y progresividad, la teoría de los costos del servicio y su posterior decaimiento. Con base en un amplia gama de pensadores: Hobbes, Pufendorf, Turgot, Proudhon, Sartorius y Braun; Seligman identifica la línea favorable al impuesto proporcional a través de la defensa del principio el beneficio, para luego cuestionarla desde principios de filosofía social y económica en Gandillot, Bentham, Robespierre, Vauthier. Los componentes más sobresalientes de la obra de Seligman los encontramos en la tercera parte en donde hace una aplicación del principio progresivo al poder fiscal en los Estados Unidos y en España. Se trata de una obra fundamental para comprender las particularidades históricas del SFP (la traducción al español: "El impuesto progresivo en la teoría y en la práctica", Trad. I. Víctor Paret, Madrid, 1913 [en la Biblioteca de la Universidad Externado de Colombia, Clasificado: 336.293. S 464 i, ej.1]).

[19] Desde el punto de vista contable, hay mucha discusión sobre la forma como se deben imputar los servicios que ofrece el Estado y que no tienen una valoración monetaria directa.


Referencia:
El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty. Fernando Estrada. Munich Personal RePEc Archive (MPRA). 2014.

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