Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Keynes usaba las mismas herramientas de Diógenes “el Perro”: el poder de las ideas. El destino de ambos marca un giro inverso al tiempo. Provocar la paradoja y desafiar los cambios en la dogmática de cada época.


El orgullo de ser Diógenes y no Alejandro Magno; Andreas Salomé y no Nietzsche, o Keynes y no Churchill, hace parte de una historia no contada. O mejor, una historia como revés de la misma historia. Porque aquí los héroes son menos visibles, menos evidentes en la narrativa, aunque sin ellos la misma historia sería en extremo terrible, solitaria y vacía.

Los tres pertenecen, aunque con grados diferentes, al otro lado del espejo. Sus personalidades conjugan la saga de la ironía, la plenitud de la vida estética y el poder de las ideas. Diógenes no envidia la suerte de Alejandro, como tampoco Salomé somete su voluntad de poder a Nietzsche. El caso de Keynes, por separado, es significativo. Amigo de Wittgenstein como enemigo de la guerra, deslumbra desde joven en casi todos los campos: física, artes, literatura matemáticas y filosofía. Y en la economía su posición establece una jerarquía implícita en el orden de las ideas.

A diferencia de Diógenes, Keynes se hace acreedor del poder de influencia pública. Miembro del Consejo de Asesores Económicos en Inglaterra, columnista, inversor en Londres, consultor del partido laborista y profesor. Eleva a la economía hasta coronarla como disciplina modelo. Y aunque no le reconoce el papel de ciencia empírica, como la física o la biología, sus aportes transforman la economía en una disciplina de élite. Desde entonces, los economistas con semejante pretensión no han hecho más que asegurarse de la distancia que les separa del resto de mortales. Vuelta de tuerca, paradoja histórica: Keynes usaba las mismas herramientas de Diógenes “el Perro”: el poder de las ideas. El destino de ambos marca un giro inverso al tiempo. Provocar la paradoja y desafiar los cambios en la dogmática de cada época.

Salomé es la contraparte de Nietzsche. Cuando las sombras de la noche se arrastran desde su interior, Nietzsche encuentra algo de luz en ella. Aurora es una obra inacabada, como Más allá del bien y del mal o La gaya ciencia. Esa naturaleza fragmentada del nihilismo en la propia experiencia del pensador se proyecta. Nietzsche es demoledor a su paso. Los espejismos contrastan con la luz. Salomé no es la redención cristiana, ni el amor platónico. Y es justamente por ello que puede redimirlo en medio de la oscuridad. Ella es su contraparte. De modo que cuando Nietzsche cree poseerla, ya entonces Salomé pertenece a otro planeta, otro mundo.

¿Y qué tiene que ver Keynes en esta historia? Mucho más de lo presumido. En una carta marginal a Wittgenstein (septiembre de 1913), Keynes cita el aforismo nietzscheano: “Fe significa no saber la verdad”. La relación no es superficial. Pues la amistad que les une, separa sus destinos. Aún así, juzgar su pertenencia al mismo ámbito de intereses no es una locura. En efecto, la composición de la Teoría general de Keynes no fue más que eso. Lo mismo que el Tractatus de Wittgenstein y la magnum opus de Nietzsche. Incesante búsqueda. Por esto no sabemos precisamente que los modelos de demanda agregada o la lógica tengan una única interpretación. Y menos las categorías de voluntad de poder o nihilismo.

Desde luego, hay diferencias comprensivas. En la gran historia, Nietzsche fue el superhombre y Salomé su consuelo; Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles y Winston Churchill, genio político y estratega. Diógenes se cita anecdóticamente. Esas narrativas se enseñan en las escuelas y colegios y todos las repiten hasta el cansancio.

La otra cara del espejo no. Keynes escribía que “¡Sería maravilloso que los economistas lograran que se piense en ellos como personas humildes y competentes, como los dentistas!”. La economía, ¿disciplina aplicada? Y los economistas, ¿personas útiles a la sociedad? Una mayoría en la profesión parecen interpretarlo así. Expertos, consultores y asesores en altos cargos dentro de los gobiernos y las instituciones. Y debido a ello, se muestran sujetos sospechosos. Consiguen modelar una ciencia que no es ciencia y se hacen acreedores a las imposturas de nuestro tiempo.

La ironía corre por cuenta de Diógenes, quien nos recuerda, excepcionalmente, que la economía es una ciencia moral. En sus orígenes estuvo cerca de las complejidades de la experiencia humana. Y no se llamaba economía.

No olvidarlo parece fundamental.

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