Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Ante la falta de una industria y un comercio moderno, en Palmira la alcaldía se convirtió en la única fuente de trabajo y el alcalde en el principal empleador.


Los mismos periodistas que lamentaron la muerte de Quintín, celebran que Palmira sea una de las ciudades con mayor criminalidad en Colombia. Son los mismos que han recibido durante años contratos por pauta publicitaria o salarios en la nómina paralela de los alcaldes Arboleda y Ritter. Los mismos periodistas que se arrodillaron ante Motoa Kuri y que le hacen calle de honor a la señora de las tierras. Esos mismos periodistas, ruidosos, analfabetas y esclavos señalan a sus contrarios, a quienes se oponen a la corrupción en la ciudad y al desgobierno que ha tenido Palmira durante estas administraciones. Son los mismos periodistas, hipócritas, plañideras al servicio de los carteles y apellidos que han arruinado a la ciudad durante medio siglo.

Son aquellos periodistas, algunos sin estudios, sin acreditación y sin moral, quienes tienen diariamente la tarea de lavarle el cerebro a los palmiranos del común. Desde las emisoras o con panfletos oficiales divulgan las mentiras del alcalde como si fueran verdades, maquillan la realidad, ocultan datos sobre el desempleo, la criminalidad y las organizaciones de drogas; esos periodistas son encargados de adelantar campañas de difamación contra los detractores del alcalde, husmean la vida privada de sus críticos en busca de información que sirva para calumniar y desprestigiar. Esos periodistas, como Judas, fueron al cementerio a confirmar que Quintín estuviera bien muerto.

Palmira ha sido atrapada entre dos tipos de carteles. Arriba los apellidos que desde los años ochenta y noventa, y con la elección popular de alcaldes, compran elecciones, tierras y propiedades. Esos apellidos de tradición, aliados con nuevos nombres, consolidaron el poder en todo el Valle del Cauca; desde el norte con centro en Tuluá hasta el sur con los gobiernos de Yumbo y Jamundí.

La extensión de su poder político tenía como finalidad legalizar con el apoyo de notarios, fiscales y contralores municipales la compra de propiedades, la fachada de mercancía del contrabando, juegos de azar, casinos, moteles, etcétera. En tres décadas esos apellidos consolidaron un poder capaz de mantener la continuidad de las alcaldías en casi todos los municipios del Valle. En Palmira lograron además silenciar las pocas voces críticas, primero sobornándoles indirectamente mediante el nombramiento de sus familiares, o bien censurando a quienes conocen sus oscuros negocios.

¿Cómo han gobernado? Usando diversas modalidades de contratación pública; en particular, mediante obras que son elefantes blancos como la Ciudadela Deportiva o construcciones con sobrecostos como el Teatro Materón. Cada alcalde ha contado con asesores y abogados, secretarios y empleados dispuestos a torcer la ley. Han gobernado con la complacencia de una Cámara de Comercio también comprada mediante contratos. De modo que en Palmira esos apellidos han podido hacer sus negocios, poner y quitar alcaldes, concejales y secretarios. Ante la falta de una industria y un comercio moderno, en Palmira la alcaldía se convirtió en la única fuente de trabajo y el alcalde en el principal empleador.

El segundo cartel que gobierna la ciudad tiene el poder de los micrófonos. No todos son periodistas profesionales, pero todos dependen del alcalde. Tienen sueldos y prestaciones camuflados bajo contratos por servicios o pautas publicitarias. No es un cartel con poder independiente, pero es un cartel con capacidad de influenciar un pueblo que vive de oídas. Abren sus programas desde las seis de la mañana y cierran emisoras a medianoche. Todo el día tienen como único objetivo alabar al alcalde y su administración, silenciar a los críticos y distorsionar datos sobre crímenes y delincuencia en la ciudad. La orden que recibe el cartel del periodismo en Palmira: ¡tapen!, ¡tapen!, ¡tapen!

A Quintín no lo mató únicamente un sicario; probablemente detrás de su muerte se encuentran responsables relacionados con los poderes que han gobernado a la ciudad. Por esto descubrir la hipocresía del periodismo en Palmira es el primer paso; el segundo, que las autoridades desde Bogotá descubran la maquinaria del poder, con nombres y apellidos, encargada de callar con tapabocas a quienes piensan diferente.

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