Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La formación temprana en grandes autores es un capital de renta superior al patrimonio económico que podamos reunir en este mundo.


A veces me sentaba en las tardes al lado de mi madre con un cuaderno de notas, le preguntaba el significado de las palabras "nube", "cielo", "tierra"; le pedía el orden de las letras, y me doblaba observando que aprobara mis ejercicios. Más tarde, con ella leía Apollinaire, Dostojevski, Rimbaud. Ella se quedaba dormida mientras la vela titilaba entre la oscuridad. Papá no llegaba sino hasta el amanecer.

Después conseguí ascender a la categoría de niño extraño, aislado, introvertido; de modo que me escapaba a la biblioteca en donde encontraba a Platón, Aristóteles, Montaigne, Adam Smith y las obras completas de San Agustín. Mucho antes, el ingreso a la escuela fue celebrado, porque no habiendo cupos para mi primer año escolar, debí aprobar un examen in situ con el señor director, el profesor Camacho. Sumas, restas y escritura. Luego Camacho le dijo a mamá que estaría bajo prueba con los niños de segundo grado. Me ascendieron a tercero cuando contaba con siete años. Bajo las veladoras encendidas a la virgen María, yo leía los prolegómenos a la Crítica de la razón pura de Kant; ya entonces tenía dieciocho años y era un mensajero de droguería.

He sentido frecuente nostalgia por esos libros, seguramente porque en la vida uno termina pareciéndose a sus autores e imitando sus ideas. La Biblia de Jerusalén la conservo en mi escritorio y con frecuencia leo los Salmos, el Eclesiastés y Proverbios. Del mismo modo que leo con placer los diarios de Ludwig Wittgenstein y sus Investigaciones filosóficas. La formación temprana en grandes autores es un capital de renta superior al patrimonio económico que podamos reunir en este mundo. Me siento incapaz de seguir una idea, digamos, entre autores como Slavoj Žižek o Derrida, porque rodean demasiado el lenguaje con ajustes inapropiados. En cambio disfruto a Spinoza o Hegel, pese a su relativa oscuridad. Entre los libros y las ideas es menos doloroso sufrir este mundo.

Nadie puede enseñar a otro; en realidad, creo que todo aprendizaje es, como decía Sócrates, un parto, una mayéutica. Lo mejor que podemos hacer es provocarlo con el diálogo y la exposición de las ideas. Muchas veces enseñar es enseñar a desaprender. Me recordaba recientemente un viejo amigo que extrañaba nuestras preguntas. Cuando teníamos encuentros universitarios con abundante café, lo mejor después de cada intervención fueron las preguntas. Aprender a preguntar es asunto de arte y tener preguntas es hacer la vida menos aburrida. Alguna vez Germán Colmenares nos recordaba en un curso de historia de la economía que todo esfuerzo por formular bien un problema dependía de la calidad de las preguntas que lo precedían.

La economía es una de mis pasiones, aunque no mi primer amor. Siendo adolescente, me sorprendieron leyendo El capital de Marx y perdí el empleo, no por El capital, sino por Marx. Luego llegaron lecturas de John Stuart Mill y Jevons, los manuscritos de Léon Walras los descubrimos en una biblioteca en Palmira, llenos de polvo y olvidados. Con esos libros viejos y el trabajo en talleres lograba comprender que mi mundo inmediato era pequeño. Más allá del cuarto alumbrado por veladoras y los rosarios de mi abuela María, había muchos mundos por descubrir. Los mundos de Darwin, Hilbert, Simon, Gauss, Lobachevsky, Einstein, Hawking.

He acompañado los cambios entre finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, la gente se mueve demasiado velozmente; todo parece rápido, pero también todo es más superficial. Y la felicidad de los muchachos universitarios se confunde con la riqueza. Desear tener, acumular y aparentar es propio de nuestro tiempo. Lo veo y me siento como el cangrejo, contrario a la corriente. En mi caso, ningún lugar es aburrido si tengo papel, libros, una mesa y café. Patria es eso. En esta vida no somos invitados de honor y me conformo con poco menos que una maleta para ir a cualquier lugar del cosmos.

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