Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Durante lo que va del presente año, la especulación de precios en la canasta del consumo familiar ha explotado, la capacidad de compra del salario mínimo es paupérrima, los asalariados viven de las sobras. Y el poder económico de la clase media es regresivo.


Entre la realidad y los libros de texto en economía hay relaciones inconmensurables. Significa que ni usted ni yo podemos medir por el mismo precio lo que vale una libra de zanahoria o saber cómo diablos elige un consumidor, cuyos ingresos están por debajo del salario mínimo. Los libros de texto hablan de equilibrio y racionalidad del agente consumidor, pero en las plazas del mercado predominan desequilibrios y emociones. Si no operan así en teoría, en el mundo real parecen a una selva hobbesiana.

Pero regresemos a la realidad en Colombia y veamos de cerca este asunto. Para comenzar, aclaremos que las plazas del mercado no son cosas independientes del mundo, sino espacios concretos localizados geográficamente. Su competencia después de los años setenta son los supermercados en grandes superficies: Carulla, Jumbo, Almacenes Éxito, Olímpica, etcétera. Podríamos incluir las tiendas del barrio, pero digamos que la escala es menor en tamaño. La especialidad en los mercados ha llegado hasta su extremo en flores, legumbres, hortalizas, frutas y carnes. De modo que para cada producto en la canasta de consumo familiar existe un hipermercado con toda la capacidad de oferta disponible. Y con la urbanización, el capitalismo diseñó cambios que convierten el cliente del mercado en un nene mimado. La clase media/alta con ingresos superiores a cinco salarios tiene como pagar caro.

¿Pero que está sucediendo en materia de consumo para una mayoría cuyos ingresos están por debajo del nivel básico?

Aquí la historia se revela dantesca. Porque entre los productos de la cosecha campesina y las plazas del mercado existe la cadena de intermediación. De modo que la libra de zanahoria que en la plaza vale $1.800, en los supermercados de grandes superficies puede costar $2.500 o $3.500. Precios de usura pueden incrementar productos semejantes en un orden de magnitudes que va desde el 20 hasta 300 por ciento. La tragedia es que el campesino recibe un pago equivalente el 30 por ciento del valor. ¿Quiénes se llevan las ganancias? Respuesta: las grandes cadenas comerciales y sus intermediarios.

Hemos dado una muestra insignificante y la menos ejemplar sobre especulación de precios en la canasta familiar. Estamos en el peor de los mundos, porque mientras el gobierno culpa a los gremios del encarecimiento, estos grupos —siguiendo una vieja tradición de malicia— hacen responsable al clima o altos costos de la gasolina. La cadena de responsables se pierde en la nada, pero al consumidor le corresponde tomar una entre dos opciones: reducir productos o pagar más caro y endeudarse. Los grandes ganadores en este mercado especulativo son, por regla general, quienes menos siguen las reglas, a saber: los supermercados de grandes superficies. Compran barato directamente al campesino y venden caro al consumidor.

Al otro lado están los vendedores ambulantes y la economía informal. Los municipios y sus gobernantes han aplazado un remedio estructural a este problema. Con un 48.5 por ciento de población en el subempleo y tasas entre 9.8 y 6.5 por ciento de desempleo en las ciudades, la masa de inconformismo y rebeldía va creciendo. En particular, pequeños vendedores en las plazas del mercado que pagan arrendamiento por sus locales y que están sometidos al azar de los precios, tienen además que vérselas con la competencia entre ejércitos de vendedores ambulantes que rodean las propias plazas. A su vez los vendedores ambulantes son desempleados buscando sobrevivir con el día a día de la guerra callejera, policías persiguiéndoles, delincuencia común, etcétera. Los ciclos del proceso son interminables.

Mientras esto sucede en el micromundo, a nivel del gobierno, el Ministerio de Agricultura y los alcaldes locales, nada sucede. Durante lo que va del presente año, la especulación de precios en la canasta del consumo familiar ha explotado, la capacidad de compra del salario mínimo es paupérrima, los asalariados viven de las sobras. Y el poder económico de la clase media es regresivo. El presidente y sus ministros declaran como responsables a la caída en los precios del petróleo, la alta cotización del dólar y los cambios climáticos. Los espíritus animales se han tomado los mercados y nadie parece con poder de sujetarles.

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