Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Desde Freud hasta nuestro tiempo, los trastornos de identidad son un desafío. A la solución sobre estos problemas tenemos que contribuir aquellos que trabajamos por sociedades más saludables.


Desde Sigmund Freud, o quizá antes, los desdoblamientos de nuestra personalidad han sido objeto de estudio y tratamiento. De modo que se aplica en casos normales de identidad, aquella expresión del poseído que nos relata el Nuevo Testamento: “No soy uno, sino que somos muchos, somos legión”. Si despojamos al relato bíblico de su mitología demoníaca, cada yo se reduce a un múltiplo de yoes que se desgajan de acuerdo a un tenso arco espacio temporal. Desde Freud, la identidad moderna lucha por responder consecuentemente a este trilema: ¿quién soy yo cuando soy yo y cuando no soy yo? El padre del psicoanálisis se inventó una metáfora para explicar este trilema mediante un juego caleidoscópico: El Yo, el Ello y el Superyó. Sé perfectamente que esta interpretación mía no es la más ortodoxa, pero no es este asunto lo que aquí me interesa.

Y regreso al problema, los trastornos del yo como cambios de la personalidad. Tenemos casos de conducta bipolar que son relativamente excepcionales. En la misma persona suceden odio y amor. Ama, pero odia a quien ama, justamente porque puede hacer lo contrario. Algo así nos lo revela el aforismo de Nietzsche: “Somos como un arco tendido entre el demonio y el ángel”. También observamos que la psicología experimental y los avances en neurología han logrado responder a casos semejantes. Sin embargo, no es en los extremos en donde encontramos a una mayoría de pacientes atrapados, sino en los estadios intermedios. Es decir, sostengo que los problemas de identidad con efectos negativos (depresión, culpa, impotencia, ansiedad, alteraciones del sueño o riesgo de suicidio) han aumentado como yoes inacabados o en dificultades entre ellos. Problemas de identidad que se trasladan (algunos) al campo de conflictos sociales.

En el campo intermedio de problemas de identidad (no necesariamente clínico ni que exija tratamiento) el desdoblamiento de la personalidad puede estallar como una guerra mundial. El yo dominante puede mantener las condiciones de normalidad dentro de límites relativos. Digamos una puede ser la amante glamorosa que todos desean tener, la amiga fiel, empleada o ama de casa. Pero basta un pequeño detonante para que los yoes subordinados se rebelen. La misma persona estalla, grita, llora, ofende, agrede verbalmente, etcétera. Los efectos de esta guerra entre yoes pueden oscilar entre la ligera discordia hasta la agresión más brutal. La persona entra en conflictos intermitentes que se distribuyen a lo largo de una cadena compuesta por familiares, amigos y seres queridos.

La extensión social de los problemas de identidad han sido abordados por Foucault en sus libros Historia de la locura en la época clásica, Vigilar y castigar, etcétera. Podemos citar del mismo modo los trabajos de Emile Durkheim o Q. Skinner, y tantos otros autores que han abordado los complejos trastornos colectivos concomitantes.

No obstante, quiero abordar otro aspecto del tema relacionado con el yo en singular. Trastornos no visibles, pero que dañan al propio sujeto. La identidad dominante termina arruinada por la guerra librada entre sus yoes. Siguiendo la metáfora de Freud, el Superyó impone barreras de contención al Yo (yoes), cuyo costo finalmente es el autosacrificio. Este fenómeno es contradictorio y complejo, pero se manifiesta con frecuencia en acciones culposas, arrepentimiento, resarcimiento, enmienda o excusas privadas. Frases como “no fue mi intensión”, “no quise hacerlo”, “fue en un momento de rabia”, “no volverá a suceder”, etcétera. La maquinaria lingüística refleja parcialmente estos trastornos.

Finalmente la pregunta: ¿y qué hacer? Al menos para la tipología última me gustaría ensayar salidas. Primero fortalecer la red afectiva del individuo, familiares y amigos pueden contribuir a crear condiciones de habla y escucha. La necesidad insustituible de tratamiento profesional continuo, sería lo segundo. Estas personas no son autosuficientes, aunque así lo crean, de modo que requieren apoyo científico. Tercero, consigo mismos estos individuos deben evitar la autocompasión. La tentación de verse como enfermos o víctimas, antes que resolver, puede agravar sus problemas. Cuarto, estos individuos deben realizar diversas actividades o compromisos donde el yo dominante coordine a sus yoes subordinados durante buena parte de su día a día. La meta es afirmar los incentivos que la persona necesita para reconocerse coherentemente dentro de muchos ámbitos

Desde Freud hasta nuestro tiempo, los trastornos de identidad son un desafío. A la solución sobre estos problemas tenemos que contribuir aquellos que trabajamos por sociedades más saludables.