Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Como en tiempos de la señora Joan Robinson, en nuestros días las economistas que se forman en departamentos y facultades tienen que luchar contra prejuicios, no sólo de una sociedad masculina y machista, sino dentro de la misma disciplina contra el lenguaje que les enseñan sus profesores.


Ha sido frecuente considerar a la señora Joan Robinson como un ejemplo paradigmático del feminismo entre los economistas del siglo XX. Y lo fue. Criada en una sociedad heredera del machismo, Robinson supo alzarse contra su tiempo demostrando de lejos su condición entre pensadores del nivel de John Maynard Keynes y Nicholas Kaldor; del primero, discípula, y del segundo condiscípula. También fue la primera becaria con honores del King´s College, cuando ganar tales becas fue extraordinario. En un reino dominado por hombres, la señora Robinson superaba a una mayoría de ellos en campos densos como la economía financiera, la economía monetaria y las teorías del desarrollo.

Bajo su enseñanza estuvieron dos premios Nobel reconocidos: Amartya Sen y Joseph Stiglitz. Y según lo testifican ellos mismos, la señora Robinson no fue ninguna “pera en dulce”. Stiglitz describe sus relaciones con ella como “tormentosas” y Sen la dibuja como brillante, pero de carácter “vigorosamente intolerante”. Y con razón. En 1949 Ragnar Frisch le ofreció la vicepresidencia editorial de la Econometric Society, invitación que declinó alegando que ella “no podía formar parte de un Journal cuyos garabatos matemáticos nadie entendía”. Se mandaba su genio la señora.

Con este acumulado anecdótico no pretendo distraerles. La pregunta significativa se relaciona aquí con la posición que han tenido las economistas dentro de la disciplina. Específicamente, ¿qué cambios evidencian las facultades o departamentos de economía que permitan comparaciones con los tiempos de Joan Robinson? Respuesta: no muchos. Las mujeres continúan subordinadas. En Estados Unidos, apenas un doce por ciento de profesores de economía son mujeres, y en la historia de premios Nobel, sólo figura la señora Elinor Ostrom. Si comparamos estos datos en sociedades liberales con tradición en derecho civiles, ¿qué diferencias encontramos en sociedades como las nuestras?

No muchas. La misma economía como disciplina discrimina a las mujeres. Y voy a mostrar en este ensayo tres esferas de desigualdad excluyente:

Primera esfera de desigualdad: el lenguaje de la economía. Conceptos y teorías, términos de referencia y atributos semánticos corresponden al mundo masculino: moneda, transacciones, demanda y oferta, precios y consumo conforman el vocabulario básico del PIB. Incluyendo salarios y trabajo remunerado. Quedan por fuera del lenguaje oficios del cuidado y trabajos del hogar que no reciben salario. Como medida fundamental, el PIB destina estrechamente la economía a la producción visible y contable. El lenguaje de la economía refleja en estos casos una distribución desigual entre el hombre (ámbito público) y la mujer (ámbito privado).

Segunda esfera de desigualdad: el diseño y aplicación de políticas públicas. Relacionamos aquí las condiciones de gasto público o medidas fiscales orientadas a la austeridad. Cuando esto sucede las más afectadas son las mujeres. Reajustes del empleo obliga recortes de bienes de consumo relacionados con el hogar. O bien cuando las empresas deben despedir personal, ellas son las primeras sacrificadas. Es decir, cuando la economía toma decisiones de política lo hacen “ellos” diseñando medidas distributivas que las dejan a “ellas” en el peor mundo.

Tercera esfera de desigualdad: la educación y las facultades de economía. Regresemos a la señora Joan Robinson. Mientras enseñaba en la India, ella pudo observar que los modelos y los métodos de enseñanza contribuían a crear brechas de desigualdad. ¿Entre hombres y mujeres? Sí, pero también entre castas y clases sociales (estratos). Su ejemplo favorito fue tomado de los Manuales de Microeconomía. Un modelo estándar de teoría de las decisiones racionales, decía, margina preferencias usualmente acreditadas al género femenino: cuidado, ocio y consumo privado. Porque el modelo ofrece variables en función de un agente racional (neutral) que termina tomando decisiones genéricas. Las opciones eran engañosas, según la señora Robinson, porque nunca se preguntaba quién decide.

Como en tiempos de la señora Joan Robinson, en nuestros días las economistas que se forman en departamentos y facultades tienen que luchar contra prejuicios, no sólo de una sociedad masculina y machista, sino dentro de la misma disciplina contra el lenguaje que les enseñan sus profesores, con modelos teóricos y manuales que responden a actividades productivas, todas acreditadas a los hombres en mercados de hombres y para hombres.

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