Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Los países son, en parte, el resultado de sus contratos sociales; pero, en parte, y mucho, de quienes tienen la obligación de forjar los cambios que la misma Constitución contempla.


La Constitución del 91 es reflejo de Colombia.
Somos un país a medias, entre logros sociales extraordinarios como la acción de tutela y fracasos como el reconocimiento a los derechos agrarios de los campesinos; un país a medias que no depende políticamente del colonialismo hispánico, pero que depende más ahora de los Estados Unidos.

La Constitución del 91 es reflejo de Colombia.
Con la descentralización administrativa del poder público ganaron poderes regionales relativamente inéditos (narcos y familias terratenientes) y perdieron poder élites arraigadas en municipios y departamentos. Es decir, perdió el pueblo, quien era el destinatario de tales cambios.

La Constitución del 91 es reflejo de Colombia.
No logramos cerrar la brecha de la desigualdad entre los pocos del 99 por ciento de la riqueza y los muchos del 99 por ciento de la pobreza. La educación sigue siendo un privilegio discriminatorio para ingresar a las universidades y la salud un derecho privatizado a favor de fondos particulares.

La Constitución del 91 es reflejo de Colombia.
Decenas de niños, mujeres, ancianos y poblaciones en la Guajira y el Chocó heredan la pobreza como destino, mientras un solo congresista devenga 25 millones mensuales durmiendo en el Capitolio en pleno centro de la capital y protegido por la fuerza pública.

Lo que he querido comunicar es que los países son, en parte, el resultado de sus contratos sociales; pero, en parte, y mucho, de quienes tienen la obligación de forjar los cambios que la misma Constitución contempla. Los gobiernos de la Constitución del 91, todos, han sido limitados con la aplicación de la Carta. Desde César Gaviria a Samper ni se le mencione; Pastrana, el periodista; Uribe protegiendo los capitales financieros e interbancarios y haciendo ricos a sus hijos.

Y el gobierno Santos, que de liberal no tiene nada. Santos cierra un círculo vicioso de malos administradores de los derechos sociales de la Constitución. Heredero de apellidos del poder legendario en Colombia, a Santos lo único por reconocerle es su paciencia al negociar con las FARC. Pero su gobierno ha destinado el poder a privilegiar viejos feudalismos regionales, ahora concentrados en el centro del país.

La Constitución del 91, al parecer, sólo ha tenido como salvaguarda a constitucionalistas (algunos), que como Carlos Gaviria Díaz, mantuvieron la convicción en principios sociales del estado de derecho moderno. Han sido personas como Gaviria quienes han protegido de la Carta del 91 lo poco rescatable.

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