Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Hay una suerte de paradoja vital del sufrimiento: mientras menos oportunidades tenga uno, mayores desafíos se impone. Y viceversa.


Cuando reflexionamos sobre la vida podemos presentar un retrato, no una teoría. Este retrato puede estar construido de elementos teóricos, interrogantes, recuerdos y explicaciones. ¿Por qué la felicidad no es lo único que importa? ¿Cómo aprendemos? ¿Qué autores y lecturas nos formaron? ¿Quiénes somos después de adolescentes? ¿Por qué tener limitaciones es mejor que tener comodidades? Pienso lo que significa sentarse frente a un retrato: Picasso, Rembrandt o Duré. El retrato puede ser la evolución de un niño adulto. Y conseguir que ese retrato se incorpore dentro de nosotros.

Cuando yo tenía quince o dieciséis años me paseaba por medellín con un ejemplar de La riqueza de las naciones de Adam Smith, la cubierta hacia fuera. Lo había leído poco y lo entendía menos, pero estaba excitado por el libro y sabía que contenía algo maravilloso. Anhelaba que las personas mayores me vieran con él y se sintieran impresionados, que me dieran una palmada en los hombros y me dijeran... no sé.

Entre los siete y los quince años había combinado la escuela con otros oficios: reciclador, mensajero y vendedor de periódicos. Siendo reciclador me ganaba las entradas semanales al cine, como mensajero hice un curso aplicado de geografía urbana y como vendedor de periódicos supe de Newton, Einstein, Laplace, Toña la Negra, Gardel, Daniel Santos, Los Beatles, los Stone, Davis Ricardo y Adam Smith.

Hay una suerte de paradoja vital del sufrimiento: mientras menos oportunidades tenga uno, mayores desafíos se impone. Y viceversa. Mi aprendizaje en la lectura estuvo forzado por limitaciones de tiempo y lugar. Madrugábamos desde las 4:30 a.m. para salir a distribuir periódicos; o bien desde las 6:00 a.m. para recibir los despachos de droguerías. En jornadas que podían durar entre nueve y diez horas. Sin embargo, yo no pasaba un día sin leer el capítulo de un libro, el periódico o una revista.

Los lugares de mis lecturas fueron siempre contradictorios: la mesa de trabajo de mamá, el asiento de las tabaqueras, los baños en las droguerías o los mostradores de almacenes. De hecho, perdí un empleo cuando el jefe tuvo sospechas bien fundadas sobre mis idas al baño. A lo anterior se sumaron complejos problemas de salud que se reflejaban en un recogimiento kafkiano.

Y todo sucedía en una familia que crecía año tras año en medio de penurias. Mis padres pagaban arriendo en casas habitadas por diez o quince personas. Recuerdo que mi mamá usaba plancha carbonera para ganar ingresos y mi padre en diez años consecutivos pasó de carnicero a sastre, a tornero, a vendedor de loterías y jugador de naipes. Cuando papá murió le había regalado a mi edad cuarenta años.

En adelante la vida me ascendió de oficios: fui vendedor de repuestos automotores, padre de siete hermanos, estudiante y creyente. Todavía estaba lejos de poder sentarme a leer detenidamente La riqueza de las naciones de Adam Smith. Pero en cambio la experiencia laboral me había enseñado algo de los mercados: transacciones, precios, consumo, relaciones de oferta y demanda, exportaciones, importaciones, impuestos, créditos, etcétera.

Les he contado por qué llegué tarde a la universidad. Tenía 23 años. Cuando otros de mi edad estaban terminando sus estudios. Pasaron cerca de quince años mientras la vida me zarandeaba de un lado hacia otro. No obstante, a la universidad llegué con tres valores: amor por el conocimiento, sacrificios y perseverancia.

A veces me pregunto, no sin inquietud, qué pensaría ese joven que se paseaba con La riqueza de las naciones, de lo que hace ahora en su versión adulta. Me gustaría pensar que estaría complacido. Aunque no corriera la misma suerte de quienes tanto admiró: Séneca, Montaigne, Bonhoeffer y el mismo Adam Smith.

Ahora también me pregunto si esas personas mayores de quienes esperaba reconocimiento y amor no serían las personas que él mismo ha llegado a ser cuando creció. Si alcanzamos la madurez transformándonos en maestros de nuestros maestros, y alcanzamos la madurez hallando un sustituto adecuado para el amor que tenían nuestros maestros. Al transformarnos en nuestro maestro ideal cerramos finalmente el círculo y alcanzamos la plenitud.

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