Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Umberto Eco pertenece a esa extraña minoría de humanistas eruditos que desde Aristóteles, Horacio, Séneca, Dante, Santo Tomás o Francis Bacon, reúnen en su personalidad la enciclopedia del conocimiento humano.


Ad vitam aeternam reza el consagrado memorial de Nassim Taleb al escritor Umberto Eco. Según creo, comunica un buen resumen de la vida y obra del escritor italiano. Eco tiene asegurada la vida eterna, aunque no haya eternidad; sus ideas, sus conceptos y sus libros pertenecen al orden del Mundo Tres que también Karl Popper concibiera como la dimensión superior del género humano. Y está bien juzgarlo, porque los tres autores han transformado las condiciones del conocimiento contemporáneo, Popper en el campo de la epistemología, Taleb en los mercados financieros y Umberto Eco en la literatura y las artes.

Umberto Eco pertenece a esa extraña minoría de humanistas eruditos que desde Aristóteles, Horacio, Séneca, Dante, Santo Tomás o Francis Bacon, reúnen en su personalidad la enciclopedia del conocimiento humano. Pero fue también un buen conversador evocando las tradiciones del Ático y todo el Mediterráneo.

La extensa biblioteca personal de Umberto Eco (con más de treinta y cinco mil libros) provocaba entre sus visitantes dos tipos de reacción, según nos lo cuenta Taleb, aquellos que reaccionan con un “¡Oh! Signore professore dottore Eco, ¡vaya biblioteca tiene usted!, ¿cuántos de estos libros ha leído?”, y los demás —una minoría muy reducida— que saben que una biblioteca privada no es un apéndice para estimular el ego, sino una herramienta para la investigación.

Lo que no conocemos tiene más valor que aquello que conocemos. Y esa sabiduría de Umberto Eco resume siglos de historia de las ciencias y las artes desde Sócrates hasta nuestro tiempo.

¿Qué cosas debería poseer una biblioteca? Pues tanto de lo que no sabemos: mercados económicos, bolsas de valores, hipotecas, el presente mercado de activos, más los significados de la competencia, el consumo, los precios del petróleo y las alzas del dólar. Con el paso de los años habremos terminado por acumular un número superior de libros sobre lo que no sabemos que sobre lo que sabemos.

Ah, pero junto a los libros sobre lo que no sabemos estarán aquellos que no hemos leído. Ambos forman, digamos, una unidad. Por encima de la cabeza de quien posea biblioteca estarán siempre amenazantes los libros sin leer. Muchos libros sin leer conservan ese aire del límite que Eco subrayara con tanta maestría. Más aún, mientras más lee un lector mayor es la sensación de su desasosiego. En la experiencia de la lectura, más puede ser menos. Más lectura, menos sabiduría.

No obstante, vivimos un tiempo de muchos libros, pero sin lectores. O una cultura con información dispersa y con propietarios. Cada uno se siente inclinado a tratar su área de conocimiento como su propiedad privada. Y los títulos universitarios contribuyen a promover dicha mentalidad. Los cartones son adornos que permiten a los profesionales ascender en la jerarquía social. Lo anterior es contradictorio con lo que sugería Umberto Eco. Nos vemos seguros cada uno en su pequeña porción del conocimiento. Ingenieros, abogados, químicos, filósofos, matemáticos o economistas.

Nadie se presenta por un empleo con lo que no sabe. Y en los mercados se cree menos en quien ignora los precios que en aquel que pronostica el PIB o las tasas de crecimiento anual. Cuando todo debería girar al revés, según Umberto Eco. Dar la vuelta a la lógica de la biblioteca y ocuparse de darle un cambio al conocimiento. Mejor todavía, asumir lo conocido como un contraejemplo sobre lo que debemos saber.

La vida y obra de Umberto Eco estuvo consagrada a tales principios. Antes que buscar la validación de nuestro conocimiento, debemos someter nuestras tesis a la prueba del error. Nuestra ignorancia es la mejor guía entre tanta certidumbre.