Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Para vivir o morir, nadie necesita leer Adam Smith, Ricardo o Kuznets. Pero yo creo que si un ser humano quiere tener una vida más plena, más intensa y más variada, leer a quienes han sido los creadores de la cultura moderna, ofrece mejores posibilidades.


Todo eso que he visto y que he sentido desde hace algún tiempo, me ha llevado a la pregunta: ¿es el mundo del lector mejor o más completo que las vivencias del común de la gente? Y tengo que regresar a los recuerdos de mi infancia y adolescencia en el barrio, en una casa de inquilinato, junto a gente que se informaba con la radio y los rumores cotidianos del vecindario.

Ese mundo de la gente tiene su encanto. Pero es un mundo cerrado. El habla popular celebra pequeñas sensaciones, pero se hace esclava de sus vicios. Las canciones, tangos y milongas, el refranero de familia o mi padre cantando melodías cubanas. Todos vivíamos buena parte del tiempo circulando con el mismo lenguaje, las mismas palabras y los mismos gestos.

Hasta que llegaron los periódicos. Me hice vendedor, primero, y luego lector consumado de los diarios y dominicales. Éramos muy pobres, demasiado. De modo que nuestra salvación en ese mundo sólo podía llegar de la gracia o de la lectura. O de ambas. En una casa de inquilinato encontrar a un niño leyendo periódicos, era como encontrar una cucaracha en la sopa del almuerzo. Algo semejante, si no repugnante, extraño y molesto.

Y en eso me convertí durante parte de mi infancia. Leía en periódicos cuentos de García Márquez y la Teoría de los Números Primos. Un dominical podía entregarnos un comentario de Marta Traba sobre el arte surrealista o los Elementos de Euclides. Toda esta experiencia, ¿qué podía significar en un muchacho de barrio, pobre, primer hijo de ocho, en una casa de inquilinato? Demasiado, porque representaba la posibilidad de abrirse a la existencia de otros mundos, diferentes al mundo cerrado y sordo de su vida cotidiana.

Luego, llegaba la escuela y muchos años más tarde el colegio. Pero entonces esos autores me habían descubierto un árbol genealógico del conocimiento que nunca ha dejado de crecer. Leí siendo adolescente Apollinaire y Dostoievski y Buda, Hermann Hesse, La Biblia, Lutero y David Hume, Ricardo, Marx. Todos esos autores los había conocido antes de cumplir veinte años. No digo que todas sus obras para no ser pretencioso. Pero podía seguir un diálogo o un texto sin mayor dificultad.

Luego, no puedo entender que alguien cuestione la lectura como un bien supremo. ¿Pueden ser más inteligentes los niños que sólo aprenden y combinan el lenguaje heredado de sus padres o del vecindario? O ¿pueden ser superiores las razones que alguien alega como "destino", "suerte"? ¿Alguien, por ejemplo, que no haya leído a Marx, puede comprender mejor las magnitudes de las desigualdades humanas provocadas por la riqueza y la explotación?

Lo mismo en el caso de quienes no han leído a Adam Smith o Ricardo o Kuznets en el caso de la producción, la renta o la tecnología. Claro, para vivir o morir, nadie necesita leer Adam Smith, Ricardo o Kuznets. Pero yo creo que si un ser humano quiere tener una vida más plena, más intensa y más variada, leer a quienes han sido los creadores de la cultura moderna, ofrece mejores posibilidades. En mi niñez pude salir de casa para conocer Europa Central, Estados Unidos, Inglaterra, de la mano de Hermann Broch, Robert Musil, William Faulkner, Gilbert Chesterton, Newton, Lavoisier, Einstein. La lectura me daba una libertad negada por mi mundo cotidiano.

Un ciclo semejante cumplimos ante la muerte. Bajo tierra existe una igualdad aterradora. Lo describe bien Sófocles en Antígona. En el valle de los muertos (Hades) quienes han tenido poder o riqueza valen lo mismo que quienes fueron desposeídos. Pero la muerte no es necesariamente nuestro estado final. Y la memoria puede ser la eternidad entre quienes estuvieron con nosotros. Ante todo conservando a quienes entre nosotros dejaron obras inmortales.

Por lo anterior, no creo que todas las vidas valgan lo mismo. Y no creo tampoco que nuestro lugar de nacimiento sea nuestro lugar de destino. Nadie es culpable de haber nacido o haberse criado en un espacio pequeño del mundo, pero cada uno es responsable de convertir su pequeño mundo, cerrado, en un universo infinito.