Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La personalidad enferma no amenaza los niveles de convivencia mientras seamos conscientes del apoyo que requieren los individuos. Pero es posible advertir riesgos más sensibles cuando estas personas se aíslan o resisten ante familiares o amigos.


¿Cómo distinguir entre la personalidad dañada y la personalidad enferma? Esta es una de las preguntas más difíciles de responder, no sólo para el campo psiquiátrico, sino en la psicología del comportamiento. Y lo es porque aquí los conceptos requieren, primero, claridad y comprensión sobre su alcance. Cuando usamos la expresión “personalidad dañada” relacionamos un comportamiento moralmente intencionado y responsable. Segundo, obviamente nos movemos conceptualmente en el terreno cenagoso entre la moral, el derecho, la psicología, i.e., y las ciencias naturales y sociales. Este tipo de personalidad generalmente procede de ambientes familiares conflictivos —aunque no siempre— y dentro de condiciones de riesgo (consumo, bajos incentivos, agresividad, etcétera.)

Las investigaciones de Durkheim, Canguilhem, Foucault, Elster, Sachs, entre otros autores, ofrecieron un marco de análisis suficientemente valioso, al menos en dos aspectos: (a) contextualizaron una historia social y personal que permitía observar la evolución de los problemas (carcelarios, psiquiátricos o adictivos) dentro de dispositivos del poder. La clasificación de las enfermedades o los trastornos de la personalidad fueron vistos así como una parte integrada a sistemas complejos en la formación de las sociedades modernas. (b) Problemas como el de la personalidad dañada o la personalidad enferma no quedaron limitados exclusivamente al reclusorio del médico o el especialista. Antes bien, las competencias de descubrimiento, análisis y tratamiento se fueron ampliando a otras disciplinas

Esta línea de análisis es clave, pero quiero dirigirme a la pregunta de modo menos teórico; y podemos hacerlo examinando a la personalidad enferma. Aquí usaríamos términos equivalentes como “disfuncional”, “trastornada”, “desequilibrada”, etcétera. La personalidad enferma acusa grados relativos de desdoblamiento que siendo afectada por incidentes negativos (separación, duelo, agresividad verbal o física, violación, por ejemplo) no reacciona dolosamente en contra de los demás, sino contra sí mismo. Nos interesa observar esa zona gris marcada por señales como falta de sueño, ansiedad, depresión profunda, desinterés, distracción, etcétera.

La identidad en la personalidad enferma presenta cambios anímicos intermitentes, puede pasar de la alegría a la profunda tristeza en cuestión de segundos. O bien sentirse plena en compañía del ser amado, así como luego desear encontrarse a solas. Las causas del cambio suelen ser inexplicables para estos individuos, pero su recomposición nos permite ver como va evolucionando su problema. Digamos que tales desdoblamientos del yo pueden conducir a ligeros o profundos cambios del carácter. Todo depende del entorno y de decisiones relacionadas con el tiempo. En intervalos de tiempo breve la personalidad enferma puede protegerse frente a síntomas en sus estados emocionales. O bien encontrar paliativos temporales.

Pero, ¿qué sucede cuando los estados de depresión o emociones relacionadas establecen patrones de conducta continuos? En casos así estamos ante personas con severos riesgos. Una separación afectiva, por ejemplo, puede descomponer la personalidad hasta grados críticos de depresión profunda. O bien transformar las impresiones que el individuo tiene de los demás en dirección a sus complejos estados emocionales. La personalidad enferma supone cambios progresivos del comportamiento. Pero su desencadenamiento puede resultar drástico.

De nuevo, cada caso requiere una atención diferenciada que debería comenzar con el cuidado profesional. Y no es extraño que el problema adquiere una tendencia cada vez más generalizada entre jóvenes y adolescentes. Resulta fundamental por ello mejorar las condiciones del entorno familiar. La comunicación entre padres e hijos, así como los encuentros sociales afirmativos pueden ayudar. La personalidad enferma no amenaza los niveles de convivencia mientras seamos conscientes del apoyo que requieren los individuos. Pero es posible advertir riesgos más sensibles cuando estas personas se aíslan o resisten ante familiares o amigos. En cualquier caso la detección preventiva de estos problemas puede contribuir al restablecimiento del equilibrio que finalmente se necesita.

Entre la personalidad dañada y la personalidad enferma la diferencia es de grados; mientras la primera puede disparar conflictos sociales, la segunda puede destruir al individuo.