Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Hay conductas del joven que le quedan mal al viejo, y viceversa. De modo que creo que se tiene cierta responsabilidad para percibir que las cosas tienen su hora.


No estoy seguro cuando crezcas si podrás leer esta carta. No se trata de un testamento ni un sermón, como podrías suponerlo. Te escribo porque has nacido para crecer y evolucionar a tu manera, como debe ser con cada persona libre. De lo que estoy seguro es que todo tiene su tiempo y todo lo que se hace bajo el sol tiene su hora, como dice el libro del Eclesiastés.

Se cuenta que Catón el Viejo empezó a aprender la lengua griega en su vejez [1]. Y de Hobbes sabemos que, ya octogenario, comenzó a estudiar geometría, procurando mover su pensamiento de acuerdo con la mecánica de Newton. Ambos se hicieron célebres en todo, menos en lo que aprendieron siendo ancianos. Ni la sabiduría de Catón el Viejo es griega, ni el Leviatán de Hobbes es física a la Newton. En suma, lo que se aprende temprano es novedoso; más tarde se aprenden también muchas necedades. Todo tiene su tiempo, dice el libro del Eclesiastés. Yo, por ejemplo, me siento incapaz de citar un avemaría o el padrenuestro, como lo hizo Laureano Gómez mientras compartía la muerte de cientos de liberales [2].

Hay conductas del joven que le quedan mal al viejo, y viceversa. De modo que creo que se tiene cierta responsabilidad para percibir que las cosas tienen su hora. Personas con un pie en la tumba y con vicios de adolescentes. Me recuerda las Cartas a Lucilio que escribiera Séneca:

Haces tallar mármoles antes de morir, y, sin acordarte del sepulcro, haces construir casas [3].

En mi caso, y siguiendo una tradición que aprendí del Nuevo Testamento, vivo al día. O si mucho un plan de vida me dura un año. Con todo y las contrariedades causadas por esta forma de pensar entre humanistas y expertos naturalistas, no creo estar en condiciones de aventurar teorías en absolutamente nada. Ni hacerme a cargo de empresas que requieran procesos de integración vertical. He llegado a la edad para deshacerme de castillos en el aire, y cuando llego a un lugar, encuentro que me estoy despidiendo. Todos los días estoy renunciando a lo que tengo: Olim ium nec perit quisquam mihi nec acquiritum. Plus superest uiatici quam viae. [Ya hace tiempo que ni pierdo ni gano nada. Me queda más provisiones que camino].

En pocas palabras, hijo, el único alivio que encuentro con mi vejez es que se han calmado esas pasiones y deseos que agitan la vida. ¿Qué pueda suceder con el mundo después de Vietnam, o la revolución en Cuba y el Che Guevara, las riquezas de Jacqueline Onassis, la grandeza, la ciencia, la salud o el hambre en África? No lo sé y no son cosas que dependen de mi voluntad. Aquello que aprendiste de mí, siendo niño, han sido menos palabras que mi propio ejemplo. Pero tu vida no me corresponde, como tampoco tú tienes que llevar mis propias faltas.

Mientras puedas estudiar, estudia un estudio adecuado a las condiciones que te permita la vida, de modo que puedas responder como aquella persona a quien le preguntaron qué utilidades le habían reportado los estudios para su vejez: “Para partir mejor y más contento”. La respuesta la dio Catón el Joven antes de morir. Ocupó el tiempo final de su vida escudriñando el discurso de Platón sobre la eternidad del alma [4]. No creo que este hombre no estuviese preparado con lo suficiente para salir de este mundo, pero no fue lo fundamental en su vida.

Catón el Joven poseía más carácter y ciencia que el mismo Platón. Y sus conocimientos superaban a la filosofía desde los tiempos de Aristóteles. No estudiaba para aprender a morir. Por el contrario, sin interrumpir siquiera su sueño ante la importancia de una decisión como esa, continuó sus estudios, sin diferencia y sin cambio, como las demás acciones habituales de su vida. La noche cuando lo echaron del cargo, se la pasó jugando; y aquella en la cual había de morir, la dedicó a leer. No le importó ni el cargo, ni la vida.

Te preguntarás a qué viene todo lo anterior. Mi respuesta es en resumen la siguiente: aprende a vivir cada día con aquello que sea estrictamente indispensable. Todo o casi todo es dispensable, excepto el conocimiento y la sabiduría. El conocimiento se adquiere temprano y la sabiduría llega un poco tarde. Es necesario que no los confundas. Cada cosa tiene su tiempo. A los diferentes les gusta lo diferente. Y no todo conviene a todas las edades.

No hay aquí un lenguaje oscuro, hijo, lo que necesitas cultivar es la sensibilidad para escuchar y actuar de acuerdo a tus días.


Referencia:

  1. Cicerón, La vejez, 8, 2; Cfr. Plutarco, Catón el Viejo, 2, 5. Ambos autores presentan esa pasión senil de Catón por las letras griegas, en la idea de Solón de que, al envejecer, todos los días aprendía algo nuevo.
  2. Imponit finem sapiens et rebus honestis. [El sabio se impone un límite incluso en lo honesto]. Juvenal, VI, 444.
  3. Séneca, Cartas a Lucilio, 12, 9.
  4. Platón, el Fedón.

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