Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Sin duda se trata de un drama. Y mientras no veamos sus raíces más profundas, seguiremos proponiendo soluciones que sólo se tomarán en serio mientras haya periodistas y una cámara.


El doloroso dilema de mujeres golpeadas por sus maridos es que deben soportar en silencio una doble condena:

  1. La infamia de una sociedad y un Estado que las deja vulnerables frente a sus victimarios. En una mayoría de casos, cumplidos los protocolos de rigor: denuncia y pedidos de protección; las mujeres humilladas deben regresar al ciclo infernal de sus hogares con esos mismos hombres.
  2. La segunda condena es que estas mujeres tienen hijos y obligaciones que sus familias o cercanos no sobrellevan. Con lo cual, tras la primera golpiza y la segunda y la tercera, la mujer sometida y humillada guarda silencio. Su victimario se ha convertido en su fuente de sustento y el ángel oscuro de sus hijos. En silencio, las mujeres a diario deben soportar cargas que el resto simplemente oculta o desconoce.

Muy amargo, pero es la realidad.

Todos protestamos y odiamos al infame buen mozo. Jugadores de fútbol, estrellas, actores o cantantes que haciendo suyas las ventajas que les aporta la sociedad, someten en privado a sus parejas a condiciones humillantes. Pero es la cara visible del problema. ¿Y en el resto de la sociedad de los desiguales? ¿Mujeres, niños y niñas pobres que conviven en vecindarios o casas de inquilinato? En estos espacios la violencia contra la mujer y los hijos es mucho más dolorosa.

Sin duda se trata de un drama. Y mientras no veamos sus raíces más profundas, seguiremos proponiendo soluciones que sólo se tomarán en serio mientras haya periodistas y una cámara.

¿Y el dilema?

Llevado a su extremo puede traducirse en estos términos: "Si lo denuncio y lo abandono, debo cubrir costos que superan condiciones sucesivas en el tiempo" (El Estado y la ley llegan tarde y protegen mejor a los machos). "Si continúo a su lado, puede que cambie" (o empeore, lo más posible).

El camino hacia el purgatorio se abre por delante.