Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Fue vendiendo periódicos que aprendí a distinguir entre un horóscopo, el nadaísmo y las cuatro leyes fundamentales de la física.


Autores que fueron abriendo mi pequeño mundo: Rabindranath Tagore y el Mahatma Gandhi de India; leí la poesía de Tagore y las memorias de Gandhi en un tiempo que reconocía grandes causas como los movimientos civiles contra la guerra en Vietnam y los conciertos de los Beatles y los Rolling Stones. En una noche de verano pude leer completos los discursos de Martin Luther King aunque lo pagaría muy caro porque me echaron del oficio como mensajero. Los dilemas de mi adolescencia no consistieron en escoger entre una mujer o el sacerdocio, sino entre leer un libro hasta el amanecer o trabajar para ganarme el pan de cada día.

Algunos autores que no leí y de quienes no me arrepiento: Álvaro Mutis, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Pedro Gómez Valderrama, Luis Caballero y su hijo Antonio Caballero, Caballero y Góngora, Laureano Gómez, Mariano Ospina Pérez, el Caimán Sánchez, la Negra Candela, Mario Mendoza, León de Greiff, Julio Sánchez Cristo, Claudia Morales, y casi todos los autores promocionados por los medios en Colombia. Me he negado a leer autores que vienen de la política, la prensa o la farándula.

Autores que leí sin arrepentirme: Boccaccio, Sade, Miller, Vargas Vila, Rabelais, Cervantes, Diderot, Shakespeare (relatos menores), Fontanella, Calderón, Samuelson, de La Boétie, de La Rochefoucauld, Michel de Montaigne, Abelardo, la Biblia, Schopenhauer, sir Karl Raimund Popper, Otto Neurath, Thomas de Kempis, Adam Smith, David Ricardo, Alfred Marshall, John Maynard Keynes.

Era muy niño y en casa la radio nos daba a conocer los efectos de la revolución cubana, las canciones de protesta de Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Silvio Rodríguez e Inti Illimani; en Colombia predominaban entonces los cambios de gobierno del Frente Nacional. Mi papá insistía en que sus hijos fueran liberales, mi mamá en que fueran bautizados. A todos nos llegarían epidemias como las siete luchas y los piojos: liberales, conservadores, hippies, comunistas mamertos, putas, vigilantes, niños del barrio Las Mercedes y gamines de la plaza de mercado. La radio unía a todos los colombianos, pero mejor lo hacían las garrapatas, los zancudos y las pulgas.

A mí no me gustaba la marihuana, en cambio disfrutaba observando como un bacteriólogo el movimiento en cuatro patas de bípedos que consumían hongos en Los Farallones. En Cali nos encontrábamos a muchos viajeros en el teatro del parque Alameda y en el Cine Club de Imbanaco. Fue vendiendo periódicos que aprendí a distinguir entre un horóscopo, el nadaísmo y las cuatro leyes fundamentales de la física de Newton. No supe mucho de literatura costumbrista, pero me dolían las sátiras que se disparaban contra pueblos de tradición. Yo pensaba: uno puede comparar a Newton con Einstein o Poincaré con Riemann, puede comparar la geometría de Euclides con espacios de Lobachevsky, pero creer que un viaje de hongos o de marihuana es análogo a los servicios secretos de la KGB es una locura.

Antes de cumplir los 25 años de edad me curaron del izquierdismo barato los libros de Arthur Koestler y Aleksandr Solzhenitsyn, ya entonces había leído a Albert Camus y Jean Paul Sartre, pero sellaría mi suerte contra todas estas ideologías zombis las novelas de Milan Kundera y dos volúmenes de las obras de Friedrich Von Hayek: Camino de servidumbre y La fatal arrogancia. En realidad, mi formación dialéctica me ayudó a construir y destruir por pares. Algo que pude mejorar esforzándome por comprender la teoría sobre las antinomias que Kant expone en La crítica de la razón pura.

Como adolescente sabía que Jotamario Arbeláez, el nadaísta del Santa Librada College en Cali, era todo un embustero, mentiroso y chupasangre. A diferencia de Fernando González, casi todos los revolucionarios, anarquistas, comunistas, trotskistas fueron una parrandada de vagos, haraganes y palabreros. Pues mientras los muchachos del barrio trabajamos en las haciendas: labrando malezas, sembrando frijol o recogiendo caña de azúcar, todos esos niños y niñas de la sociedad vallecaucana se drogaban y hacían revoluciones imaginarias. Del nadaísmo me salvaron los problemas de álgebra lineal, primero, y luego la resolución de integrales propuesta por el matemático David Hilbert.

Por favor, aclaro, no que drogarse fuera malo, sino que hacía a los nadaístas y comunistas menos capaces de plantarle cara dura a la vida. La marihuana, los hongos y el resto de drogas sintéticas fueron un escape del mismo tipo que la serie Viaje a las estrellas con el capitán Spock. Mi política estaba en las manos porque tenía que trabajar para poder sobrevivir y ayudar a criar siete hermanos. A nosotros no nos echaban de la escuela por vagos, era que no podíamos ir a la escuela por ser demasiado pobres.

De joven me salvaron las mujeres y los libros. Kafka y Robert Musil, Denis Diderot y Balzac, Platón y Adam Smith se encargaron de llevarme a nuevas realidades. No leí mucho a Nietzsche, porque un amigo llegó a pegarle a su abuela con el lomo de Así hablaba Zaratustra. Después enloqueció. Regresé a Nietzsche en la universidad, pero ya entonces Nietzsche había muerto y yo tenía 25 años. Las mujeres fueron como mi segundo nacimiento. De modo que amar y leer resultaba equivalente, en mi caso, a no desaparecer. Un capítulo de la Economía política de John Stuart Mill no es comparable a una noche de amor, desde luego, pero en mi caso fui capaz de juntarlos.

Conocí a Balzac como la palma de mis manos y leí a Platón a la luz de una vela. La primera versión que leí de La riqueza de las naciones la tomé en préstamo a un librero, tan pobre como los pobres en Los miserables de Víctor Hugo. Lo peor es que no tuve ningún remordimiento. Ni cuando huíamos con su hija por los matorrales de Santa Rosa de Osos. El robo de un libro y la joya de una virgen los tomé como un regalo del cielo. Leer bajo la luz de una vela requiere algo de imaginación. Observen que yo tenía que colocar dos palos de escoba en la punta de mi cama, y con un pie sostener la cobija, mientras con la mano derecha mantenía la vela y con la izquierda pasaba las páginas.

La teoría de los sentimientos morales de Adam Smith y El hombre mediocre de José Ingenieros fueron los manuales de mi ética mínima cuando aún no había cumplido 16 años. Mis complejos males de salud hacían que fuera poco sociable, aunque soportaba con espíritu estoico las ganas de predicar un sermón de la montaña.

La Biblia y las obras de Dietrich Bonhoeffer me enseñaron que se puede abandonar la iglesia sin abandonar la fe y que se puede abandonar la fe sin abandonarse a uno mismo. Bertrand Russell y Rudolf Carnap me enseñaron que se pueden cortar falsos argumentos con la navaja de la lógica. Aunque mi pesadilla superior fue el Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.

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