Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La réplica del poder corrupto en el gobierno de la FIFA es solo parte del asunto. La corrupción constituye la muestra visible de una estructura de mercados capturados en beneficio de una maquinaria política.


Tras la detención de dirigentes destacados de la FIFA, numerosas voces pidieron la cabeza de Joseph Blatter; sin embargo, su reelección demuestra los poderosos alcances del poder que ha controlado. Mientras que las actuaciones de la fiscal de los EE. UU. han sido celebradas por quienes juzgan que se requería una sheriff para limpiar los establos de la FIFA, la indignación generalizada parece comprensible, pero se queda corta ante los daños causados por el escándalo que envuelve a la máxima autoridad mundial del fútbol.

Para comprender el problema deberíamos excluir dos lugares comunes ampliamente aceptados: a) que los funcionarios de nivel medio amparados en su poder regional se corrompieron, b) que es cuestionable el derecho arrogado por Estados Unidos de intervenir como juez, siendo que su interés es eminentemente político.

¿Cuál es el asunto central? Recordemos que a diferencia del Comité Olímpico Internacional, la FIFA fue una organización fundada originalmente por aristócratas europeos, mediante una combinación de generosidad, discriminación y autocracia; una forma de gobierno que prevaleció desde la Copa del Mundo de 1930 hasta finales de 1960. Aunque luego de la Segunda Guerra Mundial, la FIFA ampliaba la participación incluyendo a países de América del Sur y Centro América. Esta discriminación de las regiones y los países fue predominante por cerca de cuatro décadas. Las figuras con las que llenábamos planillas en los barrios tenían primero a los europeos y luego brasileros, uruguayos y argentinos. Las potencias del fútbol respondían así a diferencias continentales.

Quienes nacimos entre los años setenta y ochenta vimos en directo (TV en blanco y negro) como las sedes de los mundiales podían cambiar de lugar durante las semifinales, dependiendo de los países que se la disputaran. De modo que, por ejemplo, en el año de 1966, la semifinal entre Portugal e Inglaterra no se disputaba en cancha neutral, sino en el templo de los ingleses: el Wembley. En realidad, los blancos europeos estuvieron pagando la cuota inicial en la actual condición corrupta que envuelve a la FIFA.

Siendo niño, recuerdo la elección de João Havelange, presidente de la federación brasileña. En su momento, para el mundo del fútbol, esta elección tuvo un significado semejante a la elección reciente del papa Francisco en el mundo católico. Cambió el mapa geopolítico de la hegemonía centralizada en Europa y los blancos anglosajones. Aunque Havelange representó menos la clase de estirpe latinoamericana que una ficha en el nuevo tablero de los intereses europeos.

Con Havelange durante los años ochenta, la FIFA fue transformándose en un poderoso mercado de ingresos, con miles de millones de dólares pagados en derechos, firmas, propaganda y jugadores —como Maradona— que servían como carnada ante la voraz arremetida de los nuevos ricos del capital financiero mundial.

La clave del asunto es que la historia de la FIFA no puede separarse del contexto geopolítico del poder; más aún, la evolución de su presente descomposición se explica mejor observando cómo han evolucionado las desigualdades económicas y sociales. De modo que el presente escándalo, incluida la renovación del mandato a Joseph Blatter, es una fase sucesiva en los procesos descentralizados de un poder aristocrático, ejercido hace medio siglo por blancos europeos. Y cómo la FIFA evolucionó hacia el tipo de cambios con países independientes y con unas élites dispuestas a cobrar dividendos en el mercado financiero globalizado.

En sus opacas declaraciones, Blatter ha dicho —como el presidente Samper tras su elección— que todo se hizo a sus espaldas. Y como Samper, Blatter expresa esta debilidad poniendo en practica el populismo. El asunto no se relaciona aquí con narcotráfico. No es el punto, sino la creación a su alrededor de una circunscripción de presidentes de federaciones leales a sus intereses. La ampliación del poder mestizo y negro en la periferia de la FIFA, con la única finalidad de potencializar negocios financieros. La práctica del soborno mutuo: yo les permito redistribuir la riqueza regional en sus confederaciones y ustedes, a cambio, protegen mis ventajas a nivel global.

Con este esquema de manejo, la FIFA descentralizó el poder, al ampliar una masiva participación de los países africanos, América Latina, Asia y Oriente Medio. Cediendo también de paso el aumento de la corrupción de la propia entidad. Es decir, el organismo máximo del fútbol a nivel mundial no podía separarse de los acontecimientos propios de las nuevas desdemocracias que surgieron en los años ochenta; el término se lo debemos a Charles Tilly.

La réplica del poder corrupto en el gobierno de la FIFA es solo parte del asunto. La corrupción constituye la muestra visible de una estructura de mercados capturados en beneficio de una maquinaria política. Un poder financiero globalizado del fútbol con planes de largo plazo, que incluye firmas, marcas, corporaciones bancarias, rentas de propiedad inmobiliaria y franquicias. La extensión de tales redes asociadas al mercado del fútbol fue la que permitió la celebración de los mundiales de Japón y Corea del Sur. Los compromisos de la FIFA con Rusia y Qatar también han hecho parte de esta tendencia.

¿Qué hacer ante el poder corrupto de la FIFA y su alcance geopolítico? Voces de Europa y Estados Unidos piden a gritos regresar al colonialismo blanco. Devolverle a pocos países ricos la administración de la FIFA. Estratificar la participación de los países en los mundiales de acuerdo a los ingresos del PIB. De modo que el uno por ciento de los países ricos, el “top del uno por ciento” en la parte superior del decil, establezca los controles de entrada y participación. Es decir, transformar al fútbol de deporte popular, a un deporte de las mismas élites, como el tenis.

Del mismo modo que se niega una redistribución justa de la riqueza, la FIFA debe —según ellos— excluir de sus intereses a los países pobres de África y América Latina; apostar por inversiones en países que tienen consolidadas sedes, selecciones, estadios y un mercado rentable de publicidad (Inglaterra, Estados Unidos, Alemania). Obviamente, al hacerlo, el mundo del fútbol estaría perdiendo la magia que consagra las oportunidades de los muchachos de la barriada. Quienes proponen eliminar el mal de raíz, proponen también matar al fútbol.

Esta fórmula me recuerda la novela de George Bernanos: Bajo el sol de Satán. El cura depurando pecados mataba los santos. Pero este mundo es terrenal. Quienes pretenden un gobierno del fútbol de tipo corporativo, prefieren también una jerarquía autocrática con menos corrupción. Y se inclinan abrazando sus derechos financieros a mantener el poder que tuvieron antes de los años setenta. La toga cardenalicia del fútbol respondería del mismo modo al modelo del capitalismo financiero del siglo XXI.

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