Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Shakespeare nos enseña principios de la economía. En particular la transmutación que acaece con frecuencia en las emociones del ser humano. Nos ilustra a la perfección, por ejemplo, cómo se generan las condiciones de competencia.


La tragedia Hamlet, de Shakespeare, comienza cuando el espectro del rey de Dinamarca, que acaba de morir asesinado por su hermano Claudio, se le aparece a su hijo Hamlet clamando venganza. En la versión de Updike, el autor se remonta en la leyenda y nos ofrece un drama precedente, el de la pasión de Claudio por Gertrudis, esposa del rey asesinado y madre de Hamlet. Obedeciendo a órdenes paternas, Gertrudis se había casado sin amor y no pudo evitar enamorarse perdidamente de su melancólico cuñado. Por largos años, Claudio y Gertrudis reprimieron la explosión de sus sentimientos. Envueltos en la envidia, los celos desgarrados y las indecisiones, pudo más la pasión. El lector de Claudio y Gertrudis, de John Updike, no puede menos que sorprenderse con el extraordinario detalle de economía de las pasiones.

Shakespeare nos enseña principios de la economía. En particular la transmutación que acaece con frecuencia en las emociones del ser humano. Nos ilustra a la perfección, por ejemplo, cómo se generan las condiciones de competencia, en las que adaptarse a los dictados de la razón es aconsejable, pero paradójico. Actuar contra un rival por envidia o guiado por un deseo de venganza rara vez reporta beneficios. Ambos motivos están asociados a que bajo el dominio emocional no medimos consecuencias. La persona está dispuesta a sufrir pérdidas en tiempo presente siempre que la otra parte sufra.

La baja en los precios de un producto puede ser, con frecuencia lo es, una forma efectiva de venganza contra la competencia; pero empresas como los ingenios azucareros, por ejemplo, pueden arruinar su reputación. Diversos factores exógenos pueden intervenir indirectamente en el comportamiento y la relación de carteles en un mercado. Los grandes golpes de inteligencia dados contra los carteles han sido propinados por envidia, celos, venganzas y avaricia de los agentes. Empresarios del azúcar en Colombia traicionan a empresarios de Costa Rica. Alguien en la cadena del mercado tuvo que experimentar envidia porque la competencia se la estaba llevando otro.

Hay emociones que pueden transfigurarse en conductas egoístas. A fin de convencerse de no hacerlo mal la persona se persuade con mentiras. El comunicado de los gremios, después de las medidas tomadas por la Superintendencia de Industria y Comercio, SIC, decía que “la culpa era del gobierno por haber dispuesto condiciones de ventaja para las importaciones”. En las versiones contrarias sobre lo que dio origen al monopolio, las acciones han sido reconceptualizadas como respuesta justificada al comportamiento desleal de los ingenios azucareros.

La estructura o el mecanismo que explica la competencia desleal contiene varios puntos. Un gerente compromete a su entidad en inversiones costosas para persuadirse a sí mismo que los gastos se compensarán con creces a largo plazo. Tenemos verdaderas perlas de inversión en ejemplos de corrupción a la colombiana: Carbocol, Dragacol, Foncolpuertos. O puede suceder lo contrario, como el jugador que habiendo perdido parte, lo apuesta todo de una vez, con la idea de una gran ganancia que compense las pérdidas de largo plazo.

La evidencia empírica para el estudio de las emociones en la economía es precaria. Pasiones veladas con mala fe, envidia y venganza, en el caso de las transacciones que se cumplen maximizando el beneficio. ¿Cómo estudiar las motivaciones encubiertas? Algo complejo, sin duda. Pero un desafío que arroja luz sobre las paradojas del comportamiento del consumidor.

Cierto que la negociación tiene sus defectos debido a la tergiversación de preferencias, al precompromiso estratégico y a otros mecanismos. Nos hace falta explorar con mayor detalle la condición de alcance que tienen las emociones en un momento determinado, o proyectadas en varios pasajes en la vida de una persona. Lo que resulta en parte un hallazgo de Shekespeare es la fuerza civilizadora de las emociones. Nuestra frágil condición como seres humanos y los límites de la razón.

Los grandes logros de la economía han permitido la estructuración de artefactos teóricos, modelos y cuadros cuantitativos rigurosos. De tal manera asombra la especialidad de la disciplina. Pero tales metas no terminan por comprender la complejidad de nuestra condición humana. Emociones que determinan cómo somos y qué sabemos de los demás. Esto lo hallamos en la tragedia Hamlet de Shakespeare.

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